






Mario Halley Mora 

Los hombres de Celina


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ndice
Los hombres de Celina
Comentario de la 1. Edicin
Unas reflexiones sobre Los hombres de Celina de la 3. Edicin
- I -
- II -
- III -
- IV -
- V -
- VI -
- VII -
- VIII -
- IX -
- X -
- XI -
- XII -
- XIII -
- XIV -
- XV -
- XVI -
- XVII -
- XVIII -
- XIX -
- XX -
- XXI -
- XXII -
- XXIII -
- XXIV -
- XXV -
- XXVI -
- XXVII -
- XXVIII -
- XXIX -
- XXX -
Eplogo


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Comentario de la 1. Edicin
La Lectura de este libro me depar una grata sorpresa: tena ante m una novela paraguaya distinta, actual, ciudadana, nueva, sin ninguno de los personajes tpicos a los cuales nos haban acostumbrado tanto la narrativa como el teatro de las tres o cuatro ltimas dcadas. Existe un comisario, s. Pero es tambin un comisario nuevo, con ttulo universitario. Y la accin transcurre en esta Asuncin que hoy estamos viviendo; en esta ciudad que se est volviendo grande, con todos los problemas que implica su crecimiento desordenado. Y Mario Halley Mora maneja a sus personajes en este ambiente, dentro de una tnica, nueva tambin. Toda una verdadera ruptura con una constante de la narrativa paraguaya.
A la sorpresa inicial, sigui el asombro al asombro, el inters y ste fue tal que dediqu cinco horas de un domingo para leer los originales de Los hombres de Celina. Cinco horas plenas y completas, prcticamente sin solucin de continuidad, que me permitieron seguir la carrera casi increble pero verosmil del protagonista. Un protagonista que habla en primera persona y se siente inmerso en todos los meandros de la ciudad, desde sus barrios ms pobres hasta los ambientes donde impera el lujo y donde el dinero es el nico patrn aceptable. Y cunta complejidad de caracteres de esos personajes que se mueven dentro de un mbito que, siendo nuestro y cotidiano, resulta desconocido en muchos aspectos?
Y aqu (1) est, justamente, la funcin cabal del novelista, quien toma de la mano al lector y lo lleva, como un cicerone sabio, a recorrer rincones, ambientes, lugares, donde los ms miserables y pauprrimos hasta caserones seoriales, suntuosos, encerrados en su propio misterio, donde la podredumbre humana hiede ms que en los arroyos infectos del suburbio miserable. Y como un ngel misteriosamente deforme, aparece Celina; un ngel surgido del barro, aparentemente prostituido y amoral. 
Quin es Celina? Responder a esta pregunta sera develar toda la clave del libro. Me limito a decir, sin temor a equivocarme, que Celina es el personaje ms logrado entre todos cuantos ha dado a conocer Halley Mora en su larga trayectoria de escritor. Celina rezuma humanidad y tiene un criterio particular y complicadamente simple de las cosas, que hace posible que no pueda ser juzgada implacablemente, porque ella lo hace todo por amor y ese amor contrasta con su propio fsico, con su ambiente, con sus costumbres y los supera y vence, porque el alma de esta mujer permanece pura, inocente, hasta el momento de su aniquilacin total.
Y el protagonista en s, es el smbolo del tiempo en que vivimos y es un producto de l. Despus de llegar casi a la muerte por inanicin y fro, se levanta y asciende, asciende hasta alturas insospechadas, llevado por las propias circunstancias creadas por Celina y por su terrible ambicin.
Y en esas alturas surge el vrtigo de quien no est acostumbrado a ellas y surgen las pasiones ya irrefrenables de un carcter dbil y fuerte, a la vez. Y el resto lo dejo al lector. El resto es la aventura de conocer a ese personaje a travs de las pginas del libro.
La estructura de la novela no tiene grietas. El hilo de la narracin es fluido. Todos los cabos que aparecen a lo largo del libro son atados oportuna y convenientemente, de tal suerte que el resultado es ptimo.
Creo, por todo lo dicho, que es sta una obra fundamental en la narrativa literaria de Mario Halley Mora, y, a la vez, un hito muy importante dentro del panorama de nuestra narrativa. La madurez del autor se manifiesta con plenitud en ella y logra un muy significativo aporte al quehacer de las letras paraguayas. Espero que Los hombres de Celina sea el inicio de una nueva y enriquecida etapa en la labor creativa de su autor.
Jos Luis Appleyard   

Unas reflexiones sobre Los hombres de Celina de la 3. EdicinMario Halley Mora es autor teatral tan conocido que no necesita presentacin. Es tambin poeta. Cuentista desde hace rato; ahora se inicia como novelista.
Ya, en sus cuentos primero, y luego en sus anticuentos como en ms de una de sus piezas teatrales, esta calificacin plurivalente se haca notoria, imprimiendo a los textos un aura potica, equivalente de la resonancia del toque de campana prolongndose en nuestras estancias interiores. Ahora, en su novela, el dramaturgo y el poeta insinan su presencia como sujetos gemelos en la visin fctica.
-LOS HOMBRES DE CELINA -premio LA REPBLICA en 1983- sera, en principio, la crnica de una maternidad sin parto y de un amor sin sexo. 
De una singular adopcin que podra sin embargo resultar simblica de la esencial actitud femenina ante el hombre, el eterno hijo; el que en una forma u otra regresa siempre al regazo femenino. (No en vano ha dotado Halley Mora a su Celina de atributos fsicos que recuerdan vagamente los de las Diosas Madres).
Celina marcha, en ese empeoso modelado, que se ha propuesto, de Carlos Salcedo, y a su manera, hacia la completitud de una vocacin materna que la vida trunc en sus arranques ms legtimos y simples.
Pero la historia de Celina, ejemplo lmite de vocacin maternal, es, necesariamente, por contrapartida y a un tiempo, la historia del que, a travs de Celina, mediante ella, realiza sus sueos ambiciosos. Sueos mal o nada definidos -aqu est su pecado capital- que adoptan del comienzo, la forma elemental de la fuga. Una fuga seguir siendo la trayectoria ulterior de Salcedo. Fuga mimetizada, a lo largo del relato, por incidencias diversas; pero fuga. Fuga ante la responsabilidad. Fuga ante la gratitud. Fuga ante los valores.
La obsesin de Salcedo es sustraerse a un sistema de cosas en el cual no encaja. Espcimen subdesarrollado de los rebeldes sin causa, Freud lo rotulara seguramente de inmaturo; pero quiz quedase mejor decir: podrido antes de madurar. No es al prototipo actual del humano del individuo que cree y reclama que el mundo tiene una deuda con l, pero no reconoce, porque ni lo imagina siquiera, que tambin l tiene una deuda con el mundo?...
Salcedo, as, se siente urgido por un ansia de independencia, por el deseo de ser l. Ansia, deseo, urgencia, legtimos, y que son, en lo individual como en lo colectivo, fermento de toda construccin humana. 
Pero en Salcedo este propsito no va acompaado de las definidas ntimas rectrices precisas para podar enderezar camino por s mismo y menos an sin ticos tropiezos. Como habla en primera persona, puede permitirse el lujo de pintarse a s mismo con los colores que le place, y as ofrecerse, a veces desnudo como una lombriz y a trechos, ribeteado de ingenuo; pero es evidente que se deja persuadir con mucha facilidad a lo que ms le conviene. Consiente que la mantengan y le paguen estudios y ropas; Celina costea esos gastos con lo que le dan sus hombres. Nos sentimos inclinados a ver llana y sencillamente en l, a un gigol. Pero peculiar gigol, amparado por filial investidura. Investidura que no le cuesta llevar; ella condiciona una situacin que le conviene. Y se desliza fcilmente por el tobogn de la mentada conveniencia fcil a una vida que podra calificarse a primera vista como vida de pcaro.
Este calificativo es, en efecto, el primero que surge en la punta de la lengua, al intentar el anlisis an somero del personaje. Sin embargo, el adjetivo se disloca, a breve andar reflexivo.
Pues el pcaro consagrado por los clsicos -y antes y despus de ellos por las circunstancias, a lo largo de los tiempos- acepta, con independiente y conformista filosofa, el deterioro de las apariencias externas, las disminuciones sociales, la marginacin, las carencias econmicas, y los encontronazos personales (en esto se diferencia del bohemio, que hace de ello, y razones tiene, bandera). Mira hacia afuera sin amargura ni quejas nacidas del sentimiento de desmesura entre ambiciones y logros. El pcaro no desea ser l. Es l, sin propsitos ni presupuestos. Para el pcaro autntico, las peripecias de su peripattica vida son la vida en s misma. Picaresca y pcaro en suma, son tal para cual. No se contradicen, no son conflicto: toda peripecia es consecuencia de la misma profesin de libertad, explcita o no, del pcaro. Este acepta en todas sus dimensiones esta vida al revs que le interesa en s misma como experiencia enriquecedora, no como ruta hacia logros calculados y concretos. La vida pcara es una aventura nica: un hojear del libro del mundo cabeza abajo. El pcaro no tiene plan alguno en la vida, salvo el inmediato del cotidiano subsistir. Su ventaja ante el mundo radica precisamente en este desprendimiento.
No as para este antihroe de Halley Mora. Carlos Salcedo se deja proteger, mantener, por Celina, para lograr su propsito de triunfar en la vida, y si en su relato en primera persona da a entender en tal cual momento que no est del todo conforme con ello, sus actos no ratifican sus palabras; siguen sospechosamente paralelos a su conveniencia. Podramos hablar, en este caso, de dualidad, de bivalencias del hombre contradictorio. Pero si el hombre contradictorio, como lo atestigua cruelmente la literatura moderna, lleva en s el germen de toda humanidad -porque el hombre se construye a fuerza de contradicciones- es preciso para que en l la contradiccin sea constructiva que en la lucha haya un ngel, y que el conflicto ofrezca una escala desafiando a la ascensin. El conflicto radica entre lo que el hombre quiere y lo que sabe; el resultado pues depende de cul sea el plano en el cual operan su querer y su saber. 
Aun el ms analfabeto tiene nocin de esa contradiccin esencial que le acecha a cada paso, y trata de obviarla procurando presentar lo que quiere o hace bajo una faz benfica. Los grandes destructores -leamos la historia- siempre presentaron como bueno lo que hacan. Es una concesin que el mal hace al bien; pero desgraciadamente el bien no vive de concesiones. Vive de s mismo.
Pueden estas consideraciones parecer un poco marginales, o dilatadas. 
Pero la aparicin en nuestra literatura, de la novela de costumbres moderna, y en ella del personaje contradictorio, es algo que en s lleva a la reflexin. Y el final del relato y del personaje -su candidatura al desquicio mental- tiende a reforzar hiptesis o intuiciones.
Aun despus de lo anotado, la palabra pcaro acude espontnea, al leer las confesiones del protagonista -o mejor coprotagonista- de la novela. Hay para ello una razn.
La crnica de estos aos turbios del muchacho campesino -bachiller de receta primero, despus universitario; profesional tramposo luego, y ms tarde hombre de negocios turbios- circula a lo ancho y largo de un paisaje rico en observaciones, ancdotas y sucedidos que se sienten autnticos; que se reconocen como parte del caudal de las colectivas experiencias cotidianas, directas o indirectas. (Como lo es en s mismo este personaje inescrupuloso que sube los peldaos sociales y econmicos a costa del sacrificio de una mujer: muchos han conocido por lo menos a un Carlos Salcedo en algn nivel, sendero o estancia de su existencia). Estos sucedidos y ancdotas, y hasta verdaderos casos, incorporados al argumento, y que se hacen sustancia del personaje, dan al relato chispa, inters y movimiento. Ahora bien, eso mismo da motivo al desfile de una numerosa fauna humana, todo un submundo con su inagotable poder de invencin de inhumanidades, y a cuyos hechos presta relieve un estilo nervioso, exacto, que recuerda a menudo la subitnea agresin de un honditazo; que maneja con igual desenvoltura el lenguaje figurado que denuncia el peor aspecto de la figura, o el esguince tierno, cubriendo una pequea miseria. Ya en alguna ocasin, y hablando de la obra teatral de Mario, sealamos su destreza en la construccin del dilogo, corto, significativo, alumbrador de interioridades.
La historia srdida de este gigol filial se entreteje, siamesa intencionalmente inevitable, con la de Celina, ngel vuelto al revs, madre aureolada de equvocas aunque sinceras ofrendas de s misma. Quiz valga la pena anotar que estos perfiles femeninos en los cuales la humanidad rescata su inocencia primera -la ignorancia paradisaca- son una frecuente presencia, ms o menos visible, en la obra dramtica de Halley Mora. El germen de esta Celina se halla ya, aunque trasladado a otras esferas sociales o de accin, en INTERROGANTE, donde la protagonista se prostituye para reunir fondos de caridad: trasunto profano de una Mara Egipcaca (no se olvide que sta es una santa oriental). La persecucin de la pureza esencial tras la mscara pecadora; o por lo menos, la sugestin de la ignorancia inocente, es tambin elemento ms o menos considerable o visible, en EL LTIMO CAUDILLO, en MAGDALENA SERVIN, en UN ROSTRO PARA ANA; y vagamente, visando a otro punto de la brjula, en POBRE DIABLA. Pero lo que en INTERROGANTE o UN ROSTRO PARA ANA se acerca a la tesis, o lo parece, ac se convierte en pilar de la accin. Los hechos no los impone desde afuera una tesis; los traen -o extraen- los personajes desde adentro.
Tanto en Celina como en Carlos Salcedo vemos pues -con derrotero distinto, si, invertidos o devaluados, los valores o principios morales; los que considerbamos valederos no aparecen valiosos, y se los trastoca, tranquilamente, con resultado aparentemente positivo. Pues lo que constituye el rescate de Celina es la condena de Salcedo; y la conclusin sera: hay sacrificios contraproducentes. Pero ambas lneas de conducta coinciden en una misma conclusin, para quien las observa y busca su razn o su ley: Lo nico vlido es el hombre vivo. El sobreviviente. Sobrevivir: 
that is the question. As es como -redondeando el pensamiento ms arriba insinuado respecto a pcaros y picarda- podra decirse que si el personaje escapa en s mismo a la definicin de pcaro, el mundo en que vive es, ste s, un mundo de picaresca.
Polivalente y a la vez simple, se nos muestra, pues, el hroe de esta novela, Carlos Salcedo. Un sobreviviente enfrentado srdidamente a competencia con un mundo no mantenido dentro de las fronteras de un estatuto moral preciso; un mundo donde el poder y el dinero no son para el hombre; sino el hombre para el poder y el dinero. Donde los muertos siguen rindiendo tributo a los vivos en un inverso vampirismo. Donde el sexo, envilecido, se rescata paradjicamente en la flor de un sueo maternal.
En resumen, volviendo al principio de estas reflexiones (parte slo de las muchas a que se presta esta obra de Halley Mora) podra verse en este relato dos planos de accin, paralelos, y en ellos sendos protagonistas cada uno de los cuales da de por s significado y valor a la obra.
Uno, la mujer que dedica su vida al hombre, cifrado en el hijo -el hombre cuya ingratitud la hiere menos que la del hombre a secas- el hombre que edifica su vida sobre la inmolacin materna (el Paraguay, no se olvide, es una nacin edificada en ms de una etapa, sobre el sacrificio multivalente de sus mujeres).
Otro, el individuo representativo de un instante socio-econmico-cultural, que fragua su paso de un estrato social a otro, movido por un ansia indeterminada de poder, cuyo ltimo denominador es el dinero; y que no vacilar en echar mano de todos los recursos a su alcance con tal de llegar. Cuando llegue, no debe extraar que se te escape el dinero de entre las manos y con l el poder, ya que ste no reconoce en el hombre otro cimiento ni derecho. Lo que slo se apoy en el dinero, con el dinero se desvanece. (Y la paranoia al principio ya mencionada, en que cae el individuo, no es as mismo simblica? El lector no puede evitar pensarlo).
Me he referido antes a la condicin de dramaturgo del autor. En efecto, los dilogos del Yo desdoblado que se intercalan, en la narracin, integrados en ella, aunque no son recurso indito en narrativa, ac sugieren una obra de teatro que pudo ser y que pugna subconscientemente por hallar su forma a travs de esa narracin, como los rasgos de una estatua que asoma aqu y all en el bloque que la contiene.
La crtica de una situacin grotesca -grotesco es la mezcla de lo ridculo y lo horrendo- su descripcin de contradictorias actitudes o actos humanos, configurando una situacin en momento vital -y dentro de ella caracteres agentes y pacientes de esa situacin- es impiadosa, cruel, y no obstante innegablemente certera y justa. Da en un blanco que todos identificamos porque se instala en un campo de experiencias colectivas cuya reincidencia reclama, en ocasiones, ubicacin folklrica. Hay por otra parte pginas como la de los animales llevados al matadero, en las cuales el poeta que infundi atmsfera al cuento PERRITO se revela en toda su potencia emotiva. Mario Halley Mora sigue su novela, como en sus cuentos y en tantas piezas suyas, construyendo en sus criaturas un mundo a la par cruel y piadoso; amable y sarcstico, bondadoso y amargo.
Que LOS HOMBRES DE CELINA ofrecen al lector inters poco corriente en nuestra narrativa intrafronteras, lo prueban sus dos ediciones ya agotadas, que han impuesto automticamente esta tercera edicin: 
reincidencia infrecuente hasta ahora en nuestra literatura, a no ser en obras de historia.
Felicidades, Mario; y perdonando, antes que nada lo descosido de estas lneas -principio de reflexin sobre el porvenir necesario y quiz posible de una novelstica desnudadora de los problemas materiales, y mejor an de los espirituales, comentados y criticados tan a menudo pero rara vez sacados a luz enjuiciadora- recuerde que el xito de esta novela le impone el deber para consigo mismo y pblico lector de continuar esta obra de buceo en el terreno -hasta ahora escasamente transitado con autenticidad en lo narrativo- de los hechos comunes, que por serlo pasan inadvertidos o simplemente disimulan su tremendo dramatismo bajo la mscara de su misma familiaridad cotidiana; y estn esperando al observador que los ponga en evidencia; que trace los contornos de las vidas llamadas vulgares. De la gente y el hombre corrientes. Que son los que hacen la intrahistoria. Los que en los libros llamados serios apenas aparecen, o no aparecen en absoluto; pero que en el por dems serio terreno de la literatura -veredicto y profeca- hacen donde quiera la comedia humana.
Josefina Pl   
Asuncin, julio de 1984   

- I -
Mi padre no mostr mucha pena, ni mucha generosidad, cuando le dije que me iba. Y no le dije que estaba harto de aquello, porque l ya lo saba, o lo saba y no se lo explicaba, como no se explic nunca que el pueblo me reventara, y me reventaba el mostrador inmenso frente a las prolijas estanteras que estaban divididas en artculos de tienda, de ropa, de bebidas, de ferretera y de almacn al menudeo. Para l, aquello era la prosperidad y el porvenir. Para m, era la vida con olor a rutina y a depsitos donde la cebolla se pudra y la alfalfa tena en su perfume una anticipacin de bosta. Mis hermanos mayores terminaron el Bachillerato en el pueblo y -misin cumplida y educacin ms que necesaria- fueron ocupando su lugar en el mostrador, y manejaban la bscula que pesaba ms en los acopios y menos en las ventas, y llevaban los libros de contabilidad, y se turnaban para llevar por la maana el dinero de las ventas al Banco. Yo saba que trabajaban teniendo en mente eso que mi padre siempre enfatizaba durante la cena: que el negocio era un todo; que l y mi madre moriran alguna vez, y el todo quedara para ser repartido, y que la finalidad de la vida era acrecentar aquel todo para que lo que tocara a cada uno fuera lo ms generoso y abundante posible. 
De modo que Arsenio, Romn y Jos aprendieron a acomodarse dentro de aquella extraa predestinacin que llevara a la riqueza, de la riqueza a la muerte, y de la muerte otra vez a la riqueza, porque as estaba escrito, y as debera hacerse, esperando el canto del gallo para levantarse los tres a lavarse la cara, tomar el mate cocido y abrir las puertas del negocio, las tres puertas del negocio extendido a lo largo de casi media cuadra de aquel edificio con galeras, cada uno a su puerta, que se abra sobre la calle ancha y terrosa, donde las carretas que iban y venan dejaban su impronta de bosta, que no duraba mucho, porque al atardecer del da anterior aquella pareja de japoneses sin edad haba venido con su camioncito y su pala a llevrsela como abono, para producir aquellos tomates tremendos y aquellos melones que no saban a nada porque como deca Gumersindo, el borracho, tenan alma de mierda. Yo no encaj en aquello. No haba una cuarta puerta que yo abriera y senta un odio irracional por la bscula, fastidio por los japoneses horticultores, y como un peso vaya uno a saber dnde cundo los carreteros traan una carga triste de maz degenerado y se llevaban otra carga triste de bolsas de galletas mohosas, grasa de cerdo y alguna damajuana de caa, lujo que la mujer consenta porque era compensado con unos metros de tela y alguna barra grasienta de jabn de lavar. Y all terminaba el negocio, porque as deca la liquidacin que haca mi hermano Arsenio, donde el importe del maz se reduca a cero en una columna y el de las compras a otro cero en la columna opuesta, sin que jams cupiera el soado beneficio que aquellos carreteros tristes esperaban que saliera como de un pozo de los milagros, que arrojara un saldo para llevarse uno de esos transistores a pila que miraban con hambre inalcanzable all en la cima de la estantera, dentro de sus transparentes forros de plstico. Lo dicho, yo no encaj en aquello. Y ni an cuando traje a casa mi diploma de Bachiller no vi en los ojos de mi padre ese brillo de orgullo que haba visto cuando mis hermanos mayores trajeron el papelote aqul, testimonio de su afeccin al santo sacramento del negocio y puerta abierta a la responsabilidad de compartirlo y trabajarlo para heredarlo. l estaba tomando mate bajo la parra, que serva mi madre, cuidadosa en su oficio de apantallar la brasa de carbn bajo la pava, dejar caer el agua caliente sobre la yerba desde la altura justa para que gorgoteara en la calabaza y formara la espuma que gustaba al Viejo, y ofrecerle la infusin a la temperatura exacta, sonriendo cuando el gesto de satisfaccin de mi padre se dejaba or con un gruido, o afanndose en remover la yerba y avivar el fuego o reducirlo un poco ms cuando el viejo mostraba su desagrado con otro gruido, o hasta con una larga y condenatoria escupida verdosa. Fue cuando yo le puse en el regazo mi diploma de Bachiller. Mi madre me mir con ternura, pero no dijo nada, porque su oficio siempre fue no decir nada antes de que mi padre dijera algo, feliz de ser la compaera hasta la anulacin completa de s misma. Mi padre deshizo el rollo de cartulina y mir su contenido, leyndolo como si fuera un jeroglfico incomprensible, y lo era. Yo era el cuarto Bachiller de la familia, pero el negocio tena slo tres puertas (2), y l haba aprendido a soportar mi hereja, sin poder explicarse que en vez de quedarme a aprender el negocio me trepara a alguna carreta que se iba y me dejaba llevar hasta el punto de que el regreso a pie fuera largo y fatigoso, para volver caminando con paso de vago, detenindome a orinar en el cuidadoso canal que haba cavado el japons para llevar agua a sus cultivos de hortalizas, y echando terrones que desviaban el agua, aunque el japons me estuviera mirando, y como un acto de desafo, pero intil, porque el japons mova la cabeza con pena, sacaba de entre los dientes un siseo fatalista y vena a reconstruir pacientemente su canaleta. Mi padre saba todo eso, pens mucho sobre el asunto y lleg a la conclusin, apoyada por mi madre, de que en m haban engendrado un Tilingo. Una pieza que no encajaba en el conjunto. Un Bachiller destinado a nada, que se haba negado hasta a ayudar en la contabilidad y en las liquidaciones, y en cambio, tena unos cuadernos donde, segn mi madre, escriba cosas que saca de su cabeza, desfachatez increble desde el momento en que tanto haba que escribir sobre la existencia y sobre el depsito y de ayudar al trabajo de ponerle puntitos aprobatorios al estado de cuentas que la sucursal del Banco mandaba cada semana, y que se comparaba con las pulcras anotaciones de los libros, tarea que ella, pobrecita, contemplaba fascinada cuando la hacan mis hermanos, engordando su pobre ego maternal con la certidumbre de que al haber dichosas coincidencias de nmeros, significaba que haba parido hijos tan sabios como los funcionarios del Banco, lo que es decir palabra mayor. Fue entonces -cuando mi padre manoseaba mi diploma sin saber qu hacer con l- que le dije que deseaba marcharme. Juro que vi pasar por su mirada un atisbo de alivio, y no me sent herido, porque al final de cuentas yo haba dado en la frmula para sacarnos mutuamente el uno de encima del otro. Ni siquiera me pregunt dnde me iba, pero mi madre, que tal vez en esa anticipacin de un adis recibiera un sacudn en su adormilado sentido de la maternidad, s me lo pregunt. Pero mi respuesta fue vaga, tan vaga como mi creciente sensacin de que lo importante no era marcharse a un lugar determinado, sino simplemente marcharse, aunque qued sentado que me iba a Asuncin, y as lo di a entender, farfullando (3) de paso algo sobre ingresas en la Universidad, palabra mgica que borr la poca pena escapada de la mansedumbre de mi madre, desplazada por el pensamiento de que -lo adivinaba tan claramente- despus de todo, su hijo menor, en el mejor de los casos slo pareca tilingo, y que su extraa conducta no era sino la genialidad germinal donde lata un futuro doctor. As que me march, con algo de dinero -bastante poco- que me dio el viejo, y yo me lo guard en el bolsillo con el maligno pensamiento que aquello era un poco ms de lo que mi padre pagara a un zapatero por sacarle un clavo molesto de la bota. Mi madre llor un poquito, sac de no s qu misterioso escondrijo un viejo almanaque Bristol donde entre cada pgina se planchaba eternamente un viejo billete, y me ofrend todos sus ahorros, adems de ponerme al cuello un escapulario que consista en una bolsita de gruesa tela que contena un papelito con una oracin a Santa Catalina, abogada de los desesperados, fetiche ste que dicho sea de paso, arroj ms tarde por la ventanilla del mnibus. Mis hermanos me dieron solemnemente las manos y hasta me dijeron que si pasaba apuros escribiera y yo les deca que s pero pensaba antes caerme muerto, y saba que ellos pensaran que eso era lo mejor que pudiera hacer, estimulados por la feliz perspectiva de que la parte que correspondera a cada uno al pasar el viejo a la diestra del Seor, no sera el resultado de una divisin por cuatro. Sino de tres. En fin, si me desped de alguien con cierto sentimiento, fue del cura, viejo ya, o ms anciano ya, cuyo antiguo celo apostlico estaba tan carcomido por el cupi' como lo estaban los fatigados santos de madera de su Iglesia. Me abraz con un afecto que ola ms a fraternidad de compinche que a preocupacin pastoral, en recuerdo de aquellas conversaciones que tenamos sobre la juventud -la ma, claro- que tena ante s todas las puertas abiertas, y la vejez -la suya- que haba llegado de pronto, tras un largo recorrido donde no haba quedado una sola huella digna de conservarse en la piedra para veneracin de los pobres de espritu. No me dijo que Dios te bendiga ni me dio consejos aunque s pretendi darme dinero, que yo rechac porque saba que perteneca a la Iglesia, que por otra parte, con harta frecuencia volvan al cero absoluto, porque Gumersindo, que adems de borracho era sacristn se lo robaba y se lo beba en homenaje al santo del da, ocasionando la repetida historia de que el cura lo mandara preso por ladrn y al da siguiente lo perdonara por pecador, y lo sacara de la comisara, mientras el tejado de la santa casa exhiba una comba cada vez ms antiesttica y peligrosa, con gran regocijo, maligno regocijo, de aquellos gringos rozagantes de la Iglesia de los ltimos Das que haban edificado un templo que pareca la ilustracin del envoltorio de un chocolate holands, donde reunan al pueblero para anunciarle que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina y haba que prepararse (4) para la venida del Seor, aprovechando la espera para purificarse el espritu y de paso, aliviarse de parsitos intestinales y dientes podridos mediante el eficiente servicio mdico y odontolgico. As que me fui con la tristeza de mi madre convenientemente graduada al humor de mi padre, con el inocultado alivio de ste y con la euforia aritmtica de mis queridos hermanos, cada uno de ellos de pie en sus respectivas puertas y saludndome brazo en alto mientras el mnibus se alejaba, cruzaba el puente de tablones, y me ofreca la ltima escena de los dos japoneses esparciendo bosta sobre sus cultivos, bajo el ardoroso sol de las tres de la tarde.  



- II -
Toda partida, sobre todo cuando es al mismo tiempo un desgarramiento, supone cierto grado de contento o de tristeza. Partir es morir un poco, se suele decir, y para m, la frase ha perdido sentido, porque en aquellas circunstancias, partir para m, fue una perspectiva de vivir, y no un poco, sino todo lo mucho que anhelaba sin darme cuenta de la intensidad de mi anhelo. No hubo adioses tristes en mi casa, porque ocurra como cierta vez, que cuando nio desarm una cajita de msica que perteneca a mi madre, ansioso de desvelar (5) el secreto de la meloda encerrada en el interior. Observ la cuerda tirante de relojera, el cilindro lleno de pas, las delicadas lminas de bronce que producan las notas al girar el cilindro, y satisfecho en mi curiosidad, volv a armar el artilugio. Pero sobr un tornillo, y por ms que me empe en buscar dnde corresponda, no lo encontr. Despus con cierto temor de haber hecho un estropicio irreparable, segu armando la cajita de msica, sin el tornillo aqul. Le di cuerda con angustia, liber el freno, y la meloda surgi como siempre. La falta del tornillo no haba afectado en nada al mecanismo, y lo tir. Pues bien, este yo-tornillo no haca falta en la aceitada relojera de mi existencia familiar, y cuando me iba del pueblo, saba que la meloda eterna, repetida, prisionera de un mecanismo invariable, seguira funcionando. Y no slo en mi familia, sino en todo el pueblo, que haba cambiado en cierto modo cuando aparecieron unas cuadrillas, clavaron columnas, tendieron cables y proporcionaron luz elctrica a la comunidad. 
Un salto, pero no del pasado al presente, sino del pasado al vaco, porque mi pueblo era de los pueblos viejos, rodeado de tierras agotadas por una explotacin secular, con gente de trabajo que haba abandonado sus parcelas como pauelos para ir a poblar las ricas tierras ganadas a la selva en otras latitudes del pas, donde el progreso (6) explotaba en los pueblos nuevos, mientras el conformismo mataba a los pueblos viejos. Pero lleg la luz elctrica, como una inyeccin de vitalidad en un organismo gastado, y todo se redujo a que la gente cambi de devocin en las horas vespertinas del recogimiento y la oracin porque ya iba cada vez en menor cantidad al rezo del rosario por ms que la campana sonaba a reproche, y se amontonaba cada vez en mayor nmero alrededor de los televisores que se iban multiplicando, hipnotizada por la visin de un mundo desconocido en amoros interminables y gallardos policas en moto y desarrapados detectives que imponan orden y justicia a tiros y puetazos, en medio de la majestuosidad de ciudades increblemente grandes donde medraban malos increblemente malos y luchaban buenos increblemente buenos. Con la luz elctrica y la televisin, la gente se inform ms, pero se encerr ms en s misma. No floreci el coraje para salir a conocer ese mundo extrao y poderoso, sino la rutina tuvo un nuevo atractivo porque ahora consista en tener un buen silln y mirar aquel mundo a travs de la milagrosa ventana azul, en medio del solemne silencio con el que el televisor hace sentir la prioridad absoluta de su reinado. Cambiaron algunas cosas, como que las chicas tuvieron de pronto mayor coraje para lucir pantalones ajustados en los bailes sociales y trajes de bao ms audaces en el arroyo, ante la tolerante mirada de los viejos, porque todo estaba justificado por el televisor. Cambi, pero no evolucion, porque no incentiv voluntades sino los enajen. Liquid antiguos ritos y los reemplaz por otro nuevo, tanto, que la mayor amargura de mi amigo el cura, fue tener que cambiar la hora de procesin del Santo Patrono porque coincida con el captulo de una telenovela que tena colgada de un hilo el corazn de todo el pueblo. Recuerdo su sermn en aquella ocasin. Dijo que la luz era una bendicin, pero bendicin si serva para iluminar el libro que estbamos leyendo, y no para enchufar el televisor y quedarnos embrujados por su brillo. As, en su simpleza, tena razn el pobre, y tal vez tuviera razn tambin cuando conversbamos y le deca yo que quera marcharme, y l me responda que tuviera paciencia, que todo cambiara poco a poco, porque la llegada de la luz tena una connotacin parental con el milagro de la Creacin, porque se haba hecho la luz cuando an reinaba el caos, y la luz ilumin la transferencia del caos inicial al orden universal. No le negaba razn -repito- pero yo tambin la tena cuando antepona a sus razones mi impaciencia. No quera ser protagonista del cambio del caos al orden. Quera marcharme y aterrizar donde el orden ya estuviera hecho y tuviera una oportunidad que darme. 



- III -
Aterric en una pensin barata, con seis piezas para otros tantos pensionistas, y un bao para los seis. La duea era una viuda de mal carcter, avara hasta el frenes, que nos mantena a todos a racin de hambre, y como era adems fantica de la limpieza, cuando un pensionista iba al (7) bao deba llevar su propio jabn y su propia toalla, y por si la higiene del da deba extenderse a aliviarse los intestinos, haba que portar tambin el personal rollo de papel higinico, y adems un encendedor o por lo menos una cabeza de fsforo, porque cumplido el ritual de limpieza del conducto correspondiente, la obligacin era quemar el papel dentro de una palangana vieja colocada all al efecto. Adems, segn sus rgidas normas, haba que observar el contenido de la nauseabunda taza del inodoro, y tirar de la cadena slo cuando el volumen de la porquera sugera que haban usado el bao por lo menos tres personas. Slo entonces se justificaba -segn ella- los 20 litros de agua que se descargaban con cada tirn a la cadena. Mis compaeros de hospedaje, no eran ni con mucho de aquellos personajes lmites de las novelas kafkianas, sino una desabrida coleccin de seres humanos, lisos como piedras en el agua de los arroyos, con su humanidad pulida y sin aristas. Un anciano cuyos parientes jvenes, hijos presumo, pagaban al prorrateo la pensin del viejo para sacrselo de encima, y que se pasaba el tiempo escuchando su radio a transistor, y yendo y viniendo infatigablemente al bao, vctima de una irremediable incontinencia de la vejiga. Una seora a quien nunca o hablar y que pareca formar una unidad con su mquina de coser, cosiendo siempre una pila de camisas cuyos cortes le traa una muchacha por la maana, para volver al atardecer a llevarse las prendas cosidas. Un peruano con cara de indio que venda por las calles un pelapapas milagroso, y a veces un lquido para hacer pompas de jabn, y que tena por espantable compaa una serpiente de por lo menos dos metros, al principio metida de contrabando en una valija, pero que, cuando fue descubierta ocasion un escndalo maysculo, que se solucion cuando el peruano construy una recia jaula para meter all a la bestia por la noche, y accedi al reclamo de la viuda propietaria, de pagar media pensin por el monstruo. Un muchacho esqueltico que estudiaba electrnica, un checoeslovaco de barba rubia e insoportablemente catingudo que enseaba ingls a domicilio durante el da y por las noches haca unas esculturas indgenas en madera, burilndolas con un viejo torno de dentista, y entregndolas por la maana a su silencioso socio, un indio de veras que iba a merodear por los hoteles y a comerciar con los turistas aquellas artesanas ancestrales de misteriosos y telricos contenidos, al parecer, con apreciable xito financiero, y creo que tambin cultural, a juzgar por el tiempo aqul -una semana- en que el checo no sala a dar sus lecciones de ingls y en que no par hasta fabricar como dos docenas de monigotes de madera, presumo que para un pedido especial de algn entusiasta representante de vaya a saber que museo de Arte Amrico-Primordial de Nueva York, o por lo menos, de Boston, Massachussets. Pienso, al margen, que el negocio aqul fue bastante fructfero y el checo bastante equitativo con su indio devenido a artesanal intrprete del genio agonizante de su raza, ya que poco despus la habitacin del checo se vio enriquecida con una heladerita de seis pies, que el pobre logr enchufar slo cuando consinti en pagar un extra por consumo elctrico, mientras que el indio posiblemente realiz el sueo de su vida, como lo demostr aquella maana en que apareci montado en una minscula Honda de 75, lo estacion en el patio, se despoj de su increble casco tipo astronauta, se puso la vincha emplumada, agarr su media docena de esculturas y se fue a pie a echar el anzuelo en los alrededores del Hotel Guaran. Y finalmente, Lidia, otra de las pensionistas que cumpli un papel ms trascendente en aquella sosegada etapa de mi vida. Ms que treinteaera, soltera, cajera de un supermercado, con un leve bozo sobre los labios y con abundante vello en las piernas y brazos y todo lo dems. Sufra de una tarda angustia de progresar. Quera estudiar dactilografa para abandonar su plantn de diez horas al da frente a la caja y trabajar sentada frente a una mesita y dndole a la tecla. Pero tropez con una dificultad: no saba gramtica ni ortografa y le haban dicho que la mquina tampoco las saba y que si quera ser dactilgrafa, tendra que aprenderlas. De modo que cuando se enter de que yo era Bachiller me pidi que le enseara y que ella encontrara la forma de pagarme. Como mi dinero se iba evaporando rpido y como se ver ms adelante yo no haca el menor intento de encontrar trabajo, pens que un ingreso extra, aunque fuera pequeo, prolongara aquel dulce y bienvenido tedio que haba encontrado en la pensin. De modo que se compr unos libros y empezamos las lecciones un lunes, despus de la cena. Esa misma noche comprob que la idea que tena ella de pagar mis servicios no era la idea que tena yo del mismo asunto, cuando ms o menos a medianoche sent que se abra la puerta de mi habitacin y se acercaba a mi cama mi reciente alumna envuelta en una salida de bao debajo de la cual, obviamente, no haba nada. Nunca presum de casto y adems tena 20 aos, de manera que me hice a un lado y ella se tendi en la cama. Pero la cosa no result, porque ella era del tipo tmido y exiga obscuridad completa, y yo era del tipo imaginativo y requera luz, por lo menos aquella levsima que disimula lo mucho que hay por disimular en una cajera de treinta aos. Discutimos all mismo la trascendente cuestin. Ella deca que la luz la inhiba, y yo le replicaba que la obscuridad me inhiba a m porque la senta tan peluda que me pareca estar con un hombre y la cosa derivaba a un sin novedad completo. Al fin se fue, intocada como vino. Pero las lecciones continuaron, porque llegamos a un acuerdo, basado en que ella no tena dinero para pagarme pero me pagara con comestibles, lo que no me pareci mal, ya que los meses de pensin haban reducido mi saludable aspecto de campesino bien comido al desmadejado de un convaleciente de operacin de la vescula, y los comestibles que ella me proporcionara conjugara el dficit de caloras y protenas a que me someta la avara duea de la pensin. Sin embargo, no todo es felicidad en esta vida, y comprob esta fatalista sentencia cuando me di cuenta de que el soado abastecimiento de jamones, quesos, chorizos y una que otra chuleta, se reduca nica y exclusivamente a interminables latas de arvejas que cada tarde me traa Lidia, con el resultado de que en menos de una semana, a ms de padecer de indecorosas flatulencias ya estaba hasta la coronilla de arvejas. Me quejaba de esta torturante uniformidad, pero ella callaba y exiga sus lecciones del da, que por cierto, interrump por la falta de consideracin de mi alumna, que se ech a llorar y me explic contrita que -todo por la bendita dactilografa- ella sacrificaba la salvacin de su alma... robando del supermercado las latas de arvejas. Con realista criterio, le repliqu que ya que haba cado en el pecado del robo, nada costaba que fuera una ladrona ms selectiva, y se le fuera de vez en cuando la mano hacia una lata de sardinas, de atn o de patitas de cerdo, con lo cual lo nico que gan es que arreciara en su llanto, explicndome en medio de hipidos que el reglamento deca que la cajera no poda alejarse ms de un metro de su caja, y que el botn que quedaba dentro de tan estrechos lmites eran las arvejas que estaban en la estantera, justo detrs de la caja. Y punto final. A la variedad de mi men, y a las lecciones de gramtica y ortografa. 



- IV -
El dinero que me haban dado al partir, dur tres meses completos. Y cuando se acab, sencillamente se acab, porque en honor a la verdad, en esos tres meses, no hice el menor esfuerzo para acrecentarlo, ni siquiera defenderlo. Trat, eso s, y modosamente, de hacerlo durar el mayor tiempo posible, conformndome con la comida espartana de la pensin, y salvo una incursin a un prostbulo, poco satisfactoria por otra parte -la joven tena un beb que lloraba a moco tendido...! en la misma habitacin!- no tuve gastos extras. Como que segn dije, no busqu trabajo, era lo que bien puede calificarse de un vago completo, que adems, dej pasar alegremente la oportunidad de seguir algn cursillo y tentar el ingreso a la Universidad. Tena conciencia -eso s- de que me encontraba en un punto muerto. Era como si al dejar mi pueblo spero y desabrido me hubiera muerto, pero en Asuncin no estaba en el paraso, sino en el limbo. Limbo, tal la palabra exacta para describir ese estado en que no quera o no poda o no necesitaba hacer nada, ms que dejarme flotar, dejando que el tiempo me limpiara del viejo polvo pueblerino y andando sin rumbo por la ciudad, con una leve esperanza de que al doblar una esquina estuviera ofertndose una oportunidad que yo aceptara toda vez que no me costara mucho esfuerzo. Por la noche sola hacer un examen de conciencia, pero si haba un atisbo de remordimiento lo aplastaba rpidamente, como a una cucaracha molesta. Dicen los siclogos que ciertos hombres padecen de autocompasin incurable. Yo era el caso opuesto, pues gozaba de una autojustificacin a toda prueba. Eres la crislida de una gloriosa mariposa del maana -me deca- y nada ni nadie puede exigirte que vivas otra vida que la latencia acunada de la ninfa en su envoltura de seda, y degustando este bello pensamiento me dorma con el pacfico sueo de un ngel acostado en un colchn de nubes. Con la escandalizada desconfianza de la duea de la pensin, me levantaba a las nueve de la maana, vesta cualquier (8) ropa, y sala a vagar. Me gustaba el ruido, y la gente, y las mil maneras que tiene la gente de vivir a costa de otra gente, tratando de explicarme la razn de toda aquella prisa, y cmo yo poda hacer para integrarme alguna vez a esa maquinaria inmensa que al final de cuentas me estaba resultando el superlativo del negocio paterno y fraterno. En plan de tan poco profundas bsquedas filosficas, una vez me propuse llegar a la razn primordial de la prisa de un sudoroso seor, bastante maduro, que descendi de un mnibus antes de que ste se detuviera del todo, y llevando un portafolios en la mano. Con acelerado paso de quien huye de un tropel de angustias que le persiguen ladrando como una jaura, camin hasta penetrar en un banco, se aproxim a un pupitre, abri el portafolios, sac una libreta de cheques, llen un formulario, firm y se acerc a una ventanilla donde le hicieron efectivo el documento. Meti el dinero en el portafolios, sali del banco como alma que lleva el diablo, esper impaciente en una esquina a que el trfico le permitiera cruzar. Cruz la calle. Cruz la plaza. Volvi a cruzar otra calle... y entr en otro banco. All, llen una nota de depsito, se acerc a la ventanilla, abri el portafolios, sac el dinero que haba cobrado antes, y lo deposit. A esta altura de las cosas, yo ya estaba convencido de que si tena que juzgar al gnero humano por este seor, el resultado daba algo parecido a la locura. Sin embargo, decid ser justo y concederle la gracia de que me explicara la razn de su proceder, y camin tras sus pasos cuando sala del banco. En la calle, se detuvo en la acera, con aire vacilante rascndose la barbilla como quien hace profundos clculos. Rec mentalmente porque no se le ocurriera volver a entrar al banco, hacer otro cheque, retirar su dinero y correr a depositarlo a otro banco, porque entonces el loco sera tambin yo. Pero no hizo tal cosa. 
Camin con menos prisa, lleg a una esquina, se detuvo, llam a un agente de polica y me seal a m. Fui preso, creo que acusado de tentativa de asalto, o por lo menos de hurto. Cuando el agente y yo llegamos a la Comisara, me seal (9) un largo banco en un corredor y all me sent obedientemente, con la impersonalidad de un paquete que mi captor dejaba all para ocuparse ms tarde de l. Pasaron las horas, tena hambre, quera orinar, y nadie se ocupaba de m. Adems, estaba asustado y hasta se me neg el consuelo de volver a ver a la cara, no amiga, pero por lo menos conocida, del agente que me haba trado preso. Mis reflexiones empezaron a hacerse amargas, como que la Justicia consiste en esperar sentado a que no pase nada, lo que era una invitacin a la rebelda, de suerte que me levant del banco y camin hacia donde presuma que estaban los baos, a juzgar por el olor. Nunca llegu. Una vez, cuando nio, para divertirme, haba introducido un escarabajo, de los grandes y cornudos que se arriman a los faroles, en una colmena. El efecto, el escndalo, el zumbar colrico fue formidable. Y formidable fue el efecto de mi acto de querer cambiar mi personalidad de paquete por la de un ser humano que afirmaba su individualidad alivindose la vejiga. Me retornaron al banco ms maltrecho y ms asustado de lo que haba venido, y con un nuevo conocimiento sobre la patologa del dolor: las orejas tambin laten, sobre todo despus de unos recios retorcimientos en nombre de la Ley. Por fin, uno de los agentes de guardia sopl en un silbato y todo el mundo se puso firme porque llegaba el Comisario. Por las dudas, y velando por la salud de la otra oreja, yo tambin me puse firme, pero alguien me empuj hacindome sentar de nuevo, dicindome implcitamente que el privilegio de ponerse firme no corresponda a los detenidos. Quince minutos despus un corts oficial me invit a pasar al despacho del Comisario, que ola a jabn Reuter y locin after-shave, lo que por asociacin de ideas me hizo pensar en un bao que por asociacin de ideas tambin multiplic mi ya antigua urgencia, que hice saber al seor Comisario y ste, bondadosamente, me permiti por fin ir al bao, con un centinela a la vista, que cuando sala prendindome la bragueta me mir con cierto respeto, como si yo acabara de hacerle una demostracin prctica de la gran cantidad de lquido que puede contener un cuerpo humano. Volv al despacho. El Comisario me invit a sentarme, ley unos papeles, me mir con reproche y me dijo que haba sido detenido en la sospechosa tarea de seguir como una sombra a un ciudadano que extrajo dinero de un banco y fue a depositarlo en otro, y, todo haca presumir que yo era ratero, descuidista, asaltante o carterista. Cuando termin el captulo de cargos, y me miraba como esperando una explicacin de mi parte.
-Soy inocente, seor Comisario -le dije.
-Pero las circunstancias aqu relatadas... -acot l, sealando el parte sobre mis andanzas.
-No me refiero a esas circunstancias, seor Comisario. Me refiero a... en general. Mi inocencia abarca todo el conjunto.
Por ejemplo, pregnteme si conozco la razn por la cual un sujeto saca dinero de un banco y lo deposita en otro, y con la mano sobre el corazn le dir que no s. Pero necesito saberlo.
-Para qu?
-Para ser un sujeto normal y corriente, es decir, en un orden relativo. 
-En qu orden relativo?
-Comprendo que mi destino ineluctable es formar parte del mundo que me rodea, y estaba tratando de hacerme una composicin de lugar. No me gustara empezar mal, como un loco en un mundo de cuerdos o como un cuerdo en un mundo de locos.
No saba por qu, en los ojos verdosos del Comisario brillaba aquella lucecita burlona, y tem que eso fuera el preanuncio de una orden que me dieran veinte cintarazos y me tiraran a un calabozo. Pero no; se limit a preguntarme.
-Y estaba averiguando si el mundo era loco o cuerdo siguiendo a ese seor?
-S, seor. Para encontrar la lgica de su proceder.
-Y por qu no le pregunt simplemente por qu demonios sacaba dinero de un banco y depositaba el mismo dinero en otro?
-Soy tmido.
-De modo que es tmido.
-Y reservado. De nacimiento y por educacin. Tengo una madre que me quiere cuando mi padre lo permite. Un padre a quien no le importo y tres hermanos a quienes molesto. De modo que desde chico me encerr en una burbuja de egosmo y aqu me tiene.
-Olvid de decirme de qu planeta viene.
-Ud. se burla de m, seor Comisario.
Sonri indulgente. Eso es lo que tiene de bueno la autoridad: el lujo de ser indulgente.
-Supongamos que Ud. tambin se est burlando de m. 
-Nadie se burla cuando tiene miedo -repliqu con lgica total.
-Y Ud. tiene miedo?
-Estoy cagado de miedo.
-Pero yo tengo aprendido -replic haciendo que rindiera mudo homenaje a su inteligencia- que cuando el miedo nos embarga, nos queda en pie el amor propio. Entonces, si Ud. no se burla de m por miedo, se burla por amor propio.
Lo mir con admiracin y hasta con simpata. Yo no tena idea de que los Comisarios eran as. Ahora vienen de lujo pens. Pero inmediatamente regres al asunto de mi amor propio.
-No me burlo por amor propio, seor Comisario -le dije- por la sencilla razn de que lo tengo por el suelo.
-Increble en un muchacho despierto como Ud!
-Pruebe Ud. sostener en alto su amor propio despus de que hayan tratado de destornillarle la oreja.
-La oreja?
-Me late como un tambor, como para decirle a mi alma que marque el paso. Y me siento inclinado a hacerlo, porque el que marca el paso no tiene necesidad de tener amor propio. Y oportunidad tampoco. Lo que se dice, la frmula de la felicidad.
Me mir largamente. La lucecita enervante haba desaparecido de sus ojos, y sent que la amenaza de una paliza se alejaba. Un nudo subi de pronto a mi garganta. Iba a echarme a llorar? -me pregunt espantado. Y por qu? Inclin la cabeza y escuch su voz: 
-Se me va a poner a llorar?
Tena razn. Me iba a poner a llorar. Quise saber por qu. Volv a mirarle en la cara. Y vi la razn. Estaba probando un placer nuevo, que ni siquiera el cura aquel supo darme. El placer de ser respetado. El Comisario me respetaba. No era ese el primer indicio de que haba un camino para salir del limbo?
-Es Ud. un tipejo raro -continu.
-S, seor. Soy un tipejo raro. Y un tipejo raro con hambre. No se da de comer a los detenidos?
Puls un timbre. Apareci un agente, dio una orden y el agente me condujo al comedor de oficiales, donde me sirvieron una comida que era comida, no la parodia culinaria de la pensin. Otros oficiales cenaban cerca, y cuando capt algo as como que se hizo amigo del Comisario, me atrev a poner a prueba tal privilegio y ped al vigilante -mozo de cabeza rapada- que me sirviera otra racin, que me la sirvi sin ms prembulos. 
Cuando termin, fui conducido de nuevo en presencia del Comisario, a quien acompaaba un hombre entrado en aos, vestido de civil, con un correcto traje gris, una correcta camisa blanca y una corbata color perla cuyo nudo era la perfeccin completa. Entr al despacho y qued all, de pie, sin saber qu esperar.
-Es l -dijo el Comisario al seor con aspecto de ejecutivo, como si estuvieran hablando previamente de mi persona.
-Estudia? -me pregunt el personaje.
-Espero ingresar el ao que viene en la Universidad -respond.
-Hace bien -dijo el seor.
-Est libre -dijo el Comisario.
Me fui. Y esa noche, sin razn alguna y con la cabeza sobre la almohada record la escena de una pelcula que haba visto una vez que viol mi consigna de austeridad econmica. La llegada de un accidentado moribundo a un hospital. Un paro cardaco, y la accin fulgurante del gallardo mdico-hroe que le aplic unas descargas elctricas sobre el corazn, una vez, dos veces, hasta que la rayita recta y mortal que mostraba el monitor, empez de repente a quebrarse y a hacer pic pic pic, de donde la escena pasaba a primeros planos de rostros sonrientes de enfermeras y de mdicos y de auxiliares y parientes. Busqu la razn de ese recuerdo, y ca en la cuenta de que en cierto modo, por fin haba encontrado un da con contenido real. Haba recibido un shock benfico que me aproximaba ms a la realidad de las cosas. Que me sirvi de poco, porque al da siguiente volv a levantarme a las nueve de la maana, a ponerme cualquier ropa y a salir a caminar a ninguna parte. Sin embargo, senta que exista ya una diferencia. Me senta ms sensible a m mismo. 
Me pareca conocerme mejor. Pero lo que estaba viendo no me gustaba nada. 
Shock benfico? Lo sabra muy pronto, porque faltaban slo dos das para que venciera la mensualidad de la pensin, y ya no me quedaba nada para ir tirando, por lo menos, otro mes. 



- V -
Sucedi lo que deba suceder. Volva yo de ninguna parte una noche de agosto de fro mordiente, pensando con delectacin en el agua caliente que la viuda llamaba sopa y en la tibieza de mi cama, cuando al llegar, comprob que no habra para m ni sopa ni cama. Por tres das de atraso en pagar -por adelantado- la pensin, la viuda cancelaba mis derechos. Haba metido mis cosas en mi valija, y le haba puesto llave a mi pieza, y la valija me estaba esperando en el zagun. Asustado y deprimido, golpe suavemente la puerta de la viuda, que estaba viendo televisin. Se abri la puerta, abr la boca para hablar pero la vieja me cort tajante:
-Tiene MI dinero?
-Vea, seora...
Blam!, era la puerta que se me cerraba en las narices. Aquella seora era lo que se dice de pocas palabras. Pero de algn obscuro meandro interior me subi una oleada de indignacin. Volv a golpear con energa la puerta, una, dos, tres veces, hasta que ella volvi a aparecer. 
-Qu quiere?
-No quiero marcharme sin pedirle que felicite en mi nombre a su marido.
-Pero si est muerto!
-Por eso. Buenas noches.
Y me march dignamente.
La gente suele hablar livianamente de la angustia por esto o lo otro. 
Pero aquel que no se vio una noche fra en la calle, sin un cntimo en el bolsillo, sin tener adnde ir y con una valija que le da el sello a la triste condicin de forastero en una ciudad extraa, no sabe lo que es angustia. Camin hasta la prxima esquina, y all me detuve, con la absurda pretensin de orientarme en una ciudad donde en los cuatro vientos, en lo que a m concerna, no haba nada ni nadie. Nunca fui religioso, pero en esa ocasin sent la necesidad de implorar devotamente a la Providencia que viniera en mi ayuda, y la poca que recib fue llegar a la conclusin de que soplaba un helado viento sur, y que si caminaba hacia el sur recibira las rfagas de frente, de modo que lo razonable era caminar hacia el norte para recibirlas de espaldas. As que ech a andar con viento a favor -es un decir- hasta desembocar en la amplia explanada de la Catedral, donde el fro era an ms intenso porque el viento ya no soplaba del sur sino de los cuatro costados del mundo. A lo lejos vi brillar, en la Baha, las mortecinas luces de un desembarcadero donde estaban inmviles algunas embarcaciones ancladas all, lanchas y hasta algn yatecito. Conceb la loca intencin de colarme a una de esas embarcaciones para pasar la noche, y descend por la huella del bajo. 
Sin embargo, no llegu a la costa de la baha porque vi brillar alegremente un fuego al pie del muralln del Congreso. Hacia all me dirig, y me encontr con un viejecito que haba colocado unas defensas de tela plstica contra el viento, alimentaba el fuego con unos pedazos de tabla que iba arrancando de un viejo cajn de embalar, y se alimentaba l extrayendo con los dedos unos trozos de carne hervida de una herrumbrosa lata. Le salud y no me contest. Le dije que me mora de fro y encogindose de hombros me seal un sitio frente al fuego, donde me sent con gratitud, depositando mi valija contra el paredn, y notando que desde el momento en que me sent a su lado, la lata de comida, que la tena en el regazo, ahora la apretaba prudentemente contra el pecho, y segua comiendo, es decir, meta en la boca sin dientes un trozo de carne, lo pasaba de una mejilla a la otra dos o tres veces, y se lo tragaba.
As debi ser en el principio del tiempo, cuando los hombres de las cavernas descubrieron el germen de la amistad -pens tristemente- compartir el fuego, s, pero la comida no. No me sirvi de consuelo llegar a la conclusin de que de entonces la cosa no haba cambiado mucho. Por fin, el hombre termin de comer, sac del bolsillo una servilleta que tena el monograma del Hotel Guaran y se limpi los dedos y los labios, deposit cuidadosamente su lata al pie del muralln, lanz un sonoro pedo y se acurruc para dormir. Otro tanto hice yo, excluido el pedo, y aunque parezca mentira, logr dormirme a pesar de que el fuego slo me calentaba una zona desde la tetilla hasta la rodilla y el resto se helaba dolorosamente. Me despert temprano, viendo que ya era de da, el fuego se haba apagado y el viejo ya no estaba. Y mi valija tampoco. Sent la mejilla hmeda y cre que eso de echarme a llorar empezaba a ser una mala costumbre, pero aquello no era llanto, era una fina llovizna que me tena empapado. 



- VI -
Me encamin al centro. Por primera vez pas por mi mente la idea de buscar trabajo. Pero buscar trabajo es en cierto modo un trabajo y se necesitaba energa, y yo estaba muerto de hambre, y por aadidura, me acometa unos escalofros que parecan querer desarticular el esqueleto. 
Arrib a una esquina donde una gorda seora instalaba una mesita y sobre ella una canasta, que abra y revelaba su contenido de empanadas an calientes, y pan, y tendra un mantelito blanco y depositaba todo sobre una bandeja, a la vista. Arrim una sillita baja y espantamoscas en manos se dispuso a iniciar el negocio. Un perro flaco se acerc a husmear y ella lo ahuyent, yo me acerqu a husmear y ella no me ahuyent, espantando s con su plumero unas moscas inexistentes. Mir al perro que se iba en busca de mejores horizontes y segu tras su huella, intuyendo vagamente la razn por la cual San Francisco llamaba al perro hermano perro. Los dos eran flacos. El parentesco del hambre. Me re y me asust porque me re, porque lo natural era que estuviera llorando, y si el caso daba para llorar y yo andaba riendo, algo andaba mal dentro de mi cabeza, y quizs me estuviera volviendo loco. Pero desech la idea, recordando haber ledo que lo nico bueno que tiene el loco, es que nunca sabe que lo est. Aquellos escalofros me galopaban por la piel como un maln de hormiguitas feroces, con patitas de hielo.
Sin embargo, la madre Naturaleza se defenda, porque al avance de la chusma helada sobre mi piel opona ese fuego interior que me suba del pecho y me quemaba la garganta, con un calor spero. En buena te has metido, hermano -me deca- te ests helando por fuera y te ests quemando por dentro. Y de repente me sent orgulloso porque estaba pasando por la experiencia nica de vivir mi propia muerte, con el agregado de asistir en vivo y en directo a la lucha por mi alma inmortal que libraban Satans y San Pedro, aqul arrimndome las llamas de la condenacin, y ste como un bombero celeste que me echaba agua demasiado fra. Ests delirando, viejo.
Alguien me hablaba y me par a escuchar, pero el que hablaba no era otro que yo. Segu mi camino y me llev por delante a una seora que sala con un bolsn de un supermercado. Me mir con reproche y murmur algo de qu calamidad tan temprano y ya borracho. La detuve del brazo y me mir asustada. Quise preguntarle si haba una hora en que estar borracho era normal y otra hora en que no. Pero la dej ir. No me dejes, mam, le dijo el otro que se haba puesto a hablar por m desde m. Pero mam se fue de mi lado, sin dejarme ningn rencor, porque siempre fue as, y creo que la nica vez que estuvimos juntos fue cuando ella me tena en el vientre y yo estaba adentro y calentito, y a propsito y al final de cuentas, la solucin de todo estaba en volver all, de manera que apresur el paso y aquel ruinoso portn estaba abierto y entr y el depsito de herramientas tambin estaba abierto y haba un rincn que me pareci acogedor y all me tir, pero no me estir sino me comprim y me hice un nudo y me hice un feto para volver a nacer otro da o para morir para siempre, ya que despus de todo, lo mismo daba.
...Y entonces estaba de nuevo leyendo aquella novela idiota y dulzona de la pareja que esperaba el primer hijo y ella tomaba la mano del marido y la pona sobre el vientre y le deca sent, sent como patea y los dos quedaban arrobados porque el feto pateaba. Gran cosa. La maravilla era yo -me dije-, un feto que soaba la vida que iba a vivir, no la vida que iba a sufrir, que de eso estaba seguro porque en algn momento ya haba visto la tumba abierta y yo en el atad y el Director del Colegio que no se perda una sola ocasin de decir un discurso fnebre cuando alguno del pueblo mora, notable o no, y nunca dejaba de utilizar aquella frase de que esta tumba abierta que acoger a nuestro hermano no es sino el tero de la inmortalidad feliz que le espera, y yo era nio y no saba lo que significaba tero ni inmortalidad pero estaba a punto de saberlo...
Su cara quema -deca una voz. Voz de mujer. 
-Debe ser fiebre -responda otra voz, masculina.
-Pobrecito... -era la mujer, mujer al fin.
-Es un vago... -era el hombre, hombre al fin.
-Es un prjimo que necesita ayuda -replicaba la voz femenina.
-Si quers, llamo a alguien -el viril sentido prctico ya exploraba la forma de buscar ayuda en otra parte para el prjimo que le importaba un cuerno.
-A quin?
-Y... a lo bombero, por ejemplo -deca vacilante el hombre.
-Para qu? Para que le pongan una lavativa con una manguera? 
-aquella alma femenina no era fina, pero s bondadosa.
-O una ambulancia. En alguna parte tiene que haber una ambulancia. 
Para eso estn la ambulancia. Para venir tocando la sirena y llevar a tipo como ste tambin, tocando la sirena.
-Ves demasiado tele, vos.
-Entonces, decime que hacemo con l.
-Le vamo a ayudar, pobrecito.
-Cmo?
-Le llevamo al hospital.
-Tens para un taxi? -otra vez el sentido prctico masculino.
-No.
-Entonces no le llevamos al hospital.
Hice un tremendo esfuerzo para abrir los ojos, y conseguir abrir uno. 
Ya no senta fro ni calor en mi cuerpo. En realidad ya no tena cuerpo. Slo cabeza, con un ojo abierto que enfoc a un hombre grandote y a una mujer grandota. El hombre grandote era una spera montaa toda piedra. La mujer grandota era una suave y ondulada colina rosada, una colina hembra, si me comprenden. Una colina madre, que me acababa de parir.
-Mam... -tena conciencia de que decirlo era absurdo, pero quizs no exista palabra ms adecuada para pedir socorro.
-Si, mi corazn? -el color rosado de la colina provena de que estaba cubierta de flores. Flores compasivas. Flores balsmicas.
-Por favor, creo que tengo pulmona -logr articular- llamen a la Polica -agregu, con la loca esperanza de que viniera corriendo en mi ayuda aquel comisario de lujo con su olor a jabn Reuter y after-shave.
-No! -rugi el hombre, dndome la sensacin de que aquellos buenos samaritanos preferan mantenerse lejos de los brazos de la Ley.
-Entonces, djenme morir...
-Morir no soluciona nada! -exclam la mujer con ese sentido prctico lmite que slo es atributo de su sexo. Y luego, agreg, dirigindose al compaero-: Vamos a llevarlo!
-Adnde?
-A casa!
-Cmo?
-En upa!
-No es una criatura! 
Es una bolsa de huesos!
As como si fuera una bolsa de huesos, me sent alzado, transportado y machucado, a lo largo de callejuelas donde las casas se apiaban y la gente se apiaba en los portones de las casas apiadas para ver pasar aquella procesin y para preguntar si yo estaba muerto, a lo que el hombre, como para infundirme cristiana resignacin anticipada, responda: 
No, todava no. Poco despus, las casas se hacan ms espaciadas, la tierra ms roja, y los verdes ms verdes y los zapatones de mi transportador ya no hacan tac tac sobre el empedrado sino plas plas sobre lo que primero supuse que era el cauce de un arroyo y luego, por el olor, comprob era el cauce de una cloaca, cuestin sta que no me pareci importante ya que volvan los escalofros y la quemazn interior, con el agregado de que ya no poda respirar, y tratando de hacer pasar aire por mis trqueas o por donde fuera produca un sonido como de grgaras, que oy la buena mujer que trotaba detrs nuestro y murmuraba Jess, Jess mo y se haca la seal de la cruz, mientras mi voluntarioso transportador se volva a ella y enunciaba su diagnstico: Ansia de muerte. Pero aquello, por alguna razn, me rebel. Yo no tena ansia de muerte, carajo, tena ansia de vida, y pona todo mi ardoroso empeo en llevar oxgeno a mis pulmones y temiendo a cada instante que el hombre se cansara y me abandonara en la cloaca y se fueran los dos a dedicarse a menesteres ms alegres. Cruzamos, creo, una estrecha senda de tierra firme entre dos lagunejos verdosos. Y luego la senda se ampliaba hasta formar una isla donde se alzaba una casita que era un resumen de lo que alguna gente desecha como basura y otra gente recoge como materiales de construccin. Era nuestro destino. Entramos y el fatigado hombrn me deposit en el suelo. En un rincn haba un camastro y en el camastro estaba tirado el hombre ms viejo del mundo, con el resto de vida que le quedaba brillando en unos ojitos azules, increblemente vivaces. De la parte superior de un ruinoso ropero, la mujer baj una colchoneta, la tendi en el piso, se corri hasta el camastro y como si fuera un beb alz en brazos al viejo y lo traslad a la colchoneta; luego se volvi a m, me alz en brazos como si fuera otro beb y me deposit en el camastro cuyo fuerte olor a orina no fue bice para que el calor de esa cama arrullara mi cuerpo helado con una tibieza bienvenida, como bienvenido fue el desflecado poncho con que la buena mujer me arrop despus de despojarme sin pudor alguno de toda mi ropa mojada y dejarme en cueros, procediendo a frotar toda mi osamenta con alcohol cuyos vapores me hacan toser pero al mismo tiempo me ayudaban a respirar mejor.
Creo que me dorm por mucho tiempo. O por lo menos el tiempo necesario para que el hombrn degollara una gallina y ella hiciera una sopa, porque cuando despert, ella estaba sentada en mi camastro y me verta en la garganta con una cuchara la sopa caliente y olorosa.
-Trag, trag, tesorito -susurraba, y me meta la cuchara (10) en la boca y yo tragaba con ansia aquella calentura vital.
-No hay como la sopa de gallina para matar todos los microbios -sentenciaba mientras me embuta la cuchara y cuando yo tragaba me premiaba con un viste que guapo es mi muchachito que se va a poner bien maana mismo.
Me volva a dormir, nunca supe cunto tiempo, pero cuando despert era de noche. Los escalofros haban vuelto pero me senta algo ms lcido. A la luz de una lmpara vi que mi benefactora aseaba con un trapo mojado al viejecito que tiritaba de fro, y el hombrn estaba sentado en una silla, ante una mesa, succionando con ayuda de un tenedor un enorme plato de tallarines. Temblaba yo con tanta intensidad que el ruido que haca mi camastro les llam la atencin. Prontamente, la mujer termin el aseo del anciano y se acerc a m, con extraa, conmovedora solicitud.
-Cmo te sents?
-Tengo mucho fro...
Abri el ropero y sac un grueso tapado de mujer que agreg a mi poncho. Se apoder nuevamente del frasco de alcohol, lo verti en las palmas y empez a frotarme suavemente la frente y el cuello con aquellas benditas manotas gordas, speras y maternales que el buen Dios le haba dado para que fuera as, tan mujer, tan generosa, tan llena de vida que vivir y que dar. Mir al hombre que succionaba sus fideos, los depositaba en la boca y los empujaba con medio pan por vez, y pregunt:
-Tu marido?
No, es mi primo. Pero cuando le da por ser marido yo no tengo inconveniente -me dijo como la cosa ms natural del mundo, pero intuyendo que aquella extraa relacin que me conturbaba requera una explicacin, agreg:
-Me ayuda.
Sntesis de la teora del Varn Domado, me dije. Mir a la momia tendida en la colchoneta. Ella sigui mi mirada.
-Es mi abuelo -dijo, y de la colchoneta se alz un cloqueo que an tena algo de humano, y ella (11) tradujo-: dice que te vas a sanar pronto. Te pas el fro?
Negu con la cabeza. Y acto seguido, sin el menor pudor se puso de pie y se quit el vestido, quedando slo con las dos clsicas prendas ntimas.
-Dame lugar...
Mir con cierto temor al primo-marido, pero el hombre segua muy ocupado con sus espaguetis. Me corr un poco y ella se acost a mi lado, y se estrech contra m, y me atrajo contra sus grandes pechos blandos y tibios, calefactor inventado por el Creador que ninguna tecnologa ha logrado superar. Una infinita sensacin de paz me invadi, y me dorma sintiendo el calor de su vientre ancho y blanco sobre mis caderas, y el peso reconfortante de sus muslos sobre mi vientre, cuando o decir al comedor de espaguetis algo as como que se estaba buscando una peste, y me o preguntarme a m mismo donde diablos haba venido a parar.  



- VII -
Haba salido el sol aquella maana. El viento que rizaba las aguas de la Baha cercana an vena del fro sur. Pero el cielo era azul y el sol voluntarioso en su deseo de dar calor. Y yo estaba all en el silln de mimbre que haba conocido tiempos mejores, envuelto en mi poncho y en el sopor de mi convalecencia (12), y calentado por el buen sol que el buen Dios haba inaugurado un da all en el cielo para que la vida floreciera y la muerte se batiera en retirada. Abr los ojos y por primera vez, a plena luz, contempl a mi benefactora, que destripaba un chanchito muerto colgado de un gancho.
Si un escultor del siglo XVI anduviera loco de la vida buscando una modelo para una escultura de la maternidad, la habra elegido a ella. Tal vez un poco ms de treinta aos. Blanca, con una suave pelusa dorada sobre la blancura de la piel, en los brazos y en las piernas, y con toda la potencia de una feminidad fecunda que era como un altar vivo y palpitante para el rito de aquellos primordiales dioses de grandes falos enhiestos. 
Una cara vulgar, redimida por unos inmensos ojos muy claros, que no podan ser aquellos espejos del alma que dicen los poetas, sino ventanas transparentes a las que asomarse a mirar la vasta limpidez de un mundo interior intocado y puro. Me reproch que estuviera poetizando a una mujer que se acostaba con su primo, pero enseguida me reproch porque me reproch por eso, porque acostarse con su primo podra ser el fruto de una inocencia raigal, de fruta de los montes. Y volv a mi imaginario escultor del siglo XVI, de aquellos realistas que no vieron nada de malo y mucho de bueno en las Venus adiposas que los antiguos pusieron de moda hasta que alguien vino a corromper nuestros gustos y a convencernos de que la mujer cuando ms flaca, ms mujer. Y cerr los ojos y lo vi moldear en mrmol a mi benefactora, fiel a sus hombros redondos, a sus pechos que parecan reventar de leche, a su vientre plano y a sus caderas anchas, rotundas, como las de una abeja reina que deposita sus huevos en interminables cadenas. Le orden al escultor que se fuera, porque la frialdad del mrmol tiene algo de la frialdad de la muerte, o quizs de la no vida. Lo que ella mereca era un pintor, y la calidez de la pintura para que plasmara su calidez de mujer. Y entonces el pintor fui yo mismo, y la instal en un paisaje de cuando la tierra era joven y la gacela lama la sal de la piel de un len dormido. Pint la luna cuando era luna y nadie la llamaba satlite, alumbrando el ro que corra rumoroso, con su playa de arena dorada, y en la playa, ella, desnuda y dando a luz sin dolores -porque entonces no haba dolor-, y lista a recibir a su nio y lavarlo en el agua helada del ro mientras murmuraba que yo te bautizo en el nombre de todos los amores que sobrevivirn para consuelo de todos los doloridos del mundo y... una sombra me quitaba sol y abr los ojos y ella estaba delante mo, mirndome con algo de susto.
-Hablabas solo -me dijo con preocupacin.
-Estaba soando -dije.
-Le estabas bautizando a alguien.
-No, no era yo. Eras vos. Le bautizabas a tu hijo con las aguas de un ro que era bendito de nacimiento, porque vena del cielo.
-Tu sueo es mentiroso -murmur con algo de pena.
-Por qu?
-Porque cuando tena quince aos me hicieron un aborto y me dejaron huera.
Dios incomprensible, me dije, no tienes derecho a pisotear as el lirismo de los lricos. Mi diosa viva de la maternidad era estril, como Mariln Monroe con toda la gloria de su cuerpo y con toda la miseria de sus ovarios muertos.
Se sent a mi lado, con la sangre del chanchito manchando sus vestidos, y un borde rojo bajo las uas.
-Qu pena... -atin a decir.
-No hay pena -dijo terminante, y agreg-. Qu pasa cuando una tiene un hijo? El amor llena tu corazn pero tu corazn es un embudo, y el amor se derrama para uno solo. Es justo, eh?
-Celina...
-Qu? 
-Sos una mujer sabia.
-Yo? -ri-. Jess!
-Has elaborado toda una filosofa para enterrar debajo tu pena...
-Si hablas as no te entiendo un carajo -me dijo.
-S me entiendes -le dije sin saber por qu quera herirla.
-S te entiendo -consinti-, pero qu puedo hacer?
-Lo que haces, olvidar. Borrar de tu mente.
-Que soy huera?
-Eso.
-No puedo. Mi cuerpo me grita que soy huera cada vez que un hombre est conmigo y me llena de semilla.
-Tu primo?
-Y los otros.
-Otros?
Debi notar en mis ojos desconcierto. Rencor o celos?
-No. No. No soy puta -se apresur a aclarar.
-Pero... otros. Dijiste otros.
-Los hombres!
Me mir a los ojos, suspir apenada por mi falta de mundo, de modo que me ilustr con ese aire paciente de la maestra que trata de que la o le salga redonda al prvulo.
-Mir -me dijo- una puta tiene clientes. Una mujer honesta tiene hombres. Hombres. Hombres que le ayudan.
-Tu primo...
-Qu pasa con l?
-Sabe? 
-Me parece que s.
-Y no le importa?
-Me parece que no.
-Te quiere?
-No s, pero me ayuda, a pesar de que es haragn. As de grandote como es, es haragn. Pero es bueno y me ayuda. Hoy vamos a comer de su sangre.
-Jess!
-Con lo grandote que es, sirve para algo. Ayer vendi medio litro de sangre y compr el chanchito. Yo no s si eso es amor o qu, pero es bueno.
Yo no saba si aquello era bueno o malo, pero lo que s saba es que jams comera aquel chanchito. Era como canibalismo por interpsito lechn. Evitando la nausea, volv a nuestra charla.
-Y yo, Celina?
-Vos qu?
-Qu soy aqu?
-Cuantos aos tens?, veinte?
-Un poco ms.
-Sos mi hijo.
Qued alelado. Si aquel hijo que le arrancaron de las entraas cuando ella era una nia viviera, tendra veinte aos, como yo. La mir... me estaba adivinando el pensamiento!
-Volviste... -me dijo.
Yo era su segunda oportunidad. Volv. Volv de la muerte que ella alej para devolverme la vida que me devolvi. Dios mo. Estaba llegando al punto en que la locura se confunde con la poesa? Y qu poesa? 
Aquella que trepa desconocidos escalones de augustos templos sin edad y deja de ser poesa para ser Justicia potica?
Y Dios? -me pregunt-. Me tuvo viviendo veinte aos de vida fetal y pueblerina para renacer, no, para nacer aqu y ahora?
Pero por qu esta madre que se acostaba con su primo y con todos sus hombres?
Por qu no me desvanec de fro y de hambre en el portal de una casa solariega donde otra mujer preada de esterilidad y de esperas me recogiera?
Otra mujer distinta a sta?
Distinta en qu?
Ms pura?
Pero quin mide la pureza de una mujer? Qu es la pureza de una mujer? Mala pregunta, hermano -me dije-, porque la pregunta debe ser: Qu es la pureza?, a secas.
La sombra virginidad de una beata que quiere engendrar por obra y gracia del Espritu Santo, repitiendo en ella el milagro irrepetible, o la generosa sexualidad de esta hembra cristalina que da lo nico que tiene en pago de la ayuda de su primo y la de todos sus hombres?
Pureza la razn calculada de la caridad que recoge a un moribundo o la alucinacin del encuentro en la alegra desgarrante y feliz de un parto postergado por veinte aos?
Djate de pavadas -me dije-, vos ya tens madre.
Imbcil -me repliqu- no estoy hablando de madre, sino de maternidad.
Ah estaba la cuestin. La cuestin de si basta ser madre para ser maternal. No me iba a poner, all y entonces, a buscar la diferencia demasiado sutil para mi gusto, pero las dos palabras, madre y maternidad, sonaban en mi mente como dos notas distintas.
Y record a mi madre, y me pregunt por qu en todos esos das amargos y doloridos no dese su presencia. Hijo ingrato -me dije-, es esa la explicacin, pero no la nica, lamentablemente, porque quizs la ley de las compensaciones pone a un hijo ingrato al otro extremo de una madre de corazn anestesiado por el servilismo de esposa. O simplemente anestesiado.
-Me das miedo cuando pons esa cara -me deca Celina.
-Es la cara que uso para pensar.
-Pensar mucho no soluciona nada -dijo Celina, con el mismo tono terminante que us cuando me deca que con morir no se soluciona nada. 
Al parecer, su vida era una bsqueda de soluciones rpidas y fciles. No estaba mal como sistema.
-Sabes que un sabio dijo: Pienso, luego existo? -le dije con nimo maligno de burlarme de ella.
-Y eso qu tiene que ver conmigo?
-Vos tens que decir no pienso, luego vegeto.
-Qu quiere decir vegeto?
-Me dejo llevar por la corriente.
-Eso hace la gente que no piensa?
-Eso hace.
-Entonce la gente que no piensa es ms sabia que la gente que piensa.
-Vaya! Por qu?
-Porque si no pienso y me voy a favor de la corriente, y otro piensa y va en contra, el estpido es el otro, no yo.
-No quise tratarte de estpida! -me apresur a aclarar con una gran dosis de hipocresa.
-Ya s -me dijo, con otra gran dosis de hipocresa, pero infinitamente ms noble que la ma.
Se levant y fue a dedicarse al lechn, dejando en mi corazn una bola de pesadumbre que de repente tuvo una boca y me grit: Resptala, cretino.
Y decid poner toda mi buena voluntad para aprender a respetarla. Y a comprenderla. Y a no juzgarla, porque lo que era ella estaba sencillamente fuera de mi alcance, porque era duea de una sabidura que no figuraba en ningn libro, sino estaba elaborada por los das que en cada amanecer le enseaba una leccin de cmo vivir y cmo sobrevivir sin perder la alegra, sin cegar las fuentes del amor y manteniendo virgen la inocencia dentro de un cuerpo mil veces manoseado, y mutilado para siempre. 
Intencin nobilsima de mi parte, que pronto sera vapuleada, deteriorada, por la extraa sucesin de acontecimientos que me esperaba. 



- VIII -
Esa noche, cuando me dorma en el camastro de donde haba sido expulsado permanentemente el abuelo, y ella tenda su catre en la piececita de al lado, reflexionaba sobre todo lo pasado en los ltimos das, y me preocupaba por el rumbo que tomaran las cosas. Era obvio que este disparatado asunto de mi adopcin por parte de Celina era algo pasajero. La mana de una nia grande que recoga de la calle un gatito moribundo y lo traa a casa y jugaba a ser mam, hasta que el gatito, sano y alimentado, decida vivir por su propia cuenta, y con su propia independencia. Sin embargo, una puntilla de preocupacin asomaba en mis pensamientos sobre el tema, cuando, haciendo el recuento de todo, me di cuenta de que en ningn momento le haba expresado gratitud por lo que ella y su oso vendedor de sangre haban hecho por m.
No recordaba dnde haba ledo, quizs en Freud, que ningn hombre llega a la madurez completa mientras su padre vive. Y que la relacin madre-hijo excluye la gratitud, porque, agrego yo, no se agradece lo que es natural, como la mujer que brinda amor y el hijo que lo devora, lo degusta y se va.
Y yo no haba expresado gratitud. Quizs estaba aceptando el juego de la nia grande. La cuestin resida en averiguar urgentemente si en la misma medida en que ella adoptaba un hijo, yo estaba adoptando una madre.
O el concierto de crujidos de su catre cuando se acostaba, soplaba, apagaba la vela y me preguntaba:
-Ya dormiste?
-No.
-Hasta maana.
No le contest, porque algo me susurraba que ella esperaba que yo le dijera: Hasta maana, mam. Y eso sera la locura. Y aunque aquello fuera el juego de dos era saludable que uno de los involucrados conservara el juicio. De modo que murmur apenas:
-Hasta maana, Celina.
Cuando despert a la maana siguiente, ella no estaba. Y lo que me result ms extrao, el viejecito tampoco. Pens que lo haba sacado al sol y mir afuera, pero no estaba all. Adems el sol no haba salido, porque estaba de vuelta la llovizna y el fro y el da gris.
Me sent en la cama, pasndome el agujero del poncho por la cabeza y temblando de fro. Con ese movimiento, cay al suelo un papel que haba estado encima de mis cobijas, y result ser una esquela de Celina: Me boy a Quiindy a llevarle al agelo con mi jente de all y entonce ba aber mas espacio para nosotro. Te dej comida. Mir sobre la mesa. Mir la mesa, y efectivamente, tapado con un gran pao blanco, almidonado y limpio, haba una fuente, posiblemente de carne fra procedente del chanchito. En una canasta haba galletas, y adems dos botellas de gaseosa y una fuente con uvas. Adems, el brasero contena carbn listo a ser encendido, y al lado una pava de agua. No se haba olvidado ni de dejar a la vista la cajita de fsforos. Y el frasco de Nescaf.
Encend entre los carbones un papel diario y puse la pava encima cuando los carbones hicieron brasas, y regres a la cama.
La imagen de la mam-nia y el gatito abandonado volvi a mi mente. 
Trasladado al plano humano, aquello resultaba insano. Insano todo, hasta las cuidadosas previsiones y las generosas provisiones que dejara al marcharse. Aquello jams poda resultar. Adems, no estaba en mis planes vivir al borde de la cloaca de la ciudad, sino en la ciudad misma, la ciudad como un territorio de conquista, con sus oportunidades que estaban a mi alcance, siempre que aprendiera a sacudirme mi derrotista modorra. 
Siempre que me saliera del punto muerto.
Hirvi el agua. Hice algo de caf que vert en un jarro de lata, y me lo beb de una vez, sin tocar la galleta. Rebusqu entre los trastos que hacan de moblaje y encontr un cuaderno y un bolgrafo, me sent en la mesa, beb ms caf, y me puse a escribir.
Querida Celina. Jams podr agradecerte todo lo que has hecho por m. Por tu buen corazn, mereces ser madre, la mejor de las madres, pero no la ma. Eso es slo una ilusin tuya, pero la gente no debe vivir de ilusiones, sino de realidades. As es todo de simple, Celina. Me voy. 
Subir la cuesta por donde uds. me bajaron en brazos, con tanta generosidad. Y subir por mis propios medios. Tengo que buscar trabajo. 
Tengo que estudiar. Tengo que encontrarme a m mismo, y si valgo algo, demostrarme que s valgo. Y eso el hombre debe hacerlo solo. Espero que me comprendas y sepas perdonar que no te ayude a vivir esa ilusin misericordiosa que se te ha prendido en el corazn, de que yo soy el hijo que perdiste, y que volvi. No soy tu hijo. Soy un hombre, o por lo menos, intento serlo. Y si debo luchar para conseguirlo, debo hacerme a la idea de sufrir solo mi derrota y la ilusin de venir a compartir contigo mi victoria. No quiero herirte, Celina, pero debo dejar plantada en tu mente mi afirmacin de que nuestros caminos, as como nuestro pasado, son muy distintos. Otra vez te pido que me perdones, y guardes mi promesa de que vendr a visitarte cada vez que tenga una buena noticia que darte, y compartirla contigo. Palabra. Hasta pronto. Un abrazo para vos y para tu primo. Carlos
Dobl cuidadosamente el papel y despus de arreglar la cama donde haba dormido, lo deposit sobre la almohada, sin poder dejar de sentir cierta pena por la pena que iba a darle a Celina. Pero la decisin estaba tomada. No deba volverme atrs y menos, por sentimentalismos enfermizos.
-Es hora de marcharte, hermano -me dije, buscando mi ropa. 
Buscndola por todos los rincones. Y no estaba en ninguno. Estaba lo que se dice desnudo. Y prisionero. La palabra me deflagr una violenta indignacin, como de perro que muerde la cuerda.
Se haba asegurado de esa manera de que yo no me marchara en su ausencia?
O daba solamente la casualidad de que ella haba entregado a las lavanderas del ro, justo ese mismo da, toda mi ropa.
Sintindome violento, decid que debera irme de cualquier modo. Pero no haba cualquier modo, haba un solo modo, as como estaba, y pocos propicios seran conmigo los hados si iniciaba la conquista de la ciudad, en un da de fro de Agosto, con una camiseta musculosa y un calzoncillo a rayas.
La odi ante semejante humillacin. Y decid castigarla. No tocara un solo pedazo de su chancho de mierda ni de su galleta de mierda.
Me sent enfurruado en la cama, sin saber qu hacer, hasta que por el borde de mi furia se vino abriendo paso un sentimiento de alarma, porque al negarme caprichosamente a comer, me estaba portando exactamente como quien ella vea en m: su beb.
-Hija de puta -le dije mentalmente-, me hubieras dejado tambin un chupete.  



- IX -
Pas todo aquel da mirando por la ventana las aguas grises de la Baha y el paisaje transido de fro. En un rincn, en algn momento del da, encontr una coleccin de diarios del ao pasado y le hasta los edictos de mensura y de separaciones conyugales. Al medioda me serv un abundante almuerzo de carne fra, galletas y coca, y luego me acost a hacer una siesta. Me despert cuando anocheca, di media vuelta en la cama y decid que levantarme a cenar era demasiado esfuerzo, reacomod mi cuerpo sobre el colchn, esponj las cobijas y me dorm de nuevo. Un movimiento, y el ir y venir de una vela me despertaron. Celina haba vuelto, abr los ojos, y la vi leyendo mi carta, de la que, idiota de m, me haba olvidado. Mejor -me dije- a lo hecho pecho. Y a plantear las cosas. Me miraba con reproche.
-Es cierto esto? -me pregunt mostrndome la carta.
-Es cierto.
-Por qu?
-Por lo que dice la carta. 
-Ac no dice nada! -rugi arrugando el papel y tirndolo.
-All dice todo! -rug yo-. Dnde est mi ropa?
-Te traigo maana. Hice lavar y planchar.
-Est bien. Hasta maana, entonces -y le d la espalda.
Pero ella no se mova. Todava estaba all, con la vela encendida en la mano, alzada como para que la luz me diera mejor. Una parodia de la Estatua de la Libertad.
-Pero... qu vas a hacer? -me pregunt.
-No s -le contest dicindole la verdad y nada ms que la verdad.
-As no se empieza nada! -farfull malhumorada.
Di otra media vuelta y me enfrent otra vez con ella y con su vela encendida.
-Celina -le dije-, no pienso empezar nada. Lo que quiero es terminar esto!
-Ests enojado por algo?
Suspir fatigado. No hay prueba ms difcil para los nervios que discutir con un alma simple.
-Celina, no hace falta estar precisamente enojado para decidir algo. 
Las cosas se deciden porque necesitan ser decididas -cuando termin de decirlo, no me sent muy superior intelectualmente al primo.
Me mir con furia, y con furia sopl y apag la vela, con un soplido que poda haber apagado un incendio, y como querindome decir que as yo apago el inmerecido amor que te he dado. Dio media vuelta en la obscuridad y tropez con una silla y murmur algo sobre su estupidez de preocuparse por un homosexual de porquera, aunque lo dijo con una palabra ms fuerte. 
O como se acostaba, pero no el silencio espeso que viene de un cuchitril donde un ser humano duerme, sino algo parecido a un llanto ahogado por una almohada, o por el orgullo, o por ambos al mismo tiempo.
Me dorm profundamente, quizs tranquilizado por la firmeza de mi decisin ya tomada de marcharme al da siguiente, y me despert cuando el sol, que ese da decidi salir, estaba ya alto. Me sent en la cama, y all, prolijamente planchada estaba mi camisa, mis medias secas y limpias, y mis zapatos lustrados. Mi rado traje, lavado y planchado, colgaba de una percha sujeta a un clavo de la pared. Sobre la mesa humeaba la cafetera, y haba tambin un tazn de leche y pan, y azcar.
Me vest y me sent a desayunar, en primer lugar porque tena (13) hambre, en segundo lugar porque aunque no tuviera hambre debera hartarme por adelantado porque no saba lo que me esperaba en mi primera excursin exploratoria en la ciudad, y en tercero, porque no deba ofenderla rechazando el alimento.
Slo apareci ella cuando de la mesa desapareca la ltima miga de la media trincha de pan que acompa mi desayuno. Se sent en una silla, junto a m, uni las manos, y me dijo:
-Vamo a hablar como gente adltera.
-Se dice adulta. Est bien, Celina. Vamos a hablar como gente adulta.
-Prometeme una cosa.
-No puedo prometerte nada. No debo, Celina.
-Entonce contestame una cosa. 
-Qu?
-Que si lo que encontrs all arriba no es mejor que aqu, vas a volver. Y si no encontrs nada tambin. S o no? 
Call y ella continu:
-Hasta los pjaros tienen un lugar para volver.
Segu callando, aunque admitiendo la elemental razn de su sentencia sobre los pjaros... y sobre los hombres.
Ante mi silencio, sigui con su monlogo:
-Pero los hombres no son pjaros -me ley el pensamiento?- y el hombre se dice que no es cosa de macho recular as noms, y se queda a sufrir solo.
Romp mi silencio.
-Eso es justamente lo que voy a pensar, Celina.
-Ya s. Pero vas a estar equivocado.
-Por qu?
-Porque yo no soy tu esposa, ni tu concubina, ni tu hembra.
All estaba de nuevo!
La frmula ms sencilla de la vida; no hay claudicacin en el macho que regresa contrito y despellejado a refugiarse a la sombra amorosa de las grandes tetas, siempre que sean maternales.
La quise en ese momento, a pesar mo. Me estaba diciendo que si volva a ella, era valor entendido que ante sus ojos y ante los mos, mi orgullo varonil no sufrira deterioro alguno, ni mancha mi honra de varn.
Me levant y le di un beso en la frente, y sent en su proximidad el substancial olor de su vitalidad y de su fuerza interior: sudor, paja fermentada de colchones viejos, humo de lea en sus cabellos.
-Chau, Celina.
-Necesits dinero? -me pregunt con conmovedora timidez.
-No -le contest con tambin conmovedora estupidez, pues Dios saba que no tena un cntimo, pero Dios saba tambin que en algn desvn interior yo conservaba an un resto de decencia, que funcionaba de vez en cuando.
Me fui. Evit como pude el curso del arroyo cloacal por donde me haba trado el primo-amante-vendedor de sangre, para preservar el lustre de mis zapatos. Sub escaleras talladas en la dura tosca, atraves la buclica serenidad del parque cuyos rboles an goteaban fros cristales de roco, y desemboqu en la ciudad.
-Bueno, hermano -me dije-, y ahora qu?
Cmo se empieza a vivir en serio?
Buscando trabajo -me contest.
Con ayuda de quin?
De un amigo.
Tengo yo un amigo?
El Comisario!
Bueno -reconoc- lo que se dice amigo, amigo, no es. Pero fue el primero que demostr respeto, no s si a lo que yo era o lo que yo pensaba, pero lo demostr. Adems, me haba exhibido como un hallazgo valioso, o por lo menos curioso, a aquel pulcro caballero con estampa de ejecutivo que le acompaaba cuando me dej en libertad. 
Camin hasta la Comisara, y el vigilante de guardia toc un silbato para que viniera otro vigilante que haca guardia pero sentado, que a su vez toc otro silbato y vino un tercer vigilante a preguntarme qu deseaba. Vaya manera de complicar las cosas -me dije tratando de no demostrar lo que pensaba- y expliqu al vigilante que deseaba ver al seor Comisario. Un oficial me pregunt para qu y le dije que era asunto personal, y vi que escriba en un cuaderno, adems de mi nombre en una columna, la hora, la fecha y el ao en otra, y en otra ms ancha la frase asunto personal. Consider aquello de buen augurio. Me tomaban tan en serio que estaban registrando los datos para la posteridad. Sentado en el banco de la sala de espera imagin a un Comisario del ao 2000 que mostraba con orgullo el viejo cuaderno y deca: Por aqu pas cuando era jovencito su Excelencia el seor Ministro Carlos Salcedo. De paso, Carlos Salcedo soy yo, adems de soador, del tipo idiota.
No esper mucho tiempo para ser recibido. El seor Comisario no haba cambiado nada. Pulido, discreto, afeitado y con ese corte de pelo tan viril de la gente de uniforme.
-Hola -me dijo, y me tendi la mano, que estrech con gratitud.
Me invit a tomar asiento en una silla frente a su escritorio. Y comprob que adems de ser tan buen Comisario, haba ledo sicologa, y haba aprendido aquella trampita de hacer sentar al visitante en una silla baja, de modo que quedara bien establecida la diferencia: Ud. me mira desde abajo y yo le miro desde arriba. Dicen que los ejecutivos bancarios logran sus mayores xitos por este simple sistema. No s. La cuestin es probar qu eficacia tiene un hombre que reclama sus derechos hundido en un silln tramposo.
-Me imagino que no vino aqu para dormitar -me reproch el Comisario.
-No. No. Perdn, estaba pensando.
-Vamos a ver. En qu?
-Necesito trabajo.
-Muchos jvenes necesitan trabajo.
-Yo lo necesito hoy -dije con esa valenta brusca de los tmidos.
-Claro! Y yo puedo sacarle a Ud. un trabajo como un mago saca un conejo de una galera.
-Tanto como eso, seor Comisario...
-Adems, no me explic por qu un joven que necesita trabajo tiene que venir a buscarlo a una Comisara.
-No vine a la Comisara. Vine al Comisario.
-A m?
-Ud. me honr con su respeto -expliqu sintindome un poco demasiado cortesano.
-Es cierto -dijo-. Ud. me parece un muchacho inteligente. Pero no veo cmo yo...
-Pensaba en su amigo, seor Comisario.
-Amigo?
-Aquel seor tan distinguido a quien Ud. le habl de m, y con tan comprometedores trminos que el caballero en cuestin se interes por mis estudios, con expresiones tan bondadosas -decididamente, si yo hubiera nacido en la corte de algn Luis de los grandes, hubiera sido un xito.
-Pens que si me recomendara a l...
-Y por qu yo tendra que recomendarle a l?
-Porque me pareca un ejecutivo prspero... y amigo suyo.
-Lo siento. No es ejecutivo, ni amigo mo.
-Habra jurado...
-Se hubiera equivocado. Es mi padre, y es sastre.
-Y su lema es que un sastre (14) que viste mal no merece ser sastre.
-Cmo lo sabe? -pregunt admirado.
-Imagin, seor Comisario, imagin. No quiero hacerle perder ms su tiempo.
Me levant.
-Sintese -dijo.
Me sent. O mejor, me hund de nuevo en mi nivel de pedigeo fracasado.
-Cunteme -orden con su brevedad castrense.
-Que le cuente qu, seor Comisario?
-Todo.
-Puedo ponerme de pie?
-Claro!
Empec a contarlo todo, descubriendo de paso que cuando se cuenta desgracias, el estar ms arriba o ms abajo que el interlocutor no hace ninguna diferencia. Cuando llegu al captulo en que, medio muerto, era recogido por una pareja y conducido hacia la salvacin y con qu cario me cuid Celina, me interrumpi: 
-Dijo... Celina?
-S, as se llama.
-Vive en...?
Le inform donde viva.
Y ella es...?
Describ a Celina. Movi la cabeza como pensando que casualidad.
-La conoce?
Hizo un gesto de asentimiento, con la sonrisa casi interior que usamos los hombres cuando queremos decir que la ltima vez que vimos a una mujer fue en la cama.
-Es buena... -dijo, y yo call, sin cometer la indelicadeza de preguntarle si era buena en la cama o era buena en general.
Por lo dems, l no soltaba el tema.
-Una chica digna de ayuda -deca.
Casi re. Apenas asomadas las narices en la ciudad, ya me haba topado con el segundo integrante del gremio de ayudadores de mi promiscua e inocente madre postiza. Pero me reproch lo de promiscua. Ella haba dejado claramente sentado que la cosa era un intercambio: toda ella por ayuda. Sent la urgente necesidad de ver la otra cara de la moneda.
-Ud., seor Comisario, la ayudaba?
-Vveres que me sobraban... y algn valecito para la cooperativa. Un zapato, o algo as -ri-. Contine -me dijo.
-Eso es todo -le contest, callando por un sentimiento de obscura lealtad a Celina, el aspecto freudiano de nuestras enfermizas relaciones. 
 
-De modo que sali a buscar trabajo, hizo bien -sentenci.
Abri el cajn de su escritorio y extrajo un block de papel de cartas, de papel caro, y que luca en un ngulo su nombre escrito en letras doradas, y desde luego, en relieve. Con el mismo cuidadoso cario por las cosas finas extrajo su lapicera de oro, le quit la capucha, destornillndola ceremoniosamente, y se puso a escribir con una letra impecable, mientras murmuraba algo sobre que los amigos de Celina eran sus amigos. Cuando termin de escribir, estamp su enrgica firma. Dobl cuidadosamente el papel, abri el tercer cajn de su escritorio, sac de l un sobre, puso el papel adentro, lami la goma con la punta de la lengua, cerr el sobre, escribi el destinatario con su prolija caligrafa, y me entreg el resultado de tan minucioso trabajo.
-Es una carta para un compaero mo de Facultad -dijo-. Quizs tenga suerte. Es todo lo que puedo hacer por Ud.
Mir el sobre. Estaba dirigido a un Dr. Quinez. Compaero de la Facultad? Mi Comisario haba resultado todo un abogado. Pero no me sorprend esta vez, porque ya la primera vez haba descubierto que los Comisarios ahora vienen de lujo. Le agradec. Me pregunt si ya haba almorzado. Le dije que no y l hizo el ademn de pulsar el timbre, que yo interrump dicindole que ya conoca el camino. Me hizo con la mano un elegante gesto de despedida digno del seoro de D'Artagnan y fui al comedor donde me hice conocer como amigo del Comisario y me sirvieron un almuerzo digno del amigo del Comisario. 



- X -
El sobre destinado al Dr. Quinez, deca adems que el Dr. Quinez tena su oficina (7D) en el sptimo piso del Edificio Imperial. Lo que me oblig, tras el copioso almuerzo consumido en la Comisara, a ir a holgazanear en una plaza del centro, pues apenas haba pasado la una de la tarde y una oficina que se respeta no se abre hasta las tres. De tal suerte que eleg un banco al sol, goc del calorcito y de la agradable modorra que producen los jugos digestivos convirtiendo en energa la generosa comida que me haban servido.
Si el hambre irrita, el estmago lleno nos vuelve tolerantes y perdonadores. De modo que me puse a pensar con cierto cario en Celina. 
Aquel sobre en el bolsillo -estaba seguro- era el comienzo de una fulgurante carrera hacia el xito. Trabajara, ganara dinero, estudiara y alquilara una casita. Celina, previa cura de su mana maternal, sera mi ama de llaves, y le enseara que en este mundo existe eso que se llama moral que impide que la mujer viva acostndose con todos los hombres, y mucho ms con un primo. Desde luego, para darte un sentimiento de seguridad, le consultara sobre decisiones transcendentes, como la eleccin de una novia, y todas esas cosas que hacen que las mujeres maduras se sientan importantes en la vida de un hombre joven. Algo madres, pero ojo, hasta ciertos lmites. Eso s.
Quizs escribira una carta a mis padres, contndoles de mis progresos. Y con satisfaccin, visualic all mismo la cara asombrada de mi padre que murmuraba que despus de todo aquel zoquete de su hijo menor vala algo. Y vea tambin la expresin de alivio de mis hermanos liberados de la obligacin de enviar dinero al hermanito extraviado. Y a mam que lloraba sin que ella supiera por qu y yo tampoco, pero lloraba porque una madre debe llorar cuando un hijo ausente enva una carta.
-Por qu llors? -le preguntara mi padre con el mismo tono con que le preguntaba si haba lavado su camisa de salir.
-No s -contestara mam como si l le hubiera preguntado dnde quedaba Birmania.
Me dije con un retintn de autocensura que estaba siendo demasiado severo con mis padres. Pero de inmediato me autojustifiqu cuando pens que no era severo, sino realista. Que yo amaba la vida, y que haba vivido una asfixiante no-vida en la que la tirnica aritmtica del negocio haba rodo la parte humana de mi gente.
Lo triste, o lo simplemente real, era que Celina y su primo, conforme a esas pautas que yo haba sacado vaya uno a saber de dnde, rebosaban humanidad, no porque fueran tan humanitarios, sino simplemente tan humanos, tan espontneos, ella para darse con esa generosidad arrolladora, y l, con su aspecto de oso amaestrado, tan elemental como su negocio de vender su sangre para alimentarse, y alimentar a un pobre diablo desahuciado que haban recogido de la calle.
Si yo hu de aquello porque renegaba de la no-vida -me dije-, por qu rechazo la vida, la s-vida, que bulle a borbotones en aquel rancho orillero edificado con desperdicios?
Eh, alto ah! -me dijo la voz interior- no la rechazas. Slo que quieres aceptarla en tus propios trminos.
Es lo justo -sentenci yo mismo, y me adormil feliz, satisfecho de mi profunda sabidura, al calorcito de aquel laborioso sol de agosto.
Ms tarde, calculando que seran ya las tres, decid marcharme a hacer mi entrada triunfal a Roma, o sea, la Oficina 7D del Dr. Quinez. 
En una canilla de agua de riego me lav la cara y me moj el cabello, lo que me llev a comprobar que mi pobreza era tal que no tena un msero peine.
Lo sustitu como pude con los dedos y me encamin al edificio Imperial.
El ascensor me deposit ceremoniosamente en el sptimo piso, donde descubr que el 7D no era una puerta entre una fila de puertas, sino todo el piso, y ms, todo el edificio, pues nada ms salir del ascensor la vista se posaba en una bruida placa de bronce que deca Imperial Sociedad por Acciones, Importaciones, Exportaciones, Representaciones, Martimas 7D. Entend todo, menos eso de martimas, y coleg que la Sociedad por Acciones que tendra el honor de contarme en su nmina tambin tena que ver algo con barcos, airosos barcos mercantes de ultramar. Me ilusion con optimismo; algo grande estaba por ocurrirme. 
Camin despacio por el pasillo, y en vez de paredes haban gruesos cristales tras los cuales se vea a gente laboriosa sentada ante severos escritorios metlicos. Todo el mundo haca algo con una concentracin y eficiencia que decan a gritos que Imperial etc. era una cosa seria. 
Muchachos de blancas camisas y discretas corbatas hablaban por telfono, pero a media voz. Las secretarias que escriban a mquina se sentaban con la espalda erecta. Haba por lo menos 20 mesas de trabajo, ocupadas por gente muy ocupada, en un saln que tena algo de nave catedralicia, semejanza que se acentuaba al fijarme en el lugar que debera ocupar el altar, y all vea instalado un escritorio ms grande, con ms telfonos que los otros, y ocupado por un caballero ms viejo y ms gordo que los otros, y adems, a mayor altura, de modo que slo le bastaba levantar la vista para tener una visin clara del comportamiento de la feligresa, perdn, del personal.
Supuse por un momento que el Sumo Sacerdote sera el Dr. Quinez, y observndolo, trat de adivinar qu clase de persona sera. Vano intento. 
El que sabe determinar el carcter de un hombre sentado tras un escritorio con tres telfonos, con un rimero de papeles a la izquierda que iban a engrosar lentamente otro rimero de la derecha, previa lectura, fruncimiento de nariz y firma; que pareca por ilusin ptica, sostener sobre sus hombros un mapa del mundo acribillado de alfileres verdes y rojos que haban fijado en la pared, y mirndolo detrs de un cristal grueso como mi dedo, no necesita buscar empleo. El empleo lo buscara l. 
De manera que rogu a Dios que el sujeto aqul no fuera el Dr. Quinez, porque intua que jams permitira que mi intrusin interrumpiera el armonioso ritmo de pasar los papeles por ver y firmar de la izquierda a la pila de papeles vistos y firmados de la derecha. Mi presencia all sera tan bien vista como la de un beduino fantico de Al en la Baslica de San Pedro.
Para mi consuelo, pasillo ms adelante, vi una puerta que deca Secretara y luego otra: Gerencia Departamental; y nuevamente otra: 
Secretara y ms adelante la ltima: Gerencia General.
Mi sobre no deca si el Dr. Quinez era Gerente Departamental o Gerente General, y vacil ante las dos Secretaras, aunque las dos tenan una leyenda que deca amablemente: No golpee. Entre. Decid que el condiscpulo de un Comisario todava joven deba ser un burcrata todava joven, mximo, Gerente Departamental, y me encontr con los ojos celestes ms bellos y la sonrisa ms falsa que haya visto en mi vida, todo, inserto en la cara perfecta de una joven secretaria que si no era la Reina de la Asociacin de Empleados de Imperial, etc. all no haba democracia. 
Todava con la sonrisa profesional, me pregunt amablemente: 
-Seor?
Antes de que yo le contestara, sus ojos, como dos inmisericordes reflectores ya haban recorrido mi traje, cuello, corbata y zapatos, con el resultado de que decidi no seguir malgastando en m su sonrisa profesional, que borr de un plumazo como quien dice.
-As es mucho ms hermosa -le dije.
-Cmo dice?
-Sin la sonrisa, digo.
-No me pagan un sueldo para ser hermosa -dijo-, sino para trabajar.
-Entonces trabaje y anncieme al Dr. Quinez.
-Primero (15) me tiene que decir para qu.
-Se lo dir al Dr. Quinez.
Me mir con una paciencia que le agradec debidamente, porque algo me deca que estaba empezando mal.
-Escuche, seor -me dijo-, no le pregunto por curiosidad. El caso es que tengo que pulsar este botoncito, aqu, ve? Y por este agujerito sale la voz del Dr. Quinez que me dice: Si? Y yo le digo que aqu est un caballero que desea verlo. Y l me dice: Qu quiere?
Me mir con sus grandes ojos amables, despus de todo, y pregunt.
-Qu le digo?
-Trabajo.
-Qu?
-Es lo que Ud. debe responder cuando l le pregunte: Qu quiere?
-Buenas tardes -me dijo. 
-Buenas tardes -le contest.
-No le digo porque acaba de llegar, sino porque se est marchando -explic.
-Un momentito, seorita. Si soy torpe perdneme. El caso es que tengo una carta para el Dr. Quinez.
-De quin?
-De un condiscpulo suyo -le inform-, Comisario.
Me mir con desdn, de modo que me apresur a agregar:
-Si Ud. lo viera no creera que es Comisario. Se parece a Alain Deln. Y es abogado.
Dud un momento, despus decidi que vala la pena hacer por m su buena accin del da, suspir, apret el botoncito y se reprodujo el dilogo electrnico con que me haba aleccionado. Generosamente ella pas por alto que el motivo de mi visita era pedir trabajo y cort por la tangente diciendo es portador de una carta personal. El agujero permaneci unos segundos en silencio y cuando yo cre que dira que pase, lo que dijo fue trigame la carta.
Sin decir palabra, ella me tendi sus delicadas manos y yo deposit en ellas la carta, perdido ya el 80% de la confianza en mi buena suerte, o en la influencia de mi amigo el Comisario, que es lo mismo.
Se levant, dio dos golpecitos innecesarios en una puerta y entr con mi carta. Volvi enseguida, sin mi carta. Me sonri, bendita sea, para darme nimos, gir su silla, enfrent a la mquina de escribir y se puso a teclear con una velocidad increble, la cabeza pulida inclinada graciosamente sobre el manuscrito que estaba copiando. Decid favorecerla con mis preferencias sentimentales cuando fuera empleado de la empresa. Se lo mereca. Se sorprendi, pero no se dign preguntarme la razn de la risotada que se me escap.
Por el consabido agujero sali la voz del Dr. Quinez.
-Que pase.
Ella se levant, abri la puerta y cuando yo entraba, susurr:
-Suerte.
Me sent confortado. Es grandioso el poder de una sola palabra cuando es sincera.
El Dr. Quinez era el sueo de esas mujeres que confiesan cual es su tipo ideal de hombre: 35 aos, alto, atltico, rubio, feo-divino como Belmondo, y creo que lo saba, porque en ningn momento dej de mirarme con esa mirada divertida-burlona de Belmondo.
Me ofreci asiento, y supe que el hombre era tan seguro de s mismo que no apelaba a la trampita del asiento ms bajo para el visitante. 
Quedamos al mismo nivel. Lo que al final result otra trampita, porque me hubiera sentido mejor sentado ms bajo que esa montaa de personalidad y eficiencia.
Tena mi carta abierta sobre la mesa. El sobre ya estaba en el canasto. Me mir. Y no me gust nada. La mirada burlona o qu, algo me deca que aqul era un hombre cruel. En otra vida habra sido un gato, si los hindes tienen razn.
-Y bien? 
Yo no tena idea de lo que deca la carta, porque el Comisario me la entreg cerrada.
-No dice la carta...?
-Dice que es un joven inteligente.
Gracias, mi buen Comisario.
-Bueno, doctor, el caso es que este joven inteligente necesita trabajo.
-Me parece bien. Y bien?
-Y bien qu?
-Y bien?
Ah estaba su sistema felino. Deca: Y bien?, y era el gato que martirizaba a la laucha, hirindola de a poquito, sin que sangrara mucho, para que dure.
-Todo se reduce, doctor, a que necesito trabajo. No hay Y bien que tenga otra respuesta.
Rogu que no me dijera de nuevo: Y bien? Y mi ruego fue escuchado.
-Qu sabe hacer?
-Soy Bachiller.
-No le pregunto qu es, sino qu sabe hacer.
Sutil el Micifuz, lo odi con toda mi alma. Pero no lo demostr. Ya sabra de m cuando yo fuera su jefe.
Cretino -me dije.
-Depende de lo que la Empresa espera de m -dije pomposamente.
-Sabe ingls?
-No.
-Francs?
-No. 
-Portugus?
-No.
-Dactilografa?
-No.
-Pero al fin. Qu diablos sabe hacer?
Cavil la respuesta. Y ah estaba la respuesta. Lo nico que yo saba hacer era sentarme a cavilar respuestas. Nada prctico.
-Podra aprender...
-Esto no es una escuela, amigo.
-Podra empezar como mensajero...
-Tenemos telfono y tlex.
-Entonces... -dije, levantndome.
-Sintese -su voz son como un zarpazo impaciente.
Me sent, pobre laucha. Y continu:
-Si Ud. no sabe hacer nada... cmo quiere que lo emplee en algo?
Lgica irrebatible. Me levant de nuevo jurndome que no volvera a sentarme as me arrancara las tripas.
-Puedo pedirle un favor? -me dijo.
-Qu me tire por la ventana para no ensuciar sus alfombras al salir? 
-le pregunt.
-Tiene sentido del humor.
-Y un diploma de Bachiller pajuerano -le repliqu, pensando que ambos no valan nada.
Haba sacado la billetera, y me alargaba dos billetes bastante (16) grandes. Si existe humillacin es que a uno le nieguen trabajo por ignorante, pero si a eso se suma que le den dinero... 
Debi notar mi furia.
-Oh -dijo con un revoleo de manos-, no es para Ud.
-Para quin?
-Para Celina.
La carta. Claro. Los benditos tiempos de jolgorio estudiantil y Celina, la complaciente Celina, rebotando de una a otra cama.
Haba puesto el dinero sobre la mesa. La suma daba para comprar una independencia de quince das, siempre que me la guardara, desde luego. 
Analic su personalidad de gato. No era una prueba? No me haba ledo ya el pensamiento de apropiarme de aquello, y esperaba un gesto honrado para decirme: Lo felicito, amigo, es Ud. un joven cabal. Venga desde maana, a las siete?
Apost a mi suerte y dije:
-Ser imposible, doctor, no creo que la vea en el futuro.
Fall, porque dijo qu pena y se guard el dinero.
Y yo me fui con la renovada conciencia de que no serva para nada. 
Para nada til. Y para estafador tampoco. Brillante porvenir me esperaba.
Mi estado de nimo no era el ms propicio a las relaciones humanas cuando aterric de nuevo ante la secretaria, que interrumpi el tecleo y me mir con autntico inters, con una lmpida pregunta flotando en sus ojos claros.
-Cero -le dije.
Not su pena. Y sent furia porque sintiera pena. La ataqu: 
-Vuparlfranc?
-Oui.
Spikiinglish?
-Yes!
-Vocfalaportugus?
-S.
-Parlaitaliano?
-Prego, prego!
Como en las pelculas!
-Cuntos aos tienes, amor mo?
-Veinte.
Y yo casi dos ms, pero no saba ni la dcima parte de lo que ella saba. Record mi diploma de Bachiller y sent asco.
-Auffidensen -le dije, me iba.
-Espera! -me detuvo.
Me detuve. Y ella se levant, y tom la cartera, y la abra y se acercaba a m y deca:
-Si puedo hacer algo por vos...
-Puedes.
-Tengo un poco de...
-Puede cerrar la cartera.
-Cmo?
-Todava no he cado tan bajo como para aceptar favores de una mujer.
Al decirlo, record a Celina y me sent infinitamente hipcrita. Pero qu joder. La cosa tiene gradaciones. Con Celina la hidalgua era un desperdicio. Con esta buena moza, alimento para el ego.
Cuando regresaba por el pasillo rumbo al ascensor, el Sumo Sacerdote segua oficiando y la pila de la derecha ya estaba ms alta que la de la izquierda. 



- XI -
De nuevo en la calle, mir sobre mis hombros y vi alzarse la inmensa mole de Imperial Sociedad por Acciones. La fortaleza que el pastorcito tocador de flauta quiso conquistar, con su seor feudal que ronroneaba en su cueva con calefaccin y aire acondicionado, y con su Princesa Encantada que hablaba cuatro idiomas, escriba 90 palabras por minuto, probablemente fuera taqugrafa y Licenciada en algo, y a pesar de todo eso, tena corazn. Lament no haberle preguntado su nombre. Los bellos recuerdos y las ilusiones estn ms completos cuando tienen un nombre. Decid inventarle uno, el ms femenino posible: Perla.
Volv a mirar los once pisos de la Imperial Sociedad por Acciones. Y me sent aplastado dos veces, por lo enorme que era aquello que me rechazaba por intil, y por lo planchado que yo me vea con mi nica especialidad de cavilador impenitente.
Adis Perla, quizs nos volvamos a ver en otra vida, porque lo que me queda de sta no creo que alcance para reunir todo el currculum necesario para pasar ms all de la portera de Imperial Sociedad por Acciones.
Ejerc otra de mis especialidades. Es decir, camin sin rumbo, pensando en cuestiones prcticas inmediatas, como dnde cenar y dnde dormir, problema todava ms delicado, porque el fro de agosto se iba acentuando con el atardecer. Sobre la acera y protegidas del viento, estaban puestas las mesas de una chopera y todo lo dems. Me sent en una de las mesas y se acerc un mozo que me pregunt qu me iba a servir y le contest que nada gracias, que por el momento con la silla me bastaba. Me mir con su cara vieja, malhumorada y bien afeitada y me dijo que para tener derecho a la silla deba pedir algo, por ejemplo, un cafecito. Le confes que no tena para un cafecito, y le cont que andaba buscando trabajo y le pregunt si no necesitaban un mozo auxiliar. No lo necesitaban. Entonces me levant para liberar su silla de mi arbitraria presencia y me dijo quedate ah que te traigo algo.
-No tengo dinero -le reiter.
-Ya s -me dijo-, te invito yo, me recuerdas a mi hijo.
Me trajo una gaseosa y una empanada grasienta, y se qued a conversar conmigo.
-Su hijo muri, don?
-No. Vive y gana mucha plata. En Grecia.
Viejo de tipo fabulador, le clasifiqu. Ahora me vas a contar que tu hijo se cas con una prima de Cristina Onassis. Me dispuse a escucharle, por la silla y la empanada. 
-Al principio no le fue bien -relat-. Se lesion en el primer partido que jug all. Y tuvo que dejarse de la pelota.
Y la cosa sigui. La Providencia haba sido previsora, porque las aficiones del hijo se dividan entre el ftbol y el arpa. Y el desenlace feliz fue que desenfund el arpa que haba llevado por si acaso, form un conjunto nativo con dos griegos y un italiano, se vistieron como los europeos creen que visten los paraguayos y empezaron una carrera fulminante cuyo punto ms alto era haber cantado para el Rey Reinerio. 
Sac del bolsillo una foto en colores, y all estaba el conjunto paraguayo rodeando al gordo y aburrido soberano de Mnaco. Y Grace, la nica Princesa en el mundo que sin ser Princesa de sangre era la que ms planta de Princesa tiene en toda Europa, donde todas las Princesas tienen cara de mucamas, al menos si nos atenemos a las revistas espaolas.
-As que busca trabajo -pregunt.
-S.
-No sabe tocar el arpa?
-No. Tampoco s jugar al ftbol -confes.
Me mir con lstima, dicindome con los ojos que yo era un caso perdido. Alguien lo llam de una mesa y me dej con la sensacin exacta de que s era un caso perdido.
Entonces apareci ella.
Celina.
Estaba casi elegante con aquel vestido. Y casi hermosa, con su desbordante hermosura de vaca holando, pero con cintura.
-Me estabas siguiendo? -le pregunt enojado.
-No -dijo-, a m me pareca que vos me estabas esperando.
-Esperarte? Por qu?
-Yo aparezco siempre por aqu.
-No saba.
-Entonces es una casualidad -determin, sentndose en la otra silla y palmoteando enrgicamente, llamando al mozo.
El mozo vino.
-Le ests aplaudiendo a tu macho? -le pregunt a Celina, amablemente.
-No. Le estoy llamando a un mozo pajero -replic ella con la misma sutileza.
-Lo de siempre? -pregunt el mozo.
-Lo de siempre -confirm Celina.
-Y para l? -volvi a requerir el mozo, sealndome.
-No quiero nada! -afirm.
Poco despus volvi con lo de siempre, que era un robusto vaso de jugo de banana en leche para Celina. Y el timbrecito de la caja que Celina mir y dijo que cmo subi mi jugo, a lo que el mozo contest que no haba subido, sino que haba incluido una gaseosa y una empanada que haba consumido el seor. O sea yo. Viejo desgraciado -pens-, poca cuerda tiene su generosidad en honor a su hijo (17) futbolista-msico.
Despus de zamparse su bebida y sin preocuparse del bigote blanco que la leche pint sobre su boca roja, me pregunt cmo me haba ido. Con alguien tena que desahogarme, y le cont la historia de mi fracaso con la carta del Comisario al doctor Quinez y de paso le dije que los dos le mandaban cariosos recuerdos.
-Adems hice varios descubrimientos -le dije-. Primero: mi diploma de Bachiller vale un carajo. Segundo, no s ingls, ni francs, ni dactilografa, ni portugus. Tercero: soy una nulidad.
Me mir seriamente, sopesando la enormidad de mis falencias frente a las exigencias del mundo. Y finalmente dijo:
-Tenemos que hacer algo.
El plural me molest, por lo que implicaba.
-Tengo que hacer algo -le correg.
-Eso es lo que digo -me confundi.
Yo iba a replicarle que si mal no recordaba yo me haba marchado de su casa y desaparecido de su vida esa misma maana, cuando not que ella miraba ms all de m y deca que tena que irse. Mir yo tambin ms all de m y vi un coche bastante lujoso manejado por un seor bastante maduro que me pareci trataba de hundirse con bastante xito en el asiento mientras esperaba a Celina.
Celina dej el importe de la consumicin sobre la mesa y se levant con prisa, y se iba con prisa cuando se volvi y me dijo:
-Despus hablamos -se iba, se volvi, y agreg-: Te dej la cena.
Subi al automvil que arranc como alma que lleva el diablo. Aquel hombre tena una gran urgencia o un gran miedo. 
Te dej la cena! No haba forma ms ofensiva y agraviante de decirme que no confiaba absolutamente en la fortaleza de mis decisiones.
Camin furioso por las calles de la ciudad. La maldije, la agravi, la insult. Tiempo despus o en algn lugar que daban nueve campanadas y el fro arreciaba. Segu caminando todava fastidiado y herido, y as me senta, fastidiado y herido, cuando cerca de medianoche bajaba cuidadosamente los escalones tallados en la tierra dura que me llevaban de vuelta a la casa de Celina.
Despus de todo... adnde ms poda ir?
Los hombres y los pjaros...
...Qu lo pari! 



- XII -
Dios es testigo de que no me di por vencido. Persist como un posedo en la bsqueda de un trabajo decente, y Celina me dejaba hacer, limitndose a hospedarme y a alimentarme. No me dej abrumar por la derrota ni cuando eso de trabajo decente se redujo a simplemente trabajo. Cualquiera que me diera independencia, y una cabecita de playa en la conquista de la ciudad, o un lugar mo donde volver como los pjaros.
Estuve con posibilidades de entrar como dependiente en una tienda, seccin Caballeros, pero fracas porque no saba distinguir un pacato casimir ingls de un vulgar terilene brasilero. Una semana despus, se me abra el paraso cuando un gordo abogado me acept como ordenanza de su Estudio Jurdico, en realidad, varios Estudios Jurdicos instalados en la misma casa, que era propiedad de mi futuro empleador. Me ofreci un sueldo de miseria que yo acept de inmediato porque con el sueldo vena el permiso para poner un catre en una piececita del fondo donde me autorizaba a instalarme, y con el jbilo del caso, estaba pensando ya en pedirle el ltimo prstamo a Celina para la compra del catre y del colchn, cuando sent que la gorda mano de mi futuro patrn me exploraba la entrepierna, tentando tamao y peso de mis atributos masculinos. Nuevo fracaso.
Sucesivamente, un despachante de aduana me rechaz porque no saba dactilografa; un escribano por la misma razn y un mdico que regenteaba un laboratorio porque no entenda su letra cuando me mandaba a comprar elementos para su trabajo. Una ferretera no me acept como cajero porque no poda dar referencias y mucho menos depositar garantas.
Fue entonces que rebaj mis pretensiones de hallar un trabajo decente por una ms modesta de encontrar simplemente trabajo. Audazmente me present como Oficial Herrero en una herrera artstica. Dicen que el optimista se define porque se le oye decir que no existe lo imposible. 
Quisiera ver yo a ese optimista tratando de convertir en graciosa voluta una varilla de hierro al rojo blanco, con una tenaza en una mano, un martillo en la otra y con un yunque delante. Yo hice la experiencia y volv a Celina con una quemadura en la mano, y en el alma humillada, el eco de las burlas de aquellos modernos y groseros sacerdotes de Vulcano.
En otra ocasin, vagando por el Mercado, o que a Josefa necesitaba un muchacho. Averig y llegu hasta a Josefa, una mujer inmensa que regenteaba un puesto de venta al por mayor de papas y cebollas. El trabajo consista en manejar un hbrido vehculo, mitad moto, mitad camioneta enana, acarreando papas y cebollas desde el depsito hasta el puesto de venta. Si ella me hubiera preguntado si yo saba manejar aquella mula mecnica tal vez haya dicho que no. Pero no me pregunt, me tir la llave y me dijo empez de una vez. Empec y termin de una vez, despatarrado en el suelo, con las piernas quemadas por el cao de escape, y con la moto o lo que sea, rugiendo triunfalmente, en aceleracin mxima, sobre el montn de desperdicios en que se haba convertido el mostrador de exhibicin de artculos electrnicos de un japons. Logr escabullirme antes que llegara la Polica.
Durante un ao exacto, transit de humillacin en humillacin. 
Descubr que hasta para lo (18) ms nfimo, como vender quinielas, loteras o rifas, era necesario un mnimo de solvencia y confiabilidad, totalmente lejos de un sujeto que como yo, slo tena lo puesto. No pude entrar en la hermandad de carameleros, y el nico trabajo que consegu, fue el atender de 12 a 15 un puesto de revistas, mientras su dueo iba a almorzar y a hacer la siesta. Lo dej.  



- XIII -
No o esa noche que Celina volviera de una de sus excursiones nocturnas, y lo comprob a la maana siguiente, cuando mir su cama y estaba vaca. Hice fuego y logr elaborar un caf pasable. Mir afuera, y el tiempo fro que haba regresado, echaba sobre el paisaje una llovizna que me hizo soar que estaba en un pramo ingls, de esos que se ven en el cine como marco de historias de mastines, fantasmas y profanadores de tumbas. Mis convicciones ntimas me impedan a vestirme para salir a tentar de nuevo el hallazgo de un trabajo y la independencia, pero decid que derramando semejante fro neblinoso sobre el mundo, Dios me estaba diciendo que no vala la pena el trabajo de buscar trabajo, por lo menos ese da. Y acat el mandato divino, ponindome el poncho sobre la ropa interior, y enfundando mis pies en unas enormes pantuflas (19) de Celina.
Aproxim una silla a la ventana y mir afuera sin ver nada y pens por dentro sin pensar nada. Apenas soando. Que era el ltimo habitante del planeta arrasado y que el nico camino que me quedaba por delante, era sobrevivir. Con cierto rencor, reconoc que no haca falta arrasar todo el planeta para llegar a esa conclusin. De otra manera no se explicaba que estuviera refugiado all acobardado por una llovizna, sabiendo que me llamaba Carlos Salcedo y que Carlos Salcedo no significaba nada.
-Yo soy Carlos Salcedo.
-Quin es Carlos Salcedo?
-Bachiller.
-Como el Dr. Quinez, no te pregunto qu es sino quin es.
-Bueno, carajo, yo soy yo.
-No me impresionas. Todo el mundo es un yo. Y hay yos con personalidad de trapo de piso, como yo, y yos con imponencia de catedrales y de montaas como el del Dr. Quinez.
-Muy bonito, ahora resulta que no me conozco. Solucionmoslo. Mucho gusto. Carlos Salcedo, servidor.
-Igualmente. Carlos Salcedo, servidor. Pero as no vale, hermanito. 
Buscando tu identidad dentro de tu identidad es como si te estuvieras masturbando. Autocomplacencia.
-Tu abuela.
-Le dar nuestros saludos, pero hazme caso, aqu sentado no te vas a encontrar. Ests en alguna parte, all arriba, en la ciudad.
-S. Pero la ciudad me mand a frer esprragos porque no s ingls. 
Y una vez una chica que s sabe ingls me quiso dar una limosna. 
-Realmente, si quieres ir ms abajo tendrs que cavar un pozo.
-Gracias por tu optimismo.
-De nada.
-Te queda el recurso de volver a casa.
-No!
-De escribir una carta pidiendo ayuda.
-Jams!
-Me pregunto si seras tan orgulloso si no te estuviera manteniendo una ramera.
-Yo tambin me pregunto, pero no me contesto.
-Me ests resultando un cobarde, Carlos Salcedo.
-Peor, Carlos Salcedo, creo que lo que somos es un vividor.
-Vamos, no es para tanto, fue el Destino, los hados. Ella me encontr y me repari. Parece la maldicin de un marinero borracho, pero as fue este nuevo comienzo.
-Lo que tenemos que hacer es pensar en forma coherente.
-Est bien, aydame.
-Correcto. Tratemos de saber qu demonios has venido a buscar a la ciudad.
-No s.
-Qu boludez.
-Es que yo no vine a la ciudad sino me sal del pueblo. Era como el corcho de una botella de sidra. La presin me empuj hasta que salt y vine a aterrizar aqu, pero la joda es que de aqu no voy a ninguna parte.
-Tenemos que intentarlo.
-Eso pienso. 
-Entonces nos vestimos y en marcha.
-Hace un fro de mierda. Maana. Palabra.
Cort el autodilogo y pens en mi casa, sin poder evitar cierta nostalgia. Sin saber por qu, regres a mi memoria un episodio vivido cuando era nio. Y era verano, con ese caliente cielo azul de diciembre que se haca ms caliente en esas horas de la siesta en que yo me iba, descalzo de casa, saltando de mata en mata para evitar la quemadura de la arena reseca. Quienes no conocen el silencio de la siesta en verano, no conocen el silencio en toda su grandeza, porque viene de un poder sin edad que dice al viento que enmudezca y al follaje que se aquiete suspendido al borde de un suspiro reverente, y al cocotero que suelte el perfume reventn de sus flores para que el silencio sea silencio y perfume, y la siesta la hora milagrosa en que la vida se detiene a darse una pausa, mientras el tiempo reposa al borde del arroyo, mojndose los pies en el agua. Yo era una mota de polvo en el paisaje detenido y una intrusin irrespetuosa en el silencio. Saltaba de verde en verde, feliz, ya entonces, de estar lejos de casa y cerca de nada, y lanzndome por la pendiente a la carrera hasta arrojarme al arroyo, mojndome la ropa por la misteriosa razn de que desde que mam dijera que la ropa haba que cuidarla, yo no perda ocasin de echarla a perder. Fue entonces que apareci por la lomada la tropilla de caballos arreada por un jinete arrugado, sin dientes y de ojos cavernosos como la Muerte. Los caballos sedientos galoparon hacia el agua y l desmont del suyo para que tambin bebiera. Me vio, ri, dej en el suelo su rooso sombrero de paja, y tambin se tir al agua con toda la ropa, que en realidad era slo un pantaln sostenido por un trozo de cuerda, y una camisa de indefinido color, de faldones al viento. Riendo los dos, jugamos a salpicarnos con el agua fra, hasta que l se cans, sac el pene y se puso a orinar solemnemente en el agua. Me puse a su lado y lo imit, y jugamos a ver quin disparaba ms lejos, con la victoria de l, de quien aprend el truco de apretar el chorro hasta que doliera para lanzarlo de golpe. Al fin, decidi que deba continuar su camino, mont en su caballo y reuni diestramente a la tropilla que lanzaba alegres relinchitos de alegra. Me dijo adis con las manos y se marchaba, cuando sal corriendo del agua, alcanc a la tropilla y mont de un salto sobre una yegua mansa y panzona que ni se dio por enterada de que llevaba un jinete. Aquello le pareca a mi amigo el tropero el colmo de lo cmico, y barra todo el silencio y toda la majestad de la siesta con sus grandes carcajadas en falsete, y con grandes palmadas en sus muslos que hacan plap plap en la ropa mojada. 
Seguimos camino adelante, y yo daba por sentado que bajaramos hacia el valle donde se precipitaba el arroyo y los pastos llegaban a mi altura para soltar a los caballos que seran felices comiendo, bebiendo y descansando a la sombra y llamndose a la reunin al caer la noche mediante suaves relinchos. Al menos, eso era lo que yo pensaba con respecto al destino final de los caballos viejos y de las yeguas ancianas, cansados de llevar cargas, tirar carros, mover las norias de las ladrilleras en su interminable viaje circular y tener el cuero herido por el filo inmisericorde de las espuelas. Pero algo andaba mal. No salimos del camino para deslizarnos al galope hacia el valle verde de los pastos altos. Seguimos por el camino polvoriento y en el andar de los animales no haba el jubiloso galopar hacia la libertad sino el paso tardo de los condenados. Condenados. La palabra me hiri como un latigazo, porque el camino nos llevaba al matadero. Iban a matar a mi yegua. Iban a asesinar la perfeccin de mi esquema de sacrificio y premio. El catecismo que me enseaban hablaba de un Dios de bondad. De bondad tambin para los caballos. Desmont de mi yegua y corr a ponerme frente a la tropilla, sacndome la camisa para hacerla tremolar sobre mi cabeza tratando de parar aquella procesin hacia el sacrificio. El tropero rea y se pareca cada vez ms a la Muerte, y azuzaba a la tropilla que indiferente pasaba a mi lado, y enfilaba hacia el portn del matadero que lanzaba un olor a sangre que pona pnico en los ojos mansos y en las narices palpitantes de los animales, pero no rebelin, porque seguan adelante, y yo lloraba y el tropero rea. Regres a casa, y mi dolor se hizo ms dolor, porque no haba nadie con quien compartirlo.
Mis recuerdos se interrumpieron con la llegada del primo-amante-vendedor de sangre, que de paso, se llamaba Scrates. S seor. Scrates, cuando que con toda lgica, debera llamarse Filemn, o Robustiano, u otro nombre ms acorde con su posicin social e intelectual. 
Scrates era portador de una variedad de bolsitas de polietileno amontonadas en una gran canasta. En las bolsitas haba arroz, porotos, locro, harina, en cantidades no mayores de un kilo. Y adems de la canasta, portaba una bolsa de lona cuyo contenido sonaba con un ruido que no s por qu razn, llamaba a un obscuro escalofro, que no dej que me impresionara, pues me dije que la cosa estaba suscitada por sus antecedentes de vampiro al revs. De todos modos, el envoltorio de lona no me dejaba totalmente tranquilo.
-Esto es para la Celina -dijo, depositando la canasta sobre la mesa-. 
Es cada vez ms poco lo que se puede recoger.
Me mir esperando un comentario.
-Claro, es cada vez ms poco -le confirm, sin comprender de qu se trataba.
-Es a causa de esa porquera de bolsa de plstico -continu.
-Realmente, las bolsas de plstico son una porquera -le apoy.
-No se rompe ni por joda.
-Claro, son de plstico.
-La bolsa de arpillera se rompan como Dios manda -prosigui.
Finalmente, saqu en limpio que Scrates trabajaba en la descarga de vagones en el Cambio Grande y que haba una Ley no escrita de que el derrame corresponda a los descargadores que, cuando las bolsas eran de yute, como Dios manda, tambin como Dios manda se ayudaban a s mismos produciendo algunos agujeros por donde brotaba el bienvenido derrame. 
 Pero con las nuevas bolsas de plsticos...
Me extra que no me preguntase de Celina.
-Celina no est -le dije con nimo de explorar si (20) haba algo humano en las relaciones entre los dos.
-Yo slo vine a traerle esto -dijo, sealando la canasta.
Por lo que a l concerna, Celina poda estar en la luna.
-Ayer de tarde se fue con un tipo -le inform-. Y no vino a dormir anoche.
-Qu bien -sentenci.
-Cmo que bien! -me irrit-. No es tu mujer?
-A veces noms -y dicho esto cambi tranquilamente de tema-. No te olvide de avisarle que traje la bolsa.
Y sealaba el bulto sucio de tierra.
-Qu hay en eso?
Sonri, sacudi la bolsa y el contenido son a matraca.
-Geso -me inform.
No vi la razn de que unos cinco kilos de hueso fueran importantes.
-Hueso?
Deshizo el nudo de la bolsa, meti en ella la mano y sac otra mano, pero muerta y desprovista de carne.
-Jess! -tembl despavorido.
-Vale mucho -me inform con aire de entendido.
-De... de dnde los sacaste?
-De la sepultura. De dnde va a ser.
Decididamente, el sujeto tena inclinacin a lo macabro. Venda medio litro de sangre, mora medio litro y compraba un lechn degollado, o pollos listos para el horno, o un gran trozo grasiento de matambre relleno. Y ahora vena con una carga de huesos humanos. Como compaa, en una tarde de fantasmas ingleses, aquello no era lo mejor.
-Para qu sirven? -pregunt sin atreverme a profanar aquel bulto sealndolo con el dedo.
-Para lo estudiante de medicina. Celina tiene su clientes. All -seal la bolsa- hay como un esqueleto completo, slo falta una cabeza y una pierna. M o meno quince mil...
Ech sin reverencia alguna aquella mano en la bolsa, que cay con un ruido de dedos desparramados que me revolvi el estmago.
-Existe algo sagrado para Uds. dos?
-Cmo dice?
-Roban sepulturas!
-No es robo!
-A quin le robamo?
-A los deudos!
-Ya no son m deudos!
-Cmo?
-Yo tengo tambin mi decencia, joven. Nunca abro una sepultura que tiene flore y vela, porque eso e seal de que lo geso todava son querido...
Y all estaba el bulto. Los huesos de un muerto olvidado, a quien ya nadie recordaba, ni lloraba. Record aquella novela de cierta gente que viva en una aldea miserable a orillas del mar, y haba una ley que deca que quien recoga los restos de un naufragio era dueo de ellos. Y toda aquella gente triste viva oteando el mar, soando con despojos que venan flotando hacia la playa...
Scrates ni Celina eran distintos a esa gente.
Ni yo.
Linda manera de explorarme buscando mi identidad y de buscar en el mundo lugar para m. Es como si Dios me tuviera odio -pens- o que quisiera hacerme probar (para qu?) el ms duro, cido, sabor de la miseria.
Cuando aquel bruto de tan pueril filosofa se fue, llev la bolsa lo ms lejos posible, al borde de la laguna espesa, y la dej all.
Y all la vi, toda la tarde, cada vez que me asomaba. Y pensaba que la cima ms negra de la tristeza, poda tocarse siempre que uno tuviera la oportunidad de asomarse a un ventanuco miserable, para ver una siniestra envoltura embarrada a orillas de un lagunejo verde, de aguas podridas, conteniendo el esqueleto incompleto de alguien que fue alguna vez, mojndose bajo la llovizna. 



- XIV -
Celina regres cuando ya era de noche cerrada, y yo terminaba de consumir los restos de comida que an quedaban. Jadeaba ella bajo el peso de un gran paquete envuelto en papel madera y sujetado con un recio cordel. Lo deposit en la mesa, y con la ms amplia de sus sonrisas, me dijo:
-Es para vos.
Su sonrisa se desdibuj un poco cuando yo no reaccion como ella esperaba, y no me precipit jubiloso a abrir aquel paquete.
En cambio, mir ceudo el prolijo envoltorio.
-Qu es?
-No es lujera. Es cosa til.
-til? Qu?
-Para tu ingls.
-Para mi ingls?
A esta altura ya se haba puesto ceuda. Deprime siempre llegar en alegre galope con un regalo y encontrar una bienvenida hosca, como la ma. 
Lo reconozco. 
-Abr de una vez, carajo!
No slo estaba deprimida, sino tambin enojada. Y me dio placer que estuviera enojada. Sadismo, que le dicen. Y no mov un solo dedo para abrir el paquete.
Entonces, furiosa, ella trat de deshacer el nudo, que era fuerte, invencible, lo que la enardeci ms an, e hizo que se agachara sobre el paquete y cortara el grueso cordel con los dientes, con la misma facilidad que si fuera un spaguetti.
Y all estaba mi ingls. Lecciones grabadas en cassettes (21), con su libro de texto, y un pequeo aparato reproductor de los cassettes (22), a pila. Y no faltaban ni las pilas. Qued tan desconcertado que olvid que estaba enojado, o que debera estarlo.
-Pero de dnde sacaste todo esto?
-Compr!
-Con qu dinero?
-Con mi dinero.
-Y de dnde sali ese dinero? Del gringo que ayer vino a buscarte?
-No! Ese es solamente un amigo de ocasin.
-No me digas! Y... hay otra categora?
-Claro, el permanente. Pero permanente hay uno solo. Es un seor muy respetable y decente.
Maligno de m, no slo quera herir, sino remover el cuchillo en la herida.
-Vamos a entender esto, querida Celina. Tens una docena de clientes...
-Hombres! 
-Est bien. Hombres. Una docena, que son algo as como para ir tirando. Pero hay uno respetable y decente, que es el preferido.
-Y el que me ayuda ms!
-Por qu?
-Porque es el que ms me necesita.
-Por qu? Est enfermo?
-No. Es viejo.
-Te necesita para qu?
-l dice que yo le ayudo a sentirse joven.
-Me imagino cmo!
-Es as mismo, como te imagins!
-No te da asco?
Me mir con sus pursimos ojos llenos de un triste reproche, y me pregunt:
-Por qu ests procurando que sienta vergenza?
-Eso hago? -pregunt hipcritamente.
-S, eso hacs. Y no vas a conseguir que tenga vergenza. No le robo. 
Le doy lo que quiere, y me da lo que necesito.
-Est bien. Pero yo quise saber si no sentas asco.
-No. Y vos?
-Yo? Asco? Por qu?
-Por esa cena que terminaste de comer.
Me levant de un salto, derribando la silla al hacerlo. Me deshice del poncho, busqu mis zapatos y me vest, mascullando que en la perra vida volvera a aquel antro de locura, podredumbre y vicio.
-Me voy -dije, y abr la puerta.
-Adnde? -pregunt. 
No le contest y sal. El fro penetr con uas de hielo mi delgado traje y la llovizna me cubri con su manto de humedad. Pero apret el paso. Me iba. No importaba adnde. Pero me iba. Me detuve en seco. En alguna parte yo haba pensado lo mismo y haba hecho lo mismo. Irse. No importa adnde, pero irse. Ya! Fue cuando decid marcharme de mi pueblo. 
Y ahora la historia se repeta. La cosa no tena sentido. No se puede vivir para estar yndose siempre de alguna parte a ninguna. Era cosa de loco. Qu me faltaba? Humildad, fatalismo, conformidad? Pens en Celina. 
Un poco ms de compasin, tal vez?
No pude portarme un poco ms decente cuando ella lleg alegre como un arbolito de Navidad trayndome las lecciones ingls?
Tena derecho a hacer una cuestin capital del origen de aquellas lecciones de ingls? Un vejestorio pagaba una ilusin de juventud y el dinero se transformaba en una oportunidad para uno que s tena juventud. 
Y s tena necesidad del ingls. Y s tena un fro de mil demonios.
Volv.
No. No me mir con aire de triunfo. Ni se ilumin su rostro con la risa satnica de la araa que sabe que la mosca no puede escapar. Tom mi saco que haba tirado sobre la cama, con sencillez, y lo colg de un clavo y cuando me sent en la mesa, con sencillez se arrodill y me despoj del zapato y de las medias: Si es una araa -pens- es del tipo benigno. 

Puse el primer cassette (23), y una voz pausada empez a conjugar el verbo to be. Abr el libro. All estaba, la cosa pareca fcil. Le sonre, me sonri. Apagu el aparato.
-No vas a empezar tu ingls? -pregunt.
-Maana -le dije.
Me desvest para acostarme. Ella trajo una toalla y me sec el cabello, apretndome la cabeza contra sus abundantes pechos. Me met en la cama, tapndome con el poncho, y ella cruz la cortina que daba a su habitculo y desapareci. Un momento despus volvi, descalza, y apag la vela encendida sobre la mesa.
La habitacin guardaba un resplandor. Ms que vi, adivin que se despojaba del vestido y vena a sentarse en mi cama. Sus manos me acariciaron el vientre por encima de la cobija.
-No quers aflojarte? -susurr.
-Qu?
-Los hombres necesitan aflojarse. Sacarse de adentro el miedo, la rabia, desatar el nudo de la garganta...
-Contigo?
-Conmigo.
-Pero no dijiste que soy tu hijo?
-Por eso.
-Es que... eso se llama incesto.
-No me importa como se llama. Vos me necesits... y yo me abro toda.
Impoluta maternidad de leona. Me corr en la cama. Se acost a mi lado, grande, pasiva, poderosa.
Ardido, me afloj hasta la laxitud ms placentera, y dorm como un bendito, sin miedo, sin rabia, sin nudo en la garganta.
Pero aquella fue la nica, primera y ltima vez que el sexo intervino. Es que yo no lo quise ms, nunca ms, y eso bast para ella, sin orgullo herido ni esas reacciones de hembra ofendida que son, o deben ser, derivacin lgica de actuaciones as.
Mi rechazo permanente y su pasiva aceptacin quizs resulte difcil de explicar. Pero lo (24) intentar. Ella haba dicho que a los quince aos le hicieron un aborto, y la dejaron huera. Pobre de ella, en esa simple palabra estaba connotada una mutilacin inhumana, quizs la destruccin de aquel nido espeso, generoso y clido donde madura el pichn humano. Y la de esos terminales de las (25) sacudidas totales del xtasis y del clmax que llevan al placer del sexo a ese fuego abrasador, tierno, final. Todo, para siempre ausente en ella, en la pobre Celina, que viva del sexo sin saber lo que era el sexo. Concibindolo como la obligacin mecnica de darse sin recibir, y haciendo que su placer fuera slo el provocar placer en el hombre, instrumento pasivo, voluntarioso, dcil y maleable del frenes del macho, maestra en todas las artes de provocarlo, pero virgen en todos los modos de sentirlo.
Aquella noche se me revel esa tragedia, y el despertar al da siguiente fue para llegar a la conclusin de que yo no la haba amado, sino la haba usado, y ella se haba dejado usar para expresar amor, no deseo. Toda ella era una medicina, aunque parezca ridculo decirlo, tanto para aquel viejo a quien ayudaba a sentirse joven, como para este joven que estuvo a punto de reventar de presiones interiores, y se descarg todo entero en ella. Nunca ms, Dios mo, nunca ms.
La busqu y no estaba. Se haba marchado muy temprano. Mir por la ventana. La llovizna se haba ido y la bolsa de huesos tambin. En la mesa estaba listo mi desayuno, y como una insinuacin, mis lecciones de ingls al lado de la bandeja del pan.  



- XV -
Todo el mes de agosto transcurri para m en una placentera rutina. 
Como todo introvertido, y por aadidura cavilador, me gustaba la gimnasia mental, y encontr que el aprendizaje de un idioma era para m una mina de descubrimientos, y de autodescubrimientos de mis potencias en latencia. 
Slo al finalizar setiembre, y era ya Primavera, que me trajo das ms clidos y mosquitos ms feroces provenientes de la laguna, tuve un momento molesto, cuando las cintas magnetofnicas y el texto haban agotado su capacidad de ensearme. Con cierta discrecin y con cierta humillacin adems, inform a Celina que lo que haba aprendido corresponda, ms o menos, a lo que poda aprender un prvulo, o a lo sumo, un adolescente, y que debera avanzar ms, sobre terrenos ms adultos, lo que implicaba que necesitaba la segunda serie de lecciones grabadas, y el texto. No frunci el ceo ni hizo pregunta alguna sino sonri con esa sonrisa de que no hay que preocuparse por menudencias y ya al da siguiente por la noche, volvi con otro paquete, posiblemente resultado inmediato de una sesin de rejuvenecimiento con el Nmero Uno, como yo haba bautizado al generoso anciano que haba encontrado su fuente de Juvencia en los expertos brazos y vaya a saber qu ms de mi benefactora.
Empec con entusiasmo y provecho el nuevo escaln ms empinado de mi conquista de la lengua de Shakespeare, apoyado, admirado y mimado por Celina, que me alimentaba abundantemente, y hasta se preocup de los tormentos que me provocaban los mosquitos, apareciendo una tarde con un grueso envoltorio de tejidos de nailon, y trayendo a remolque a Scrates, que armado de clavos y martillo, instal una defensa contra los malignos vampiritos en las ventanas, y hasta se ingeni para fabricar una contrapuerta protectora de aquel material. El msero rancho no gan nada en elegancia, pero el elemento civilizador que implicaba la tela de nailon conform en cierta medida mi permanente necesidad de confort y decoro. 
Recuerdo ntidamente que cuando termin aquel trabajo, Scrates tuvo una breve charla con Celina, al trmino de la cual, con aire enojado arroj el martillo al suelo y se march mascullando cosas, y dndose vuelta a mirarme con inocultado rencor. Pregunt a Celina la razn de aquello, y la razn de aquello era que Scrates crey justo cobrarse la molestia quedndose a dormir con Celina, pero Celina haba dicho no. Le pregunt por qu haba dicho no, y ella me respondi que no caba que en la misma casa una pareja hiciera porqueras al mismo tiempo que un joven se estaba matando para ser ms gente. Le dije que le agradeca pero que ella haba sido muy severa con Scrates, y que yo era hombre y comprenda esas cosas y que me hubieran insinuado que me marchara por unas horas a vagar all arriba en la ciudad, actitud que ella descart por falta de realismo porque con el bruto de Scrates no haba aventura amorosa que durara unas horas sino toda la noche, dicho lo cual, cort la cuestin con la tajante, y en su caso, asombrosa sentencia de que un poco de decencia tambin ayuda.
Plenitud de generosidad, tan suya, y absoluta falta de decencia, tambin tan de ella, fue el episodio que ocurri un domingo a la tarde, cuando yo me adiestraba por ensima vez en la pronunciacin correcta del ltimo cassette (26) de la segunda serie de lecciones. En aquella ocasin, lleg Celina acompaada de un sujeto alto y flaco, vestido deportivamente, que desde su llegada hasta que se fue, no despeg de la oreja derecha una radio a transistor que al parecer transmita un partido de ftbol, Celina entr en el rancho y el hombre se sent afuera, con su aparatito pegado al odo.
-Es un amigo farmacutico -me inform ella, mientras abra una caja y me mostraba su contenido. All estaba toda la farmacopea lanzada al mercado para fatigas mentales, sobre esfuerzos intelectuales, stress por exceso de concentracin, neurotnicos y fsforos enriquecedores de la inteligencia y estimulantes de la capacidad mental, en todas sus formas consumibles por la va oral, comprimidos, tnicos, pastillas, grajeas y hasta unas tabletas de multivitaminas que se echaban en agua y producan una agradable y burbujeante bebida refrescante.
-Todo esto para m?
-Con el seso no hay que jorobar, mi hijito -explic, y luego, en un tono doctoral que quizs aprendi del farmacutico, me inform que aunque parezca mentira los sesos tambin se gastan.
-Es una... ayuda del farmacutico?
Sencillamente sonri, me recomend que leyera las instrucciones que venan con cada medicina y que aprovechara todo y se dispuso a marcharse con el farmacutico.
-Te vas con l?
-Tiene su buln.
-No parece muy entusiasmado...
-Por qu?
-Est ms interesado en el partido que en vos.
Ri estruendosamente.
-Bobo que sos -dijo-, lo que pasa es que dijo en su casa que se fue a la cancha.
Y se fue. Y cuando lo vi al flaco farmacutico seguirle dcilmente, con el aparatito pegado al odo, tambin yo re estruendosamente. Aquello resultaba sumamente cmico. Lo malo es que descubr que lo cmico a veces tambin suele incluir una pequea dosis de desprecio a uno mismo, sobre todo cuando miraba la tarifa en frmacos que haba cobrado Celina por irse con su sigiloso y prudente cliente, perdn, hombre.
En los ltimos das de Noviembre, ya estaba atacando con singular xito un tercer ciclo, de Ingls para Ejecutivos, cuando regres Celina trayendo el diario de la tarde, y en l, un aviso que deca: 
Preparo alumnos para examen de ingreso en las Facultades de Arquitectura e Ingeniera. Profesor Fulano de Tal.
-Quiero que te vayas a saber cunto cobra -dijo.
-No recuerdo haberte dicho que voy a entrar en la Universidad -repliqu con enojo.
-El que no entra en la Universid siempre va a ser un burro -declar.
-Bueno. Yo voy a ser un burro que sabe ingls.
-Yo no s de qu le sirve el ingls a un burro si no se sacrifica para dejar de ser burro -remach con su acostumbrada lgica de hierro.
Medit un poco. Yo meditaba en cuestiones ticas, aunque parezca mentira. Pero ella interpret que mi silencio era resistencia.
-Bueno, haragn de porquera, entramo o no entramo en la Universid.
-Entramo -le dije, y le promet que ira a averiguar costos preuniversitarios al da siguiente.
Pero esa misma noche, durante la cena, aquellas cuestiones ticas que dije me preocupaban (27), volvieron a salir a flor de piel. De modo que hice la pregunta que me atormentaba como una piedrecilla en el zapato.
-Celina... Por qu?
-Por qu... qu?
-Todo esto. Si todava no te diste cuenta, vivo a costilla tuya.
-As est bien.
-Qu es lo que est bien, Celina? 
-Que las cosas se balanceen siempre. Vos vivs mediante m. Yo vivo mediante vos. Empate y todo contento.
-No veo cmo ests viviendo mediante este servidor.
-Ests sano, gordo, contento?
-S.
-Y yo estoy contenta. Por primera vez desde... desde muy antes, estoy contenta.
-Explcame de dnde viene el contento.
-No s cmo explicar...
-Procur.
-Bueno. Me alcanc!
-Cmo?
-Me alcanc. Antes de conocerte y tenerte aqu, corra y corra.
-Sin rumbo?
-No. Corra detr de m misma. Y no me alcanzaba nunca. Ahora me alcanc.
-Cmo lo sabs?
-Ya no tengo ganas de correr. Ya no hay necesid de correr. Me alcanc. Vos que estudiaste mucho has de saber cmo es eso. Explicame vos.
-S poco de eso, Celina. Pero presumo que todos corremos detrs de nosotros mismos, de una u otra manera.
-Viste, viste? Y qu pasa cuando nos alcanzamos?
-Supongo que alcanzamos la paz.
-Eso, eso! -casi grit de jbilo-. No saba qu me pasaba. Ahora s. 
Tengo paz. Sirvo para algo. Sirvo para alguien. Si no te recibs de doctor te mato. No, no te mato. Me mato. 
Tom mis manos con tanto cario y las apret contra su pecho con tanta ternura que por un momento tem que me ofreciera una sesin de aflojamiento. En cambio me ofreci postre, y con un horrendo cuchillo, abri una lata de durazno, como si la lata fuera de papel.
A la maana siguiente, fresco, desayunado y feliz, estrenando una guayabera nueva llena de adornos que me haca parecer un tocador de marimba panameo, un pantaln vaquero y unos cmodos mocasines, todos obsequios de Celina, fui al centro a averiguar la cuestin del cursillo de ingreso a la Universidad. Pero antes de salir, le haba aclarado a Celina que si ella quera un Doctor en la familia, aquel aviso del profesor que preparaba a aspirantes a ingenieros y arquitectos no me serva de nada. Y que, por lo dems, yo quera ser Doctor, pero en Ciencias Econmicas, porque todava tena en mente aquellos once pisos del edificio Imperial, y en el sptimo, un gatazo presuntuoso a quien demostrar lo que yo vala, y una chica a quien demostrar lo mismo, pero en otro orden de cosas.
De tal manera, llegu a la inteligente conclusin de que si quera ser Doctor en Ciencias Econmicas, tendra que ir a la Facultad de Ciencias Econmicas a averiguar cmo era la cuestin aquella de inscribirse. Hacia all me dirig... haciendo un amplio rodeo para pasar por el edificio Imperial. Cuando estuve frente a l, el demonio que llevamos adentro me dijo sube, y el ngel que llevamos adentro mir para otro lado hacindose el desentendido. Entr y cuando iba a tomar el ascensor, decid que mi subida hasta el sptimo piso deba ser simblica, por la escalera, escaln por escaln, piso por piso. Para demostrar qu, no s. Pero quedaba elegante, y me haca aparecer hombre de pelea ante mis propios ojos. La liturgia burocrtica detrs del cristal era exactamente igual, slo que eran apenas las ocho de la maana, y la pila de papeles de la izquierda del Sumo Sacerdote era monstruosamente alta. Abr aquella puerta que invitaba a entrar, y all estaba ella, Perla o como se llamara, con sus hermosos ojos y con el bellsimo regalo de una sonrisa que no fue como la primera vez, sacada del manual de la perfecta secretaria, sino florecida en una genuina sorpresa.
-You remember me? -le pregunt.
-Yes! -me contest sin poder contener la risa.
-I'm the one who couldn't understan english! -le dispar todo de corrido.
-I remember! And I seet but I can't believe (28) it -replic.
-Eh! -le correg-. Your not say! I hear it but I don't believe IT!
-Congratulations!
-Thank you!
Remos a carcajadas, como dos alegres idiotas. Hablamos de no s qu y le dije que estaba con prisa y me iba, pero antes le pregunt si alguna vez me permitira que la invitara a cenar, y sin decir que no me pregunt cundo y le contest que cuando me recibiera de economista y me fui. Baj de nuevo por las escaleras y descubr que las grandes alegras del corazn nos ponen alas... en los pies. 
En la Facultad, un corts funcionario me orient sobre las materias que deba estudiar y cmo inscribirme para el examen de ingreso. Adems me inform que el Centro de Estudiantes haba programado cursillos gratuitos para los aspirantes. Como l quiso, volv otro da con mi diploma, me inscrib en el cursillo y la tercera noche que concurr, con una presuntuosidad estpida conclu que entre esos prvulos yo no tena nada que aprender, y no fui ms. En el examen de ingreso me present con el garbo de Hitler paseando bajo del Triunfo de Pars. Y sal con el aspecto de perro apaleado de Napolen embarcando para Santa Elena. Entre doscientos postulantes me toc el nmero doscientos y si hubieran sido quinientos, me hubiera tocado el quinientos. Me sent en la acera de la Facultad, imagen de la derrota, preguntndome si bachillerato era bachillerato, o una tomadura de pelo, y con una bola de plomo, equivalente a otro ao perdido, empantanada en mi garganta.
Celina, Dios la bendiga, no lo tom a la tremenda, lo que al final de cuentas no me gust. Hubiera querido que llorara, se tirara de los pelos y me tratara de vago, intil e ignorante, y de paso, me diera ocasin de llorar tambin yo, autocalificarme de cretino e imbcil y derramar abundantes lgrimas sobre sus grandes hombros consoladores. Pero la muy desgraciada dijo algo as como a lo hecho pecho y esto no es el fin del mundo, se emperifoll, sali, no volvi para el almuerzo, y slo apareci cuando yo me preguntaba si pasara la noche afuera. Traa un paquete que me pareca conocido, lo abri, y se desparramaron sobre la mesa los doce cassettes (29) y el libro de textos de un curso de francs para principiantes. Era su modo de decirme que en todo naufragio, siempre hay algo til que salvar, o por lo menos, un tabln para aferrarse.



- XVI -
El mes de diciembre, y parte de enero, pas solo en la casita del bajo, porque Celina fue de viaje al Brasil. Me mora de curiosidad de conocer al hombre de turno que se la llevaba de vacaciones, pero ella no dijo nada. Naturalmente si yo le hubiera preguntado me lo hubiera dicho, pero una especie de pudor me lo impidi, un pudor nacido en cierta proporcin aritmtica (30) por la cual a ms hombres en la vida de Celina, mayor era la abundancia del man cado del cielo para este servidor vuestro. Y mi sentido del decoro, o lo que l quedaba, no sala muy bien parado. Sin embargo, cuando ella preparaba la flamante valija de cuero que se haba comprado, tuve un indicio de la naturaleza de la aventura, porque vi, como quien no quiere la cosa, que entre sus ropas introduca una gran bolsa de plstico transparente con unas ropas blancas, unas medias blancas y unos zapatos blancos, con suela de goma: un uniforme de enfermera. De tal suerte que sospech que el viajero era el Nmero Uno, el generoso anciano con vocacin de joven que posiblemente iba de vacaciones con su correspondiente anciana... y se llevaba a Celina como enfermera. 
Picarn el vejete. Y el colmo de cnica mi benefactora.
La cuestin de mi subsistencia fue generosamente prevista mediante un cheque a mi nombre que ella me entreg, y que alcanzaba para darme la gran vida durante su ausencia. La firma del cheque no me dijo nada, y no hubiera sido nada raro que fuera la del Nmero Uno, aunque si no lo mismo daba.
Pas todo diciembre aprendiendo francs y tratando de no mezclarlo con el ingls, con bastante xito. Y la noche del Ao Nuevo, cuando me afliga mi soledad, vino cayendo de visita Scrates, sin un cntimo y con un hambre de tres das. Fuimos al centro, compramos un pavo y media docena (31) de botellas de sidra y la pasamos en grande, tan en grande, que todo el da primero de enero Scrates se pas aumentando el volumen de la laguna vomitando en ella, y yo convenientemente instalado en la letrina, donde poda dar curso por igual a las instancias de las nuseas y de la diarrea que se turnaban para martirizar mi pobre cuerpo.
Al anochecer Scrates se march llevndose lo que quedaba del pavo, yo encend la lmpara y recordando que tena familia le escrib a mis padres una carta bastante mentirosa, en la cual les deca que peda perdn por mi largo silencio, pero haba estado ocupadsimo estudiando para ingresar en la Facultad de Ciencias Econmicas, cosa que haba logrado ocupando el segundo lugar en la lista de los ms altos calificados, slo superado por el sobrino del Decano de la Facultad, y que estas cosas no deben amargarle a uno, etc. Les cont tambin que tena un empleo en una firma que se denominaba Imperial Sociedad por Acciones, y que mi oficina estaba en el sptimo piso y mi trabajo era recibir telegramas de todo el mundo y clavar alfileres de distintos colores en un mapa del planeta, delicada tarea en la que me ayudaba un Secretario medio tonto de apellido Quinez. De paso, les inform que haba recibido suma cum laude un diploma de profesor de Ingls y que ahora estaba empeado en una licenciatura de francs avanzado. Finalmente, les rogaba que no me escribieran (32) a la direccin de mi trabajo porque el lema de la Empresa era no mezclar la vida privada con la responsabilidad y que en mi prxima carta les indicara a qu direccin escribirme, porque estaba por conseguir un departamento con vista a la Baha, en cuanto lo desocupara el experto yanqui que estaba por irse a su pas. Cuando termin la carta y lo rele sent una genuina admiracin por m mismo, es decir, por el hasta qu grado de majadero y mentiroso puedo llegar a ser, pero en el fondo, estaba feliz. Le estaba empujando a mi padre a mirar a mis queridos hermanos como unos pobres infelices comparados con el brillante hermanito menor. Adems ya vea a mi madre recorriendo casa por casa toda la cofrada de las Devotas del Seor, mostrando aquel documento que testimoniaba la conquista de Asuncin por un hijo del pueblo que a mayor abundamiento, era tambin su hijo.
Envi la carta sin arrepentimiento alguno y cuando volva del correo, trayendo adems unos libros sobre finanzas y economa que haba comprado, encontr a Scrates que haba vuelto. Y acompaado. Ella era una damisela flaquita, blanca y pecosa que sorprendentemente, cuando rea, mostraba todos los dientes, grandes, enormes, sanos, como si las cosas se hubieran vuelto al revs y en vez de ser ella una chica con dentadura, pareca ms bien una dentadura con una chica alrededor. Con malsima condicin de actor, Scrates me cont la triste historia de que ella era una pariente recin llegada de la campaa, y no haba encontrado la casa de la madrina a la que vena destinada y que apelaba a mi generosidad para darle hospitalidad hasta que l localizara a la madrina. No me falt mucha imaginacin para darme cuenta de que aquella chica era una previsin ms, y una provisin ms, de Celina, que haba encargado a Scrates la satisfaccin de las necesidades sexuales de su querido hijito. De manera que le dije a Scrates que no me tomara por tonto, por inmoral y por intil. Baj la vista humillado y me confes que lo que yo pensaba era la verdad y que se senta muy avergonzado. Lo mir severamente y lo invit a irse inmediatamente con su vergenza y sin la chica, que se qued tres das en los que actualic todos mis conocimientos franceses menos el idioma.
Celina volvi el 15 de enero, exactamente cuando mi curso elemental de francs ya estaba completado y yo me senta listo a pasar a escalones siguientes. Sin embargo, tuve que esperar una semana para que ella volviera con el consabido paquete, y atribu aquella tardanza a que el Nmero Uno todava estaba haciendo cuentas de lo que haba gastado en el Brasil y sobre las exigencias cada vez ms desmedidas de Celina, y haba tardado un poco ms de lo acostumbrado en sacar la billetera. Con todo, en el curso del ao culmin las tres etapas de la enseanza, que complet, tanto en ingls como en francs, mediante un sistema inventado por m: acopiar de las casas importadoras de la ciudad cuantos catlogos traan automviles, heladeras, medicinas y maquinaria agrcola y ponerme laboriosamente a traducirlas al castellano. De esta manera, aquel ao perdido en la Universidad fue provechoso en otros rdenes, porque domin ambos idiomas, y de paso, aprovech al mximo una beca, s, una beca que un da me trajo con aire triunfal Celina, para estudiar un curso gratuito, gratuito al menos para m, de dactilografa. Como puede apreciarse, las interminables relaciones de Celina trabajaban sin parar en beneficio del equipaje del que me estaba haciendo, para tentar un modo ms prctico de conquistar la ciudad, all arriba. Sin embargo, como no todo es completo en este mundo, ni perfecto, que yo sepa, Celina nunca pudo incluir en su coleccin un ejemplar de librero, de suerte que para ir formando mi biblioteca de obras de Economa, Economa Poltica, Sociologa y Finanzas, tuve que ahorrar mucho de lo que ella me daba bajo el rubro de para distraerte un poco. De ms est decir que para dar el toque final al frenes de saber que me haba apestado desde que fall ignominiosamente en el ingreso a la Facultad, me devor aquella literatura que algn da me llevara hasta el ltimo piso del Edificio Imperial.
El ao pas velozmente. Estaba de nuevo inscripto en el cursillo preparatorio para tentar el ingreso a la Facultad, y asista religiosamente a todas las clases, y aunque parezca mentira, me senta feliz y en paz con mi conciencia.
Celina ausente, solo en la casita, viendo la estrellada noche de diciembre a travs de la tela antimosquitos de la ventana, con la cabeza reposando sobre la almohada y los odos ya acostumbrados al croar de las ranas de la laguna, reflexionaba sobre todo y sobre nada, en ese delicioso y poco comprometedor ejercicio de dialogar conmigo mismo que mi soledad, mi falta de amigos, y la mente bastante bruta de Celina, toda una nulidad como interlocutora para un sujeto de mi categora intelectual, me haban acostumbrado.
-Vali la pena salir de all, de mi pueblo? Contesta con sinceridad.
-Vali.
-Dime por qu vali?
-No es fcil. Hay que volver a Jess cuando dice que por los frutos lo conoceris. Y soy el fruto mismo de un rbol nuevo con races nuevas. 
S ingls. S francs. Conozco las grandezas y las miserias del Capitalismo. He aprendido lo que son las ideologas, cmo nacieron, qu quieren destruir, qu quieren construir y qu caminos toman, y hasta dnde llegaron. Me siento abrumado por las tres cuartas partes de la Humanidad que pasa hambre y por la cuarta parte restante que pasa miedo y guarda su pan y su vino en sus cajas fuertes, y vende sus productos a precio de locura y compra su petrleo a precio de suicidio. O viceversa. Ahora tengo una idea de lo que es este podrido mundo y de lo que hay que saber y aprender para mantenerse lo ms lejos posible del hedor.
-Recuerdas tu dolor cuando no pudiste impedir que aquellos caballos fueran al matadero?
-Lo recuerdo.
-Lloraste.
-Claro que llor.
-Por qu cambiaste?
-Yo no cambi. Me cambiaron el mundo en que crea iba a vivir.
-Palabras. Yo dira que aquel nio que puso luto en su corazn porque los pobres eran sacrificados, crecera para luchar porque en el mundo no existiera hedor.
-Estoy en eso.
-Mentira. Acabas de decir que todo lo que estudias y todo lo que aprendes no es para evitar que existan hedores, sino para ubicarte donde no los huelas. En algn ltimo piso, por ejemplo. Has cambiado.
-No. Me han cambiado.
-Quines?
-Ellos. Mi pueblo petrificado en la conformidad, mi Colegio que me minti. Mi padre que concibe la familia como un casillero. Mi madre anestesiada para el amor.
-Los desprecias?
-No, pero quiero ser distinto. Quiero pensar distinto.
-Como qu? 
-Como que la vida no es una invitacin. Es un desafo, yo lo he aceptado.
-Lo s. Volvindote un ambicioso manaco.
-Eso soy?
-Eso, y ms que eso, tambin un amoral.
-Vamos, no tanto...
-S, amoral, un zngano adherido al costado de una prostituta.
-No se dice zngano, se dice lapa, o rmora. Y como se diga, al fin, es el camino que me ofrece la Providencia.
-Hipcrita!
-Est bien. Lo soy. Pero... amoral? Voy descubriendo, hermano, que la moralidad es cosa compleja, tiene muchos matices. Ella lo dijo. Es feliz. Est contenta, termin de correr, se alcanz y est gorda de s misma. Est plena de s misma. Bienaventurados los pobres de espritu, dijo Jess, pero no dijo por dnde debera venir la bienaventuranza, y con eso nos dej la facultad de elegir, y ella me eligi a m, y ahora conoce el xtasis, no el de la carne, sino el del espritu, hermano. Le miro la cara cuando pasa el plumero sobre mis libros. Parece Santa Teresa frente al altar. No le ensearon a adorar a Dios ni a temer el pecado y cautelar la salvacin de su alma, pero es una santa en bruto, o una santa bruta. 
Intuye que los libros son objetos sagrados que guardan el Conocimiento, y que el Conocimiento es el Camino. Ha hecho de los libros Su culto, de mi persona el Elegido y de s misma la fantica, o llmala la beata que ofrenda todo con alegra, su cuerpo, su pan, su dinero, su tiempo y su angustia. Por lo tanto, hermano, te prohbo que me hables de moral. 
Sencillamente, no cuenta.
-Entonces, hablemos de lo amoral.
-No es tan malo como parece.
-No?
-No. Porque cuando estamos vacos de perspectivas es lcito desechar una moral que slo sirve de lastre y asumir una nueva. Si una vieja moral me condena a ser esclavo y una nueva me permite ser libre, la eleccin no es difcil.
-No eras esclavo!
-Lo era de un mostrador, de un pueblo donde me faltaba el aire y estaban tratando de meterme a la fuerza en un casillero. Dios me sac de all.
-Ofendes a Dios!
-Por qu? l me instal aqu. Me salv de morir de fro y dio un hijo a una prostituta huera, y a m me dio en ella...
-Eh! No ofendas a mam!
-Est bien. No ofendamos a mam.
Lo dicho, en paz con mi conciencia, y feliz, me dorm.  



- XVII -
Una noche, despus de que yo haba regresado de mi cursillo, y Celina me esperaba en casa, cenbamos a la luz de la lamparita a pila con dos tubitos de nen (made in Hong Kong) que haba substituido a la lmpara mbop, formando los dos un bello cuadro de vida familiar, Celina se despach con una nueva ocurrencia. Fue despus que yo le contara que practicaba mi ingls con un compaero de cursillo que era profesor y traductor y que ste estaba asombrado de que lo hubiera aprendido solo; y que practicaba mi francs con una pareja de jvenes increblemente hermosos e increblemente sucios que solan venir de siesta a la laguna a pescar ranas, presumiblemente para comrselas, pues yo no le vea otro destino a los pobres batracios ni otros recursos a aquellos hediondos hippies, cuando ella se despach con la susodicha ocurrencia.
-Estoy contenta de que vayas a entrar en la Facult -me dijo-, pero no ests completo.
-S ingls, s francs, soy dactilgrafo. Si te refieres al portugus... 
-No. Hablo de otra cosa. No ests completo.
-Como qu...?
-Como hombre.
Pens que la vida relativamente casta que llevaba la haba inducido a atribuirme algunas carencias ofensivas, y me enoj.
-Creo que una vez te demostr...
-No es eso...
-Y si le pregunts a tu amiga la dentuda flaca...
-No es eso!
-Entonces por qu no estoy completo?
-Un hombre tiene que estar preparado para no hacer nunca de mirn por donde sea que ande...
-Y...?
-Tenemos que aprender algunas cosas de hombre.
-Para no ser mirn -dije sin comprender nada.
-Y para no ser menos que nadie. En ninguna parte.
La mir entendiendo a medias. Por una vaga asociacin de ideas, imagin all mismo una leona madre que le deca al cachorro que bueno hijito ya es hora de que aprendas a cazar y vamos a salir por ah a empezar con algn conejo viejo, gordo y torpe.
La cosa no result exactamente as, pero bastante parecida. Ocurra que la idea que Celina tena de estar preparado para no hacer de mirn por donde sea que ande y no ser menos que nadie, era que un hombre que se respete deba tener, aparte de lo que enseaban los libros, algunas habilidades que en conjunto vendran a ser algo as como el equipaje para practicar en vivo y en directo eso que los estudiosos llaman relaciones pblicas. Hasta haba mandado hacer una lista de lo que ese verano me iba a ensear para ser un hombre completo. Sac de las profundidades de su corpio un papelito doblado que contena aquella lista, obviamente no redactada por ella, sino posiblemente, por un amigo que se tena por sabio y de vuelta de todas las cosas. Le la lista y no dej de darle cierta razn a aquel obscuro pedagogo, porque contemplaba la solucin de situaciones en las que el que no est preparado hace el papel de bobo o de intil, o de ambos a la vez. En concreto, la lista deca que: 
1) aprender a nadar; 2) aprender truco; 3) aprender a manejar un arma de fuego; 4) aprender a bailar; 5) aprender a aguantar la bebida ms fuerte, entre parntesis muy til en la campaa; 6) aprender a montar a caballo y 7) aprender a manejar automvil. El hecho de que la lista no inclua aprender a jugar ftbol y a tocar el arpa, revelaba por otra parte que Celina crea en un destino superior para m.
Me guard el papelito en el bolsillo con la sonrisita tolerante de quien piensa me gusta la idea pero vamos a dejarla para despus. Pero haba olvidado que cuando Celina decida algo, del dicho al hecho no hay trecho alguno, tanto que a la maana siguiente, apenas amaneca, era prcticamente arrancado de la cama por Scrates, mientras Celina a su lado sonrea de oreja a oreja ofrecindome un hermoso pantaln de bao color azul elctrico. De modo que la cosa empezaba con las lecciones de natacin que me iba a proporcionar Scrates. Mir su corpachn redondo y pesado y me pregunt con cierta aprensin si mi profesor sabra nadar. Saba. 
Pero como profesor de natacin no resultaba muy acadmico, pues todo su sistema consista en llevarme al ro, en un lugar donde haba barranca a pique, pegarme un empujn hacia las aguas profundas, contemplar sonriendo malignamente mis desesperados pataleos y sacarme medio muerto y con diez litros de pestilente agua que haba tragado en la barriga. A la cuarta tentativa de homicidio, milagrosamente, jubilosamente, logr flotar. Y a partir de all todo fue fcil. Aprend a nadar. Ya poda alguna futura dama millonaria de mi relacin invitarme a su mansin con piscina de azulejos y aguas templadas y ya no estara condenado al papeln de confesar que no saba nadar, o de meterme torpemente en la zona reservada a los prvulos de la piscina. As era como funcionaba la mente de Celina, cuando se empeaba que ninguna situacin tomara desprevenido a su precioso hijo adoptivo.
Los seis aprendizajes restantes me dieron una medida ms clara de la variedad del sindicato de ayudadores de Celina. Aunque parezca mentira, el truco me ense un viejo profesor de Derecho, de quien sospech que era el autor del descabellado plan de estudios a que me estaban sometiendo para ser el gran hombre de todas las ocasiones. Con l, no slo aprend a jugar pasablemente aquel juego, sino que el juego mismo era como esos viajes largos en avin en que uno se sienta al lado de un desconocido al empezar el viaje, y al terminarlo, es como un amigo de toda la vida, confidencias incluidas. Y justamente una de sus confidencias fue que sus relaciones sexuales con Celina consistan (33) simplemente en mirarla, ya que por la edad ya no estaba para otros trotes. Ahora bien, mirarla cmo y haciendo qu y qu tipo de placer sacaba de su aficin de mirn, no se lo pregunt nunca, por pudor y porque al fin de cuentas, todos llegaremos a viejo y la mente y la carne tienen extraos caminos. Todo lo contrario de este provecto amante pasivo, fue el Sargento que me ense a manejar un arma, cuyas tendencias empec a comprender cuando me explic que l haba ledo en alguna parte, y lo crey como un versculo de la Biblia, que el arma era la prolongacin simblica del miembro masculino, de tal manera que aquel varn que mejor manejaba el arma, de ser ms varn poda presumir. El Sargento era ayudante de un General que tena una quinta que tena a su vez un stand de tiro, y logr permiso de su jefe para usar aquellas instalaciones para convertir en macho a un civil medio monflrito segn me explic el General que le haba dicho su ayudante, una vez que vino a contemplar cmo yo apuntaba el blanco y acertaba un rbol que estaba diez metros de distancia. De ello, ya se ver que como tirador yo sera un fracaso completo, conclusin a la que arrib yo a las dos semanas de practicar y de tener un zumbido en el odo hasta cuando dorma, y a la que arrib mi instructor despus de contar con aire culpable cerca de cuatrocientas cpsulas servidas que haba malgastado en m. De todos modos, se consol recordando que haba prometido a Celina ensearme a manejar un arma y no a ser un campen de tiro, y que ya poda darnos por satisfechos con que yo supiera cmo se cargaba un arma, cmo se apuntaba, cmo se liberaba el seguro y cmo se disparaba. En qu direccin ya perteneca a los misteriosos determinismos del ms puro azar. 
Para siempre.
Felizmente, en lo referente a montar a caballo, yo ya tena algunos antecedentes, y toda la leccin que necesit para ser un jinete pasable fue pasar dos das de un fin de semana en una estancia del Chaco, donde el capataz me tom como alumno. En esos dos das, averig con tangenciales preguntas que el favor de convertirme en centauro de las praderas no provena del capataz, sino del dueo de la estancia, quien, cuando lo conoc, me llev al colmo del asombro, porque se trataba de un anciano caballero sentado en una silla de ruedas que jugueteaba todo el da con su transmisor de aficionado instalado en la estancia, y era permanentemente atendido por una enfermera que lo segua a todas partes arrastrando una mesita de ruedas atiborrada de medicamentos. Durante la cena (me invit gentilmente a su mesa) el anciano mostr un inusitado inters en los progresos que yo estaba haciendo en eso de hacerme hombre. Le expliqu el significado real del pensamiento de Celina al respecto, y me di cuenta que mi explicacin lo suma en una mustia tristeza que no pude explicarme... hasta que lleg su hijo, ya a la hora del postre y conduciendo un polvoriento Alfa Romeo Sport. l y su auto formaban una absurda combinacin, por la poderosa masculinidad de la rugiente mquina y por la lnguida femenidad del sujeto, cuyas largas pestaas trepidaban como alitas de mariposa cuando se fijaba en mi persona. Lo que se dice, un maricn irremediable. En fin, atando cabos y recogiendo indicios sueltos, llegu a la conclusin de que el anciano, que posiblemente en mejores tiempos haba gozado de los encantos y habilidades de Celina, alentaba el sueo imposible de movilizar los conocimientos profesionales de mi madre postiza para despertar las dormidas potencias varoniles de aquel hijo nico, fuente de su trgico desencanto de viejo. Trat de adivinar a qu medios, a qu terribles amenazas echara mano el anciano para lograr que el joven consintiera en el honor de entregarse a manipulaciones femeninas, y con muda tristeza, anticip el completo fracaso del experimento. Se vea que el pobre muchacho viva alentando un solo sueo dorado: viajar a Dinamarca donde dicen que se hacen operaciones realmente milagrosas.
Aprend a bailar con la flaca de los grandes dientes con el simple procedimiento de acompaarla en sus correras nocturnas por los locales del ramo, y combin este aprendizaje con el que corresponda a asimilar a lo macho el whisky (34) ms puro y la caa ms ardiente, con el resultado de que una maana despert sentado en un rooso automvil abandonado en un gran galpn de un taller mecnico, cuyo personal, y tampoco yo, pudimos explicarnos jams cmo haba venido a parar yo a semejante lugar. 
Finalmente, un taxista increblemente gordo y asquerosamente libidinoso me ense a manejar, y mientras yo aprenda, por las noches, no paraba de detallarme todas las veces y todas las posiciones en que haba hecho el amor con Celina, adems de una docena de variantes. El hombre pareca un Kamasutra viviente y practicante. Pero a pesar de todo, aprend a manejar, y unos das despus Celina me pidi dos fotos tipo carnet, que se los consegu, y a la semana siguiente apareci por la noche un misterioso sujeto que puso en mis manos mi flamante registro de conductor y se llev a Celina. 



- XVIII -
Un atardecer, fatigado de estudiar mis temas del cursillo, abandon el rancho, sub la barranca y desemboqu en la ciudad. No quera ms que descansar. No pensar, y como eso es imposible, pensar en nada. Me sent en un banco, en una de las plazas de la Costanera, y me dediqu a contemplar el vuelo gracioso de las golondrinas, con ese algo de danza triunfal que tienen los airosos desplazamientos areos del pajarillo en cuestin. 
Borrachera de espacio y de libertad, dominio absoluto del viento, poderosas alas para volar por toda la redondez del planeta huyendo del fro y siguiendo al verano, si tendra que haber un pjaro sagrado, debera ser la golondrina, pero que yo supiera entonces, y ahora tampoco, la golondrina nunca figur en ninguna mitologa, como el Ibis de los egipcios o como las guilas carniceras que estn como motivo central, reinas de la herldica, de los insolentes escudos de los Imperios y de las Naciones que sin ser Imperios, no dejan de ser imperialistas. Sin embargo -me deca en mis ablicas reflexiones de aquella tarde tranquila-, si la mitologa y la herldica olvidaron a la golondrina, la poesa la ha redimido, y en mi mente fluyeron el recuerdo de tantos poemas hermosos y antiguos, desde Bcquer (35) hasta Amado Nervo, pasando por Jos Asuncin Silva, Daro, Peza, que vieron en el vuelo de la golondrina la parbola del sueo y del ensueo, y la incorporaron a la eternidad de sus poemas vencedores del tiempo.
Tan sumido estaba en este delicioso divagar, que apenas tuve conciencia de que alguien se sentaba a mi lado en el banco. Y slo supe que tena compaa cuando escuch como un murmullo de enojo. Mir al extrao, y all estaba aquel anciano que grua para s, como mascando algn recndito rencor personal. Se dio cuenta de que yo le miraba curioso, y me dijo:
-Ud. jovencito, se est preguntando qu demonios estoy mascullando. Y no se extrae. Porque le voy a contar un secreto: soy mascullador de oficio.
-Un oficio bastante raro, seor.
-Nada de raro! Basta llegar a viejo y ya est! Ya ver cuando Ud. 
sea viejo, aprender a mascullar.
-Pero me pareca que Ud. masculla con rencor.
-No hay otra forma de mascullar. Con rencor.
-Y contra qu masculla, seor?
-Mire a su alrededor. Vamos, mire, mire! -me urga.
Le complac y ech una mirada circular.
-Qu ve? -pregunt.
-Nada. Mejor dicho lo de siempre.
-Una ciudad, no?
-S, seor. Una ciudad. 
-Una ciudad ingrata, jovencito.
-Cmo?
-No s si me podr entender, muchachito.
-Tratar.
-Sabes lo que es la ingratitud? -pregunt.
-Tengo una idea.
-Es arrancarnos una parte de nosotros mismos. Esta ciudad es ingrata. 
Estoy sentado aqu, mascullando, porque me cerraron el caf donde antes iba a conversar. Pas por esa esquina, sabes?, y donde estaba el caf est el esqueleto de algo que va a ser, no el esqueleto de algo que fue. 
Una construccin nueva, para oficinas, tal vez. Un esqueleto sin alma para un edificio sin alma. Han llenado la ciudad de agujeros. Echaron las casas viejas donde moraba la vieja alma de la ciudad, y la han reemplazado por agujeros. No es locura? A veces... tengo miedo de salir de mi casa y al volver no encontrar ya mi casa sino un gran agujero. Ya ni siquiera conozco mi barrio, donde haba un vecindario de gente clida que armaba sin querer una gran confabulacin para capturar la felicidad: una felicidad de una cuadra de larga. Compartida, cuyo punto ms alto era la amistad del almacenero y el borracho que pareca haber nacido al pie del (36) mostrador y all estaba destinado a morir. Pero ahora el vecindario ya no es la gran confabulacin para la felicidad, porque cada casa se aisl de sus hermanas, y en cada casa hay una conspiracin para tener la mejor heladera, la TV ms grande o el auto ms lindo. Camino hasta la esquina, sabes?, y las piedras gastadas de la acera me dan ganas de llorar, porque ya no estn los que all dejaron sus huellas... 
Dnde fueron los amigos? Murieron o se fueron detrs del hijo mdico a Norteamrica a vivir una vejez de intruso en un barrio gringo. El ltimo de mis amigos vendi la casa y se fue a vivir a un departamento. Nunca le visito porque le tengo terror a los ascensores. Me queda salir a pasear, pero mi vieja me quita el valor cuando me dice que cruzar la avenida es un suicidio... Adems... Adnde voy a ir? Al Puerto, a ver cmo parten los barcos de pasajeros y los pauelos mojados dicen adis a los viajeros? Ya no hay barcos, ni hay pasajeros. Y si voy al Puerto a pasear y a recordar, corro el peligro de que un ginche (37) me decapite. Adems, ya nadie viaja en barco, para ir coleccionando paisajes. Todos viajan en avin, para ahorrar horas intiles... Te das cuenta?
-Me doy cuenta, seor -le contest.
-Bien. Esta era una ciudad juiciosa. Uno iba al paso que quera empujando su propia vida. Cambi.
-Le sigo, seor.
-Ahora es una ciudad ambiciosa. Ya nadie empuja su vida hacia adelante. La vida le empuja a uno. Se da cuenta de la diferencia?
-Sinceramente no, seor.
-Es medio duro de coco, jovencito. Ud. estudia?
-S.
-Para qu?
-Para realizarme.
-No lo va a conseguir.
-No? 
-No. La ciudad lo va a encasillar. Ya no es el hogar, es la fbrica. 
Mire a su alrededor. Fiebre de crecer. Los rascacielos brotan como hongos. 
De repente hay mucho dinero. Y el dinero no se guarda, se invierte que es como decir se muestra. Se muestra con descaro y con insolencia. Todava no sabemos cul es el edificio ms alto de Asuncin, pero cuando lo sepamos va a venir un batalln de ingenieros, una caterva de arquitectos, un maln de financistas dispuestos a levantar el edificio ms alto que el ms alto. 
Para qu? Para que la maquinaria siga andando.
-Vaya, qu maquinaria?
-Pero quin es Ud.? El Bello Durmiente del Bosque que acaba de despertar?
-Algo parecido.
-Se ve! Qu maquinaria! La que multiplica los bancos seor mo; la que hace brotar como hongos las financieras, las inmobiliarias, las cajas de ahorro y prstamos! La que moviliza a los grandes pescadores que le ponen gordas lombrices a sus anzuelos para que muerdan las multinacionales y nos pongan hoteles de cinco estrellas! Qu maquinaria! Como ingenuo Ud. 
es el campen, muchachito.
-Ilstreme!
-No se burle, eh! Qu maquinaria! La maquinaria del gran banquete, muchachito! Con una gran mesa donde el ambig no alcanza para todos! 
Para las Consultoras, para las Concisas, Parafrisas, Protofrisas y Putrefrisas! Para cambiar todo, todo! Recuerda los juegos florales? 
 Qu va a recordar! Los poetas se reunan a leer sus poemas y haba una reina rubia que premiaba al mejor con una corona de laureles! Ya no hay juegos florales para la juventud! Hay licitaciones, concursos de precios! Hay adjudicaciones y subadjudicaciones! Sabe Ud. lo que es un Aquelarre?
-Tengo una vaga idea!
-Era una reunin de brujos que invocaban al demonio!
-Y eso qu tiene que ver con lo que me est diciendo, seor?
-Ya no se llama ms Aquelarre!
-No?
-Se llama Consorcio!
-De modo que los consorcios son el nuevo culto del demonio!
-Peor! Porque por lo que s, el demonio fue siempre (38) pobre! 
Los consorcios son el nuevo culto del Dinero!
-Seor, si me permite, respeto sus puntos de vista, pero est en un error!
-No me diga! Eso s que est bueno. Yo, en un error! Por qu?
-Es sencillo. Ud. condena el progreso, seor.
-Le parece?
-S. Y perdneme la crueldad. Porque es viejo. Y el progreso lo dej de lado.
Me mir con esa profunda, tolerante lstima de quien sabe todo frente a uno que no sabe nada, nada de nada.
-De modo que su bendito progreso me dej de lado por viejo? 
-pregunt.
-As es -repliqu.
-Y a Ud., muchachito?
-A m no me va a dejar de lado, seor.
-Claro que no. No lo va a dejar de lado, pavote. Lo va a digerir!
Se levant enojado, y repitiendo para s que pobre joven destinado a ser deglutido en esta merienda de negros que se llama progreso, y qu progreso, progreso, bah. Y se march.
De pronto, el vuelo de las golondrinas perdi para m todo su encanto. Aquel viejo amargante me haba dejado un sedimento de atemorizadas presunciones. Decid volver a mi clido refugio de la laguna, y cuando me diriga hacia el bajo volv la mirada hacia la ciudad enmarcada por el crepsculo. Aquellos aislados edificios de altura parecan dedos admonitorios elevados al cielo. Y algo de amenazante haba en la poderosa rudeza de los esqueletos de los grandes edificios en construccin.  



- XIX -
Aprob, no sin ciertas angustias, el examen de ingreso en la Facultad. Y aquella hazaa mereci el festejo de un pantagrulico banquete que compart con Celina y Scrates. Scrates, que no entenda muy bien la razn de aquel jolgorio y la naturaleza de mi triunfo, pregunt si de entonces en ms debera llamarme doctor. Yo le dije que no pero Celina le dijo que s, y agreg para mi beneficio que era bueno que ya fuera acostumbrando mis odos a tan cortesano tratamiento. Despus de todo, slo faltaban seis aos. Una bicoca para un tipo tan inteligente como yo.
Segua con regularidad los cursos cuando las cosas empezaron a cambiar. Y el tal cambio empez cuando una noche Celina me dijo:
-l te quiere conocer.
Entend que se trataba del Nmero Uno. Que era el nico l en nuestras conversaciones. Los otros eran mencionados solamente por su nombre, pero l era l.
-No veo para qu -contest. 
-Te quiere conocer -repiti.
Yo no saba que l supiera de mi existencia. Por eso me extra un poco.
-Le hablaste de m?
-Claro. Sabe todo.
-Qu es todo?
-Todo. Yo le cuento todo.
-Te interroga?
-Tiene derecho a saber qu hago de su plata.
No me gust mucho la idea de presentarme a aquel caballero con el currculum y la facha de un caficho a medias.
-Nos espera maana -dijo ella y termin con todas mis dudas. La dolce vita tendra necesariamente su lado amargo, y tarde o temprano lo enfrentara. Simplemente, haba llegado el momento. Imagin la entrevista e imagin tambin lo profundo que sera la humillacin de esos detenidos de la Gestapo, desnudos frente a sus interrogadores. Algo de eso presenta en mi porvenir inmediato.
Llegamos al atardecer a la casa. Situada en una avenida silenciosa, apenas se la vea detrs de unos rboles inmensos. No haba jardn, slo rboles, nutridos, verdes, nudosos, eternos. La casa era grande y sombra. 
Un viejo vestido con un traje de mecnico que tena en sus grandes bolsillos una tijera de podar nos abri el portn de hierro. Intu que algo no cuajaba en el viejo y trat de adivinarlo. Y lo adivin: la tijera de podar. All no haba nada que podar, a no ser con una topadora, de manera que llegu a la conclusin de que la tijera de podar era parte del uniforme del portero, o una justificacin de su sueldo. Detrs de los viejos rboles cuidados por el viejo portero estaba la vieja casa, cuya vieja puerta hicimos sonar con el viejo llamador de bronce, y como ya me imaginaba, abri la puerta una vieja mucama que salud cariosamente a Celina y luego me mir con esa mirada que dice ms o menos de modo que es ste, como si hubieran pasado largas sobremesas hablando de m. Si me permiten ser demasiado reiterativo, les dir que la casa me pareci por dentro ms vieja que por fuera, porque por fuera slo se vea vejez. 
Adentro se la respiraba, con esa mezcla de olor a cuero, madera, entierro y encierro que tienen las casas con mucha carga de tiempo, vida, y recuerdos.
En pos de la mucama subimos una escalera de mrmol, ancha y curva, que en algn tiempo perdido habra tenido una alfombra roja por donde bajaba al saln una tmida doncella de blanco vestido de fiesta para bailar en el saln su primer vals con un airoso Capitn con uniforme de gala que despus morira sin pena ni gloria en una revolucin intil.
La mucama golpe discretamente una puerta, nadie dijo adelante, pero ella abri lo mismo, y entr en el vasto despacho del Nmero Uno. Celina se haba quedado afuera y la mucama se retir silenciosa como un fantasma. 
El Nmero Uno estaba de pie, con las manos cruzadas en la espalda, como un General que medita.
La primera impresin que me caus, forj en mi mente una frase: un viejo len. Pero un viejo len idealizado, porque un viejo len posiblemente tuviera la melena despellejada, la piel comida por los gusanos, las costillas al aire y los ojos medio ciegos. El Nmero Uno era un viejo len tallado en mrmol por un artista que jams conoci un viejo len. La blanca y lustrosa melena, el porte majestuoso de su cuerpo viejo pero erguido, la mirada aguda. Si se pusiera una tnica sera idntico a Charlton Heston haciendo de Moiss.
-Acrquese, jovencito -rugi.
S, rugi, porque tena una voz profunda, de bartono, metlica, vibrante. Hubiera jurado que el sonido de esa voz haba movido los caireles de la araa que colgaba del techo. Me acerqu preguntndome si deba besarle los zapatos, las manos, o algn grueso anillo del gran-algo, duda de la que me arranc dndome la espalda y encendiendo la luz de un velador sobre su escritorio. Cuando se volvi a m, la luz slo alumbraba la pechera de su camisa blanca y su rostro quedaba en las sombras.
-Viejo de mierda, tienes un sentido bastante desarrollado de los efectos dramticos -pens en lo ms recndito posible.
Me mir largamente. Dios mo, otro Dr. Quinez no, implor mentalmente. Se desplaz lentamente, separ su silla y se sent frente a su escritorio, haciendo que la luz le diera de lleno en la cara. Si trataba de impresionarme, y hasta de asustarme o simplemente de ponerme en mi lugar, de caficho a medias, lo consigui ampliamente. Resulta toda una hazaa tener 23 aos, la conciencia emporcada, estar de pie sin saber qu hacer con las manos, y sostener la mirada fra y azul de unos ojos enmarcados bajo unas tumultuosas cejas blancas.
Me pregunt de pronto mi nombre, pero en ingls. Se lo dije en castellano, porque no haba otra manera. Luego mi edad en ingls.
-Veintitrs -le dije en ingls.
-Dgame por qu Ud. me parece un tipo raro -pregunt en ingls.
-Posiblemente porque sale poco de su casa, seor -contest en ingls y con suicida audacia.
-Explqueme eso -me orden en francs.
-El mundo est lleno de tipos raros -repliqu en el mismo idioma-. En realidad, forman mayora.
Solt una risa profunda, y los caireles se movieron, sin duda alguna.
-Celina tiene razn -sentenci en castellano-. Es Ud. un muchacho inteligente.
-Gracias -le dije en castellano.
-Me puede servir -agreg.
-Gracias.
-No se apresure en agradecerme, joven. An tengo dudas.
-No le comprendo, seor.
-Me gustan los jvenes que luchan y van adelante. Como Ud.
-Gracias -ya me estaba resultando fatigoso decir gracias a cada instante.
-Lo que no me gusta es su mtodo.
-Mi mtodo? 
-Ud. explota a una mujer.
Lo dijo con tanta crudeza que sent subir la furia. La peor, la de los tmidos.
-Es la misma que Ud. usa -le dije.
No se le movi un pelo de la ceja.
Yo le pago -afirm tranquilamente.
-Y yo le hago feliz -repliqu.
-Y en qu trabaja?
-En hacerla feliz.
-Trabajo cmodo.
-No lo crea, seor. Mientras desempeo mi trabajo, debo repetirme veinticuatro veces al da que no soy un corrompido.
-Y se convence de que no es un corrompido?
-Ni s ni no. Dejo la respuesta para despus. Lo que importa es caminar, ir adelante, como Ud. dice.
-A muchos caminantes no les importa ir pisando caca de perro.
-Y todos los que llegaron pueden comprarse un zapato nuevo.
-Piensa que Ud. va a llegar?
-Pienso.
-Por qu?
-Ud. lo dijo. Soy inteligente...
-Y cnico.
-O inocente.
-Inocente Ud.?
-S. Ud. trata de hacerme creer que hago mal. Yo no veo mal por ningn lado. 
-La incapacidad de ver el mal no es inocencia.
-Y la propensin de ver el mal donde no existe es paranoia.
-Dnde aprendi eso?
-Leo mucho.
A esta altura de este duelo a floretes verbales, yo haba madurado una vehemente sospecha. Y pregunt:
-Seor. Me est probando Ud.?
-S -me respondi.
-Para qu? Qu se propone?
-Usarlo. No invert dinero en Ud.?
-S. Pero no me gusta ser usado.
-Digamos entonces, en beneficio de su delicado sentido del decoro, que va a ser empleado.
-Eso suena mejor.
-En el futuro tendr que acostumbrarse a tragar lo que no le gusta.
-Futuro? Qu futuro?
-Venga conmigo.
Se levant y camin hacia la puerta. Lo segu, a dos pasos de distancia, envidiando sus anchos hombros y su cuello musculoso. Salimos al corredor y al extremo del mismo haba otra escalera, que subimos en silenciosa procesin. Se detuvo ante una puerta y golpe. Desde adentro lleg una vocecita tremolante que dijo Entren. Entren, en plural, como si estuviera esperndonos. Entramos. All estaba la compaera del len, que no era una leona, sino una delicada porcelana china. Si las muecas envejecieran como los seres humanos, aquella dama sera una mueca vieja, muy vieja. Me pregunt dnde estara Celina.
La quise ver. Tanta vejez junta ya me abrumaba. Cuando miraba alrededor buscando por casualidad algo joven o algo nuevo, escuch lo que pude definir como un berrido. Mir a la vieja dama. No era ella, porque ella no tena nada de animal sino todo lo contrario, y aquel berrido tena connotacin primitiva, como el primer llanto de un mamut beb nacido en una caverna, all en el amanecer del tiempo. El len patriarca me tom de los hombros y me acerc al silln donde la dama estaba sentada, frente a la ventana abierta, por donde no vea paisaje alguno, como corresponde, sino el espeso follaje de un umbroso mango cuyas ramas parecan querer meterse en la casa.
-Es l -dijo el caballero, exhibindome a la dama, como un viejo Cruzado que trae prisionero un joven moro que ser educado para paje.
-Es guapo -dijo ella, sonrindome y mostrando una perfecta dentadura postiza que pareca pegada slo con saliva, porque sobraba algo.
-Gracias -dije yo, pensando que la prxima vez traera un cartelito con la palabra gracias colgado del cuello.
-Adems, Celina dice que es Ud. un hombrecito muy inteligente.
Celina? Qu diablos pasaba all? Como si leyera mi pensamiento (39), ella me tranquiliz.
-No se escandalice, muchachito. Celina es como de la familia. 
Comprende? 
-Comprendo.
-No, muchachito. No comprende nada, y se est preguntando hasta qu punto Celina es como de la familia -se volvi al marido-. Dselo.
-Entre nosotros no hay secretos -explic el viejo.
Existe cierta forma rara de sentir vergenza. Es la vergenza que uno siente cuando est con personas que deberan sentir vergenza y no la sienten. As me sent yo. Buscaba algo para decir que lo comprenda y que no estaba yo para moralizar, cuando el silencio fue roto por otro berrido. 
Y esta vez me di cuenta que aquel sonido de cubil vena de detrs de una gran puerta que no haba visto al entrar en la habitacin. Marido y mujer notaron mi curiosidad, se miraron y se dijeron con la mirada que ya llegar el momento de explicarle.
-Somos dos viejos solos -me declar, sorpresivamente, el dueo de casa.
El berrido, o lo que sea, volvi a orse claramente. Espeluznaba. 
Asustaba.
-No tan solos -respondi la anciana, mirando aquella puerta que pareca conducir a una era de caos y de nacimiento. Lava, fuego, planeta joven preado de vida.
-Quiero decir que no tenemos familia -aclar el viejo.
-l es nuestra familia -le discuti la anciana.
Hablaban entre ellos, pero con ese curioso tono de quienes hablan para un tercero. Yo. Lo que no comprenda era qu papel me reservaban.
-Venga -me dijo el anciano, volviendo a aferrarme del hombro y conducindome hacia aquella puerta. 
Me dej llevar con cierto miedo. l abri la puerta, y me agredi una bocanada de hedor animal. El viejo len me oblig a entrar.
El hombre estaba tendido boca abajo en la cama. Acababa de defecarse encima y una enfermera (s seor, vieja enfermera) le aseaba el traste con una toalla mojada y luego trataba de arrancar la nauseabunda sbana de debajo de aquel hombre, o lo que quedaba de l en piel, hueso y cabellos completamente grises. Como si fuera un nio, la diestra enfermera le visti un fresco pijama de seda y con habilidad que da la prctica lo tumbaba hacia all y tenda la sbana que quedaba para ac, y lo giraba por ac y alzaba por all.
El viejo len me empuj hacia aquella miseria. Volvi los ojos hacia m, berre horriblemente y se meti un pulgar en la boca y empez a chuprselo.
Zombie, me dije, recordando un cuento haitiano. Muertos vivos.
-Tiene 32 aos -me inform el viejo len, con una voz sin emocin, como si me estuviera informando la temperatura ambiente. Es terrible como la gente se acostumbra a sus tragedias.
-Su hijo?
-Lo que queda de l. Le faltaba un ao para recibirse de abogado.
-Un accidente?
-De automvil. Est descerebrado. Es un vegetal. Para siempre. Vamos.
Me llev afuera. Apenas me dio tiempo de ofrecer mis respetos a la vieja dama que contemplaba el follaje del mango y me sac al corredor. 
Bajamos la escalera por donde bajara en un tiempo mejor aquella doncella vestida de blanco y llegamos al saln. All me detuve y lo encar francamente.
-Adnde nos conduce todo esto, seor?
-Todo conduce a la muerte, jovencito.
-No busco explicaciones macabras, seor.
-Yo morir. Mi mujer morir. Mi hijo seguir viviendo.
-Y...?
-Ud. seguir viviendo.
Era tremendamente crptico. Pero empec a comprender. Pero all termin la conversacin porque con su voz de trueno llam a Celina, que apareci en el acto, como si estuviera escondida detrs de algunos de los sillones del saln.
-Est bien por hoy, Celina -dijo el anciano, me mir y continu-; me lo traes el jueves.
Me lo traes el jueves, como si yo fuera un paquete.  



- XX -
Volviendo a casa, caminaba yo delante de Celina. Era una forma de mostrarle (40) que estaba fastidiado. Una forma bastante infantil, por otra parte. En un momento dado ella apret el paso, me alcanz y me detuvo del brazo.
-Qu te pasa? -me pregunt.
-Era todo deliberado? -le pregunt a mi vez.
-No s qu es deliberado -me confes.
-Te har la pregunta de otra forma, Celina -le dije-. Estabas de acuerdo con el Nmero Uno desde el principio?
-Acuerdo para qu?
-Para hacer de m un sujeto apto para ser usado.
-Usado?
-l mismo me dijo que yo era su inversin y que poda usarme. Pero eso no es lo importante, Celina. Lo que quiero saber es si yo soy el resultado de tu amor, o el resultado de una conspiracin entre Uds. dos.
-Nos sentamos y te cuento? 
Nos sentamos en el banco de una plaza, y me cont. El amor quedaba en pie, impoluto, como su motivacin para hacer por m lo que hiciera. El Nmero Uno conoci de mi existencia cuando Celina empez a importunarlo con aquellos sucesivos pedidos de dinero para comprarme las lecciones de ingls y de francs. Se interes en mi historia, lo pregunt si yo era su amante y ella le confes que la relacin era ms bien de madre a hijo. l quiso saber si yo era inteligente. Ella le dijo que yo era un genio. Y que era ambicioso, y que era luchador cuando me empujaban del modo debido. 
Entonces, l le haba dicho a Celina que yo era un diamante en bruto, que l la ayudara a tallarme. Y vamos a hacer de ese muchacho un hombre til a s mismo y a los dems.
Call Celina, y comprend entonces que aquello de ser til a los dems se refera a serle til a l. Yo morir. Mi mujer morir. El vegetal que berrea seguir vivo. Yo seguira vivo para hacerme cargo de aquel despojo. No supe en aquel momento si admirar el desesperado amor de aquellos padres por el hijo descerebrado, o indignarme por aquella desabrida, cruda manipulacin de mi futuro. Futuro. Haba apresado al vuelo una palabra clave. Celina se levant del banco y me invit a continuar la marcha. Le dije que se fuera. Que quera pensar. Ira ms tarde. Se fue dicindome que encontrara la cena sobre la mesa pero que no la encontrara a ella porque tena un compromiso.
Sentado en el banco, volv a paladear aquella palabra que tena en la boca con la cautela de quien va a tragarse una pastilla de desconocido sabor. Futuro. Si las cosas eran como yo pensaba, aquella asfixia alienante de la que haba huido al salir de mi pueblo sera un juego de nios comparada con lo que me esperaba. Me echaran encima todo el peso de una casa y de un enfermo irremediable que se haca caca encima.
Cuando l muriera, viejo len mortal y cuando ella muriera y fuera una muequita rota en un atad, quedara yo, el hombre amaestrado por el amor de una prostituta y por la desesperacin de unos padres ancianos.
Quedara yo.
Y una fortuna.
Quiero decir que no tenemos familia -haba dicho el viejo.
l es nuestra familia -haba respondido la anciana.
Ud. seguir viviendo -me haba dicho el viejo len.
Con una fortuna.
Que poda ser un dogal en el cuello.
Que poda ser la llave que abriera todas las puertas.
-Qu piensas? -me pregunt a m mismo.
-No s qu pensar -me contest.
-Racionalicemos. Te ha estado preparando. Usando a Celina.
-Qu esperan de m?
-Gratitud. Para que la gratitud se convierta en amor a un pobre diablo desvalido.
-Y que lo cuide, y le prolongue la vida intil. 
-Todo por gratitud.
-Un sentimiento raro en nuestro tiempo.
-Depende de la capacidad que tengas de sentir gratitud.
-La tengo, pero hasta cierto lmite, como todo mortal. No tengo vocacin de santo de leprosario.
-Te necesitan desesperadamente.
-Y tienen dinero. Mucho.
-Ya no hablas de gratitud, ahora.
-Hablo de codicia.
Y estaba la cuestin. Gratitud y codicia. La ambivalencia del ser humano. Mi ambivalencia. El ngel y el demonio dentro de m, sin perder el tiempo en tironear de mi alma inmortal, sino haciendo las paces para sentarse en una mesa cordial y hacerse un banquete con mi conciencia. En ese momento supe que yo era uno de los tantos que llegaran a la muerte, y cuya ltima postrera sensacin consciente sera la duda, aunque muriera confortado por la santa religin y la bendicin papal.
Cuando llegu a casa apart la fuente de carne fra y ensalada de papas que me haba dejado Celina, y me sent a escribir una carta. 
Querida mam. Necesito volver a casa. Quiero llegar all y ponerme de rodillas y decirte que me ayudes a revalorizar todo, y a empezar de nuevo. 
A empezar de nuevo yo, y vos, y pap y mis hermanos. Sentados todos en una mesa y hacer la contabilidad de todo lo que no pudo ser en nuestras vidas, y averiguar la causa de por qu lo que no pudo ser, no pudo ser. Y entonces yo pedir la palabra y me levantar para ensearles que una familia se realiza cuando es feliz, no cuando es rica. Y entonces pap pegar un puetazo en la mesa y dir qu disparate, y yo le dir que me respete, que estoy en el uso de la palabra, y le preguntar si l conoce a alguien a quien la felicidad le produjo lceras. Pero saltar un hermano y dir que no morir de lceras pero morir de hambre. Y no tendr ms remedio que sentarme vencido. Como estoy vencido ahora. S que no puedo volver a mi casa a rehacer a mi familia, y la alternativa que me resta es quedarme aqu a que me deshagan a m. As es la cosa, querida mam. En un tiempo de inocencia que ya pas, yo pensaba que el hombre iba adelante caminando. Resulta que no es as: va adelante empujado. Yo no me voy. Me llevan. Me pregunto si soy la excepcin a la regla. Me pregunto que nueva definicin debo encontrar para esas bellas palabras que dicen voluntad, libre albedro, empuje. Me pregunto si cuando me piden la definicin de la Sociedad, me pondr yo a describir una hembra gorda, perversa y santa, diablica y tierna, duea de la voluntad de los sargentos que me ensean a disparar una pistola y de la inercia de un bruto que me ensea a cruzar ros a nado y de la esperanza loca de un viejo paraltico y de un chofer libidinoso que me ensea a despertar en un motor de 100 caballos toda la potencia que no tengo yo. Hembra gorda que me ama y me pervierte, se dice de m esclava por amor y me usa por egosmo, por un torturado amor y por un santo egosmo. Comprendes, mam, por qu quiero volver a casa? Y comprendes por qu ya no podr volver nunca? Tu hijo que quiso quererte y no pudo, porque no le dejaste o porque no supo. Carlos.
Firm ceremoniosamente la carta, la dobl, y le arrim un fsforo encendido. Fui a la cama sin cenar, y pas la noche sin dormir. Queriendo que la noche durara siempre, porque, por primera vez en mi vida, le tena miedo a la maana. 



- XXI -
Han pasado tres aos, y vuelvo a ocuparme de mi manuscrito que tena un poco olvidado. Tres aos. En tres aos, muchas cosas cambiaron. Yo haca ya el tercer curso de mi carrera, y nos habamos mudado, con Celina, a la casa del Nmero Uno, cuyo nombre es don Baltazar Valenzuela.
Celina, como ella misma dijera, haba cerrado el negocio, es decir, ya no necesitaba de los hombres que necesitaban a su vez de ella, y se instal como una modosa y poco conspicua compaera de don Baltazar, ocupando decorosamente la habitacin ms alejada de la que comparta el matrimonio, lo que no impeda que cuando yo estudiaba hasta altas horas de la noche, siguiera con el odo el sigiloso desplazamiento del viejo hacia aquella habitacin donde Celina le daba la manija al mecanismo de rejuvenecimiento que haba sido el principio de toda esta historia.
En honor a la verdad, hay que decir que Celina cumpli con decoro y fidelidad su nuevo papel. Para la servidumbre, cocinera, la mucama y el jardinero que no tena jardn que cuidar pero diariamente lavaba el antiguo pero reluciente Dodge de don Baltazar, que apenas sala, Celina era el ama de llaves. Pero con la misma objetividad, hay que decir tambin que, como toda regla tiene su excepcin, la lealtad de Celina hacia don Baltazar, tena ocasionales violaciones cuando ella iba a visitar a Scrates, que ahora viva en la casita de la laguna, llevndole algunas provisiones, y sospecho que quedndose el tiempo suficiente para recordar tiempos mejores, como ellos saban, es decir, en la cama.
Con esa conducta, Celina rompa un poco el esquema de su conducta que yo haba asimilado tan bien. Scrates ya no tena cmo ni para qu ayudarla. Celina ya no tena obligacin de compensarle. Sin embargo, cuando muri el trato aflor en la extraa, elemental pareja una nueva forma de unin, una necesidad de estar juntos por estar juntos, que al final de cuentas, quizs sea la definicin raigal, y la ms legtima del amor, que como se cree es el privilegio exclusivo de Tristn e Isolda, o Romeo y Julieta, sino de todos aquellos que sentimos (me incluyo yo) la necesidad corrosiva de ser importante para alguien.
Nunca supe si don Baltazar saba de aquellas escapadas de Celina. O si las saba y no le importaba. Y alguna vez me sorprend rogando que no sospechara y la interrogara. En ese caso, sera el desastre, porque no conceba otra Celina que aquella que con honestidad total, dira siempre la verdad, y la verdad golpeando el flanco de un len herido, con seguridad nos mandara de vuelta a aquella lgubre casita de la laguna. Felizmente, nada de eso pas.
Lo que s pas es que en el curso de aquellos tres aos yo tuve empleo. Es decir, don Baltazar me pagaba un sueldo para dedicarme al estudio, y manejarle el antiguo Dodge, silencioso y reluciente como nuevo, cuando iba a su control mdico, o cuando yo deba traer al mdico que atenda a su esposa y echaba una mirada a su hijo, una vez por semana. Y eso era todo. Y en el todo, hay que agregar el detallado informe que yo deba pasarle por escrito, sobre mi asistencia a clases, lo que l llamaba mi ndice de aprovechamiento, y desde luego, las notas que sacaba en las pruebas parciales y en los exmenes en serio.
Escriba cartas a casa, y reciba respuestas. Respuestas formales a cartas formales. Te manda besos mam. Jos se va a casar con la hija de don Rudecindo. Tu viejo amigo el pa- muri de un ataque al corazn cuando deca misa y justo cuando tragaba el Cuerpo del Seor, hermosa muerte para un cura, despus de todo.
En los primeros tiempos en que trataba de adaptarme a mi nueva vida y a mi nuevo hogar, don Baltazar me llam a su despacho, y me dijo que era cosa entendida que se haca cargo de mi educacin y de mis necesidades y que tambin era cosa entendida que yo pasara a ser algo as como una propiedad suya. Consent. Gratitud, avaricia, Dios lo sabr. Creo que ya lo dije.
-Debes prepararte para manejar el negocio -me inform.
-Entonces, seor, debo empezar ahora. Conocerlo. 
-Conocer qu?
-El negocio. No s ni de qu se trata. Dnde estn las oficinas. A qu se dedica.
-El negocio soy yo -me dijo con su desagradable propensin a las frases crpticas.
-Si Ud. fuera ms claro, don Baltazar.
Sac una llavecita del bolsillo de su chaleco (a propsito, siempre usaba traje completo, incluido el chaleco, como ropa de entrecasa; la nica excepcin era que en vez de zapatos, usaba unas cmodas zapatillas acolchadas) y con la mencionada llavecita abri un cajn de su escritorio, de donde extrajo un manojo de llaves, con una de las cuales abri la poderosa caja fuerte que reposaba en una esquina de su oficina-saln. No exagero al decir que la gran puerta de acero se abri con ese ruido que omos en el cine cuando en la obscuridad se abre lentamente una puerta por donde entrar el terror innombrable a sorprender en pleno sueo a la doncella, o en ltima instancia, a la novia del detective. Sostuvo la puerta como un maestro de ceremonias, y me dijo que mirara adentro. Mir. 
Pilas y pilas de expedientes de todos los grosores, pero todos con la marrn impersonalidad de las escrituras pblicas.
-Escrituras de hipotecas -me inform, y cerr su personal versin de la cueva de Al Bab. Ah estaba su riqueza.
Hipotecas, provenientes de prstamos directos, con garanta prendaria. Me condujo de nuevo a su mesa escritorio, guard el manojo de llaves y cerr el cajn con la llavecita que volvi al bolsillo del chaleco. Abri otro cajn, y sac un cuaderno de tapas verdes.
-Aqu est todo -me dijo, y me permiti mirar el sistema de contabilidad ms sencillo del mundo. Fulano de tal. Debe tanto. Intereses mensuales tanto. Saldo. Tres cuotas impagas, a los tribunales. Los prstamos los haca el mismo escribano que formulaba las escrituras, y un abogado, hermano del escribano, era el encargado de los cobros por va judicial, o de las negociaciones extrajudiciales que ms o menos estaban organizadas como para que el deudor moroso se quedara sin nada, don Baltazar con todo, y otra vez el moroso, con el doble alivio de no pasar por la vergenza del remate y por la sobrecarga de pagar los costos del juicio. Finalmente, abri otro cajn con otra llave que sac del chaleco, y extrajo una libreta de cheques, de aquellas comunes y corrientes para manejar una cuenta corriente.
-De aqu sale la plata, y aqu entra la plata -me dijo sin abrir la libreta, y volvindola a meter en el cajn correspondiente-. Quieres saber algo ms?
-Supongo que habr otro cajn donde se guardan los ttulos de las propiedades que no pasaron por la vergenza del remate.
-Correcto -dijo-, estn en el ltimo cajn. Y eso es todo.
A esta altura, yo ya haba llegado a una conclusin. Don Baltazar result ser pura y simplemente un usurero a la antigua, de los que todava quedan muchos. A la antigua, digo, porque los de los sistemas ms modernos estn en sus refrigeradas oficinas de sus Financieras y hacen lo mismo, aunque con menos crudeza, pero con igual resultado, y no hablan como Dios manda, de rditos y de intereses, sino de reajustes, descotizaciones, seguros de cambio y otras elegantes expresiones que de poco consuelo sirven al pobre deudor cuando llega la hora de que le arranquen las entraas. Sistema por sistema, el resultado final era igual. Los usureros destripan con un machete, las Financieras con un bistur y hasta con anestesia. Aquella vez fue la nica en que me aproxim al (41) borde del pozo de la abundancia de don Baltazar. Para l bastaba con esa informacin (42). El tiempo hara el resto.
Y el tiempo intervino cuando sub a la habitacin de doa Sara, la esposa de don Baltazar, dispuesto a cumplir el rito de todos los sbados por la tarde: leerle poemas de Amado Nervo o de Rubn Daro, verla sentada en su silln sumida en el xtasis o en los recuerdos, y ser premiado finalmente con un salivoso beso en el mejilla y el elogio de que yo tena una preciosa voz para la lectura de poemas.
La encontr sentada, como siempre frente a la ventana, pero ya no miraba el follaje del mango: ya no mirara nunca ms nada, ni oira jams ningn poema. No quisiera decir que muri, sino que se apag. Cadver ya, tena en la carita de porcelana cuarteada esa expresin de quien siente que llega el sueo, y a l se entrega con esa sonrisita de confianza de lo que espera soar con alegres tiempos, muselina en el vestido, ancha capelina sobre los bucles, toldos rojos y blancos en el jardn, msica de violines en el estrado, pasto verde, y una mesa al sol con bocaditos delicados y refresco de frutas. Y gente, mucha gente alegre y joven de un tiempo tambin alegre y joven. Requiescat in pace.
El velatorio fue sencillo, apenas concurrido. La servidumbre (43), el escribano, el abogado, Celina, una seora muy anciana que repeta interminablemente que no somos nada y beba tambin interminables tacitas de caf; y aunque parezca increble, Scrates. Scrates con traje y corbata. Lloraba, y curioso, le pregunt a Celina si Scrates haba conocido a la difunta. Me contest que no. Entonces le pregunt por qu lloraba Scrates, a lo que me contest Celina con una de sus razones granticas que Scrates lloraba porque estaba en un velorio. Al da siguiente, la buena seora fue depositada en su ltima morada, un suntuoso panten cuyo importe podra financiar cuatro casitas para matrimonios con un hijo o dos. Y all poda haber terminado todo, si don Baltazar no hubiera tenido un gesto curioso: cuando baj a la cripta el catafalco de doa Sara, l personalmente cerr la puerta de hierro forjado que cerraba aquella eternidad maloliente y hmeda, ech llave al grueso candado, se guard una llave... y me entreg el duplicado. No necesitaba palabras para decirme que el prximo husped del suntuoso panten sera l y yo el encargado de depositarlo all, y ponerle candado a su vida. Y a mi pasado? Pens en aquello y la nica conclusin que saqu se refera a la mierda de vueltas que da la vida.
Siguieron deslizndose plcidamente los das, los meses, el ao. La viudez no trajo los cambios que yo esperaba, es decir, Celina no trep las escaleras para aposentarse en la habitacin matrimonial. Y quizs su receta de rejuvenecimiento ya no daba resultados, porque don Baltazar iba perdiendo su robusta estampa de viejo len. De repente, sus camisas mostraban cuellos demasiado grandes y la melena blanca, que pareca plata pulida, se resecaba como estopa. Los ojos perdan brillo, arrastraba los pies. Se pareca cada vez mas a un viejo len real. Slo faltaba una mosca comindose los jugos espesos de sus ojos apagados. Dej de visitar a su hijo, el vegetal del piso de arriba, que qued totalmente a cargo de la enfermera, como desde luego, siempre estuvo. Nuestras visitas al mdico fueron cada vez ms frecuentes, y de pronto, ya no fueron ms visitas al mdico, sino visitas del mdico, porque don Baltazar ya no tena nimos para levantarse. Un da, despus que el mdico le acribillara las nalgas con inyecciones y se fuera, me llam junto a su lecho.
-Falta poco -dijo.
-No diga tonteras -le contest, consciente de que quien deca una tontera era yo.
-Trae mi llavero -orden.
Lo busqu en el bolsillo del saco y lo encontr. Se lo entregu y eligi una llave corta, dorada.
-Es del quinto cajn de la izquierda, en mi escritorio -me dijo, y agreg-: traeme una carpeta de tapa azul.
Encontr en el sitio donde me indicara la carpeta con tapa azul, atada con una cinta de seda, en cuyo nudo haba un sello de lacre. El eterno sentido dramtico de don Baltazar. Se lo llev. Rompi el sello. Me mir. 
-Levanta la mano derecha -me orden.
-Qu objeto...?
-Vas a jurar por la salvacin de tu alma.
Levant la mano derecha. Y no me sent emocionado, sino tonto. 
Aquella solemnidad no me llegaba. Perdnenme, pero me saba ms a comedia. 
Y decadente.
-Repite conmigo.
Repet con l:
-Juro por la salvacin de mi alma que cumplir honestamente, con buena voluntad, compasin, prudencia y gratitud todas las obligaciones que desde hoy asumo ante la Ley, ante mi conciencia y ante Dios, en la proximidad de la muerte de mi amigo y protector, don Baltazar Valenzuela.
Cuando mi voz se apag como un eco del suyo, me mir a los ojos, a travs de ellos, se asom a mi alma, y me dijo:
-Si as no fuera, que te pudras en el Infierno.
Le quise aclarar que en el Infierno nadie se pudre, sino arde, y que adems, se haba olvidado de la Biblia, pero lo pens mejor y call. Ese era su momento, de desesperacin y de esperanza al mismo tiempo, la nica frmula para la tranquilidad de su pobre espritu. El ltimo gesto de amor por el hijo que estuvo a punto de ser abogado y ahora era apenas una cosa repugnante all en su cama. Si quera solemnidad, la tendra. Y pona yo cara solemne.
Abri la carpeta, y all estaba todo. Un diagnstico mdico firmado por una constelacin de doctores y conformado por dos escribanos, en el cual se declaraba a Inocencio Valenzuela, su hijo, incapacitado fsico y mentalmente en un ciento por ciento. Un documento judicial, acta o sentencia, firmado por un Juez, con el ante m de un Secretario, y por las dudas, pienso yo, con un se tom nota o algo as de la Corte Suprema, declarando igualmente al tal Inocencio Valenzuela incapacitado legal y jurdicamente en la misma proporcin, y finalmente, copia del testamento de don Baltazar Valenzuela, cuyo original estaba depositado en la Escribana de Sotero Gauto (el de los prstamos) y que deba abrirse el da de su muerte y ser sometido al proceso de la sucesin. Dicha copia deca que el testador designaba en vida y en pleno uso de sus facultades administrador de todos los bienes a don Carlos Salcedo, que deba cuidar del bienestar, tratamientos mdicos, y de todo lo necesario para que el incapacitado Inocencio Valenzuela no pasara angustias ni daos ni peligros, y en su caso, recibir los tratamientos mdicos que los futuros adelantos de la ciencia recomendaran para su restablecimiento parcial o total. Adems, que si tal restablecimiento se produjera hasta el punto de que los mdicos y los jueces lo declararan capacitado para responsabilizarse del manejo de los bienes, Carlos Salcedo se inhibira de dichas responsabilidades y recibira como honorario la quinta parte de los bienes segn inventario. Que en caso contrario, falleciera Inocencio Valenzuela, y su muerte fuera atribuida por no menos de tres mdicos a causas naturales (viejo len desconfiado!) toda la herencia pasara a constituir patrimonio de Carlos Salcedo, en calidad de honorarios por los servicios prestados a Inocencio Valenzuela. Finalmente que por el papel de Administrador que se atribua a Carlos Salcedo, le fijaba un sueldo ms que decoroso, pero no se le autorizaba a realizar operacin alguna, salvo aquellos necesarios al sostenimiento de la casa, los pagos de impuestos y los honorarios mdicos, que no fueran autorizados por el Dr. Nemesio Gauto-Abogado, y por el escribano Sotero Gauto, que tambin reciban generosas asignaciones... mientras Inocencio durara. Otros digo: 
en el caso de que yo heredara tras la muerte de Inocencio, los hermanos Gauto recibiran una octava parte del total, como honorarios. Si yo muriera, o quedara imposibilitado mental o descalificado legalmente de recibir y administrar el caudal, todo pasara a manos de los hermanos Gauto, que se ocuparan de mi bienestar, del mismo modo que yo me ocupara del de Inocencio. O sea, agrego yo, que la alternativa nica para m era seguir con el negocio de la usura, con la celosa vigilancia de aquellos dos asociados. No voy, me conducen, le haba escrito a mi madre en aquella carta que nunca fue remitida.
Por lo menos, hasta que Inocencio muriera, carajo de vida que me tocaba vivir. Vivir esperando que otros mueran. Carlos Salcedo -me dije-, ya puedes alzar el vuelo e ir a posarte junto a tus negros y picudos compaeros, all en ese rbol seco donde esperan con paciencia la muerte de la vaca abandonada por el tropero.
Terminamos de examinar aquellos documentos. Don Baltazar me mir. 
 
-Tienes algo que decir? -inquiri.
-Todo correcto, don Baltazar -le respond.
-Es lo que esperaba que dijeras.
Desde luego, para eso fui amaestrado, le repliqu mentalmente.
Un mes y medio despus, don Baltazar muri. Y en una forma que sublimaba su indeclinable propensin a lo dramtico, pues apenas el mdico le cerraba los ojos y tapaba piadosamente con una sbana su cara crispada por un ltimo intento de rugir una recomendacin final y se oan los quedos sollozos de Celina y de la servidumbre congregada en la puerta, sonaban las doce campanadas de un 31 de Diciembre, y atronaba la noche el alegre estallido de cohetes y petardos.
Ao nuevo, vida nueva. 



- XXII -
Han pasado dos aos ms, y vuelvo a rescatar mis apuntes para continuarlos, desde aquel momento en que sub a la habitacin de Inocencio.
-Murete -le susurraba yo, y el vegetal me miraba con sus ojos vacos, atrado slo por el sonido de mi voz.
-Murete -y gorjeaba como un beb monstruoso (44) y gris. Entonces, me acercaba venciendo aquel repugnante olor a derrota que exhalaba todo l, y le gritaba al odo, queriendo que mi voz fuera como una trompeta de Jeric que derribara sus obscuras murallas y llegara a su conciencia como un mandato terminante y final:
-Murete!
Y entonces entr Celina y me mir con espanto.
-Qu le ests diciendo?
-Que se muera.
-Jess, Mara y Jos!
Sali corriendo. La llam. No volvi.
Yo saba que no volvera. Antiguos moldes se estaban rompiendo. 
Paciencia. Los moldes se hacen siempre de materiales quebradizos.
No s cundo empez. Podra ser cuando me recib en la Facultad y para el acto de colacin invit a mis padres, y no invit a Celina, pero concurri lo mismo, acompaado por el eterno Scrates. Cuando los vi de pie contra la pared, sin atreverse a ocupar unas sillas, no le di mucha importancia a la impertinencia. Despus de todo, aquel ttulo era tambin la culminacin de su lucha. Merecan satisfaccin. Me puse en lugar de ellos y trat de sentirme elemental como ellos y asumir aquel cmulo inexpresable de sentimientos de jbilo que deba agitarse en sus corazones ante el sorprendente, maravilloso descubrimiento de que as como eran, gente baja, gente del bajo, haban puesto mucho de s para ayudar a levantar a pulso a un ser humano, e izarlo en aquella tarima para ponerse en la testa una toga y recibir un diploma de doctor. Trat de ser justo con ellos, y me hice la promesa de que no les faltara nunca nada. Siempre que ocuparan su lugar.
Siempre que ocuparan su lugar. Esto puede parecer duro. Pero yo no invent el mundo ni establec escalones, selectividades ni prioridades. 
Por supuesto, nunca olvidara todo lo que deba a aquella estrafalaria pareja, que reconoca me haba conducido por un camino de salvacin hasta que don Baltazar tom la bandera como un corredor de postas, pero no poda olvidar que ese camino alumbrado por la generosidad primaria de Celina y de Scrates estuvo tambin sembrado de mi resentimiento y mi vergenza. 
Currculum del Dr. Carlos Salcedo: lleg a Asuncin con su diploma de Bachiller. Cay enfermo y fue salvado por una ramera y un deficiente mental, quienes le estimularon a estudiar y a ingresar en la Universidad, recibiendo de la primera decisivo apoyo econmico. Por cierto, aquello deba borrarse para siempre.
Tengo conciencia de que en este largo relato me estoy metiendo en un terreno de contradicciones. Que se justifican. No estoy componiendo una sinfona ni estoy escribiendo un poema. Estoy relatando mi vida. O la vida, que est hecha de contradicciones, de tal manera que si se dice con razn que el hombre es hijo de su circunstancia, nadie ha dicho que la circunstancia es la ms caprichosa de las madres, porque cuando ella cambia, el hijo debe cambiar, o queda marginado. Adems, la historia de un hombre no es historia de su vida, sino la historia de sus vidas. De a una por vez, y todas, respuestas a situaciones que nunca son iguales, que hacen que estemos en permanente proceso de adaptacin a nuevos requerimientos. Sobre el punto, creo que lo que diferencia a la inteligencia del instinto es que la inteligencia conlleva libertad de eleccin. El perro elige un amo y vive y muere a su sombra. El hombre no elige a ninguno pero menea el rabo a todos, mientras le sean tiles. Lo malo es que nunca sabremos si cuando meneamos el rabo, lo hacemos con sinceridad absoluta.
En aquel acto de colacin tambin estaban mis padres, sentados en segunda fila. Mi madre resplandeca de orgullo y mi padre tena la cara aburrida de quien espera que todo termine para marcharse a casa y despojarse del insoportable zapato y de la asfixiante corbata. Nunca sabr si enviarles el viejo Dodge (mis cancerberos no haban credo necesario ni justificado comprar un auto nuevo) con chofer contratado para la ocasin que los trajera a la ciudad fue un acto de amor o un gesto de insolencia, pero all estaban. Mi padre para que les comentara a mis hermanos cmo fue la ceremonia, y mi madre para pavonearse por todo el pueblo con una descripcin ms colorida y entusiasta que la que hara mi padre.
Algunos compaeros de promocin, con gesto teatral, descendan de la tarima e iban a depositar sus diplomas en el regazo de sus madres. Tal vez tuvieran sus razones para hacerlo, pero cuando yo recib aquel cilindro atado con una cinta multicolor, lo apret contra mi pecho. Era simplemente mo. No corresponda al regazo de nadie, y cuando recib el beso de mi madre y el ceremonioso abrazo de mi padre, lo tena all contra mi pecho, mo, fruto de mi duro trajinar por la desesperacin, la renuncia, el sacrificio y la vergenza.
En aquella ocasin, cuando la gente empezaba a disgregarse, mi madre me pregunt donde sera la fiesta. Le contest que la fiesta acababa de terminar y no habra otra. Not el contento en la cara de mi viejo y la decepcin en la de mi vieja, que hubiera querido pavonearse entre la gente de la Capital y hacer notar discretamente que el Dr. Carlos Salcedo, el agasajado, era su hijo. Pero se resign cuando le dije que el auto les esperaba afuera y en cuatro horas podan estar en casa. Se fueron agitando las manos hasta que el vehculo dobl en la primera esquina. De pie en la acera, con mi diploma en la mano, alc la vista y vi a Celina y a Scrates en la otra acera. Estaban en actitud de espera, pensando que de acuerdo al antiguo molde, yo deba cruzar la calzada y permitir que Celina acariciara aquella cartulina milagrosa. Pero repito, los antiguos moldes se rompen -o deben romperse-, y agit las manos con un saludo y trep al automvil de un compaero que se ofreci a llevarme. Desde el automvil, los volv a saludar.
-Quines son? -pregunt mi compaero.
-De casa. De la servidumbre -contest.  



- XXIII -
Ahora que recuerdo, hasta aquel da de la colacin, nuestra vida haba seguido una rutina ms o menos montona. El negocio continuaba, totalmente manejado por los hermanos Gauto. Yo me limitaba a firmar documentos y cheques, de ir asentando cifras en el cuaderno de contabilidad, y de vez en cuando, abriendo el ltimo cajn de la izquierda para guardar un nuevo ttulo de propiedad que pasaba a engrosar la fortuna de mi administrado. En algn momento hice un rpido balance y comprob lo que ya saba. Que don Baltazar muri rico. Y que los caudales crecan. El nico cambio que introduje fue despedir al viejo jardinero y asignar a Celina el sueldo, para sus gastos, dinero que creo pasaba automticamente a los bolsillos de Scrates, o por lo menos, gran parte de l. Todos los jueves, iba a buscar en el automvil al mdico que controlaba a Inocencio, y me quedaba a contemplar la repeticin de lo mismo, es decir, el mdico que con gesto aburrido auscultaba al enfermo, susurraba algo con la enfermera permanente, que viva en la casa, como se supondr, cerraba el maletn y se iba. En cierta ocasin, le acompa basta la salida, y all le plante una cuestin.
-Doctor, la ltima voluntad de don Baltazar expresa que se recurra a cualquier adelanto mdico que surja para la recuperacin de su hijo.
-Lo s -me contest, y continu-: pero para recuperar a ese pobre hombre hace falta ms un milagro que un adelanto mdico. Lo que tiene no es una enfermedad, es una mutilacin total, irreversible.
Lo malo de hablar con los mdicos es que andan tan frecuentemente por los lmites de la esperanza y del sufrimiento, que aprenden a leer el pensamiento de la gente, o por lo menos a anticipar reacciones. De modo que cuando clav en m su mirada clara e inteligente y me dispar: alguna otra pregunta?, me estaba dando a entender que tena va libre para hacerla, aunque fuera cruda. Sin embargo, a pesar de sentirme desnudado por aquella mirada penetrante, logr sostener en pie cierta dosis de hipocresa social...
-No s a qu se refiere -le dije.
Sonri. Con esa sonrisa de no nos jodamos del que sabe que el otro sabe que l sabe.
-Lo que Ud. quiere saber es cunto tiempo ms durar el enfermo antes de reventar -me dijo.
-S -le confes-, pero mis motivos...
-Ya los conozco -me cort.
-Usted parece saberlo todo.
-Eso parece. Pero no se preocupe, no antagonicemos. 
-Antagonizar?
-Yo tengo la obligacin de mantenerlo con vida. Ud quiere que se muera. Dejemos que Dios decida. O el Diablo, lo mismo da. Pero comprenda una cosa: yo cumplir mi deber hasta el lmite.
-Le felicito, y le agradezco su sinceridad -le contest-, pero me gustara que me ilustrara sobre algunos puntos, puramente tericos...
-Ya s. Ud. me pide un clculo de probabilidades de vida que tiene mi paciente.
-Digmosle as.
-No hay otra manera de decirlo, hombre. Bien, a lo que quiere saber: 
un hombre postrado en cama, incapaz de moverse, que no se atrofia totalmente porque esa mula de enfermera es experta en masajes, y los hace a conciencia, est expuesto a muchas complicaciones, generalmente pulmonares, que casi siempre resultan fatales. Pulmona, neumona... 
adis! Su probabilidad de vivir est en relacin directa con la responsabilidad de la enfermera, su vigilancia, su cuidado, su celo y hasta su instinto para detectar sntomas... y llamarme.
-Buenas tarde.
Se march abruptamente, con cierta descortesa, pero si su intencin fue la de hacerme ver que me conoca, lo haba logrado. Y si fuera darse a conocer, tambin lo haba logrado.
Aquella conversacin tuvo lugar unas semanas antes de la colacin en la Facultad, y hasta entonces -repito- la vida haba seguido una rutina bastante llevadera. Almorzbamos y cenbamos con Celina, y cada vez ms frecuentemente con Scrates, en la cocina. Cuando terminbamos, Celina suba a vigilar al enfermo, y la enfermera bajaba a la cocina a alimentarse a su vez. Ya parecamos incrustados en la costumbre, cuando produje el gran cambio, exactamente el da en que regresaba a casa convertido en flamante Doctor en Ciencias Econmicas. Orden a la cocinera que, en adelante, se me sirviera la cena y el almuerzo en el saln-comedor, dicho lo cual, sub a mi pieza, cambi mi traje por otro ms liviano, me puse corbata y saco, liber mis pies de los zapatos y me puse en ellos una cmoda pantufla. Exactamente como don Baltazar.
Cuando baj a cenar, la cocinera haba dispuesto la mesa del comedor, con tres cubiertos, suponiendo que Celina y Scrates, que ya haban regresado, seran parte de mi desplazamiento hacia el comedor principal. 
Trat de corregir aquello de la manera ms discreta posible, pero el dao ya estaba hecho, porque la cocinera ya haba anunciado a Celina la mudanza, e incluso, le haba pedido que la ayudara con los cubiertos.
Ahora o nunca -me dije, y no vacil mucho. Llam a la cocinera y le dije que retirara dos cubiertos, que en adelante Celina y su invitado seguiran en la cocina. No le dije, pero se lo hice pensar, que el Dr. 
Carlos Salcedo almorzara y cenara en adelante, como el Dr. Carlos Salcedo.
En alguna parte haba ledo que existen la explosin y la implosin. 
Explosin, energa liberada locamente para afuera. Implosin, energa furiosamente atrada hacia el centro. Pues bien, la reaccin de Celina fue implosin. Si sinti pena, furia, odio, resentimiento, se los trag ntegros, los cubri con un manto de torvo silencio, e hizo de su rostro una mscara tan rgida, que si se sinti humillada y herida, no lo demostr en absoluto.
Lo que s demostr fue silencioso orgullo, pues mientras yo cenaba, la vi dirigirse tiesa, erguida, obviamente sin cenar, al piso de arriba para relevar a la enfermera y permitir que ella s bajara a comer algo en la cocina. Al mismo tiempo, por la ventana, vi a Scrates que se marchaba masticando un enorme sandwich y seguramente sin comprender muy bien lo que pasaba.
Una semana despus, ocurra aquel episodio en que Celina me sorprenda gritndole al odo a Inocencio que por favor se muriera. 
 



- XXIV -
Los acontecimientos evolucionaron an ms, cuando una tarde se produjo la visita de los hermanos Gauto, y un tercer personaje que portaba un maletn. Los recib en la sala, donde los cuatro nos sentamos con aire solemne, yo por no saber de qu se trataba y quin era el sujeto del maletn, y ellos, por no saber por dnde empezar. Ofrec bebidas y las rechazaron cortsmente. Por fin, habl el Escribano Gauto.
-Doctor -me dijo-, espero que no atribuya a ninguna falta de confianza esta visita.
Lo mir sin comprender, porque no comprenda.
-Es que nos hemos permitido traer con nosotros un mdico -explic el Abogado Gauto-. El doctor Sosa, aqu presente.
El Dr. Sosa me hizo una leve inclinacin de cabeza. Yo le hice otra leve inclinacin de cabeza.
-No alcanzo a comprender donde entra la confianza o la desconfianza en esta visita -dije.
-Se trata de que el Dr. Sosa examine al enfermo. 
-Para qu? Ya tiene uno, y a satisfaccin de don Baltazar, y a la de Uds. -repliqu.
-Correcto -dijo el Escribano.
-Pero lo que abunda no daa -agreg el Abogado, con la risa ms falsa del mundo, a la que no acompa ni su hermano. Hablaban a do, pero no tenan el sentido del humor a do.
Perspicaz, o paranoico, como prefieran, not en todo lo que estaba sucediendo una nota falsa. Una conviccin que se abra paso. El objetivo NO era enterarse de lo bien o mal atendido que estaba el enfermo. Era otro. Cul? Decid dejarlo correr. A alguna parte conducira.
-No me opongo en absoluto -dije, adoptando incluso un aire de honestidad herida, oportuno para el caso.
Me levant para acompaarles.
-Me atrevera a pedirle que no est presente -solicit el Abogado.
Acentu mi gesto de moralidad ofendida, y me sent, haciendo con las manos un elegante gesto que quera decir: Tenis abierto el camino. 
Marchad.
Los tres subieron la escalera, y yo qued all, sentado, cavilando sobre qu demonios se traan entre manos los dos hermanos leguleyos y su agregado mdico. Tardaron aproximadamente una hora arriba. Cuando por fin bajaron, el mdico se acerc a m, murmur algo as como un placer, me dio la mano y se fue. Los Gauto se quedaron, en obvia espera de que les invitara a sentarse. Los invit porque la cuestin me estaba resultando sumamente curiosa. 
-Ahora s le aceptaramos una copita -dijo el abogado Gauto.
Serv una ronda de whisky (45). Y los mir. Es increble como ayuda un vaso de whisky (46) en la mano cuando se tiene algo que decir y se est acopiando nimos. Los castigu con mi silencio. Record al Dr. Quinez y casi se me escapa un insolente y bien?
El Escribano miraba al Abogado como dicindole sultalo y el Abogado miraba al Escribano como diciendo tommonos tiempo. Mientras tanto, yo me daba tiempo para estudiar aquella curiosa pareja de hermanos, inslita alianza de dos seres unidos por la sangre y por el oficio. El uno que daba dinero y el otro que cobraba, o castigaba. Imagin a su vieja mam, si an viva, arrastrando zapatillas y murmurando orgullosa que sus hijos son unos modelos de hermanos. Finalmente, el Abogado solt prenda.
-Presumo que podemos hablar francamente -dijo, que es como decir nada.
-Y bien? -no pude resistir la tentacin.
-No es muy fcil de expresarlo -continu.
-Tratndose de un enfermo... -le anim.
-No se trata del enfermo -manifest.
-Se trata de Ud. -agreg el hermano Escribano.
Me tomaron de sorpresa. Haban trado a un escurridizo mdico a ver al enfermo... y se trataba de m.
-Qu pasa conmigo? -atin a preguntar.
-No le estamos haciendo honor a su inteligencia -respondi el hermano Abogado. 
Haba detectado un leve matiz cortesano, aduln, en aquella frase.
A veces, la mente hila con la velocidad del rayo, y con la velocidad del rayo lo comprend. El mdico no haba venido a controlar nada, pero s para dar su opinin sobre una cuestin que angustiaba a los hermanos Gauto: cunto ms vivira Inocencio. Es decir, cun cerca estaba yo de asumir plenamente la herencia. Y, es decir nuevamente, cun cerca estaban ellos de quedar separados del negocio, y con su msera octava parte. Y haban trazado la estrategia para quedarse pegados a m cuando yo fuera el patrn absoluto. Cuando Inocencio muriera. Ya no me senta buitre solitario. Ya ramos tres. Les di cuerda.
-Si fueran un poco ms claros...
-El caso es que hemos llegado a la conclusin de que nos estbamos excediendo en nuestro celo... -dijo el Abogado, y automticamente mir al Escribano, porque ya me estaba acostumbrando a que hablaran en do.
-...y desperdiciando brillantes opciones de acrecentar los caudales que pueden surgir de su preparacin acadmica y de su inteligencia -agreg pomposamente el Escribano.
Un buen romance -pens-, estn renunciando a la estricta vigilancia que hacan sobre mi administracin, a la veda impuesta a toda actividad que no fuera la usuraria de costumbre, y estaban tratando de comprar mi buena voluntad futura con una mayor libertad de accin posible para m. 
Oportunistas de mierda.
-Les agradezco mucho -ceb el anzuelo-, pero por ms ideas brillantes que la pueda tener, hace falta el respaldo de un Capital operativo.
Mordieron, o mejor dicho, se disputaron la mosca, tan ansiosos estaban, y despus ya todo fue fcil. Autorizaran la venta de tres propiedades (es ms, ellos mismos se encargaran de hacerlo), el dinero ira a parar a una cuenta corriente que yo manejara solo, invirtindolo segn mi criterio en operaciones sobre las cuales se llevara una contabilidad aparte, obligndome a hacerles una rendicin de cuentas trimestral.
-Slo a ttulo de formalidad, slo a ttulo de formalidad -se apresur a decir el hermano Abogado.
-Para no salirnos de los trminos generales de la ltima voluntad de don Baltazar -agreg el hermano Escribano.
-Correcto -dije-, queda pendiente la cuestin de las comisiones para Uds.
-Por favor! -dijo el Abogado, escandalizado. Pareca genuino.
-Digamos entonces... participacin -insist.
-Ni hablar! -exclam el hermano Escribano, compitiendo en moralidad con el otro.
-Nos damos por satisfechos con el honor de ser sus colaboradores -remach el hermano Abogado-; despus de todo, el negocio que nuestro querido don Baltazar dej en pie seguir funcionando en la forma corriente... y las actividades que Ud. lleve adelante se integrarn al todo.   -Por cierto -le tranquilic, porque aquello sonaba un poco a pregunta.
Y ah termin todo. Se fueron por fin seguramente, comentando felices de que se haban ganado mi buena voluntad para siempre. Y yo cerr la puerta tras ellos, con la firme decisin de echarlos a puntapis el mismo da en que enterrramos al bueno de Inocencio.
Pobre Inocencio. Nunca sabra qu carcter, qu temperamento tendra. 
Qu cosas le indignaran y qu provocaran su exaltacin. Y qu hubiera pensado antes de estrellarse con su automvil, si alguien le dijera que estara manejando el destino de tantas personas, desde la sombra profundidad de su vida sin vida.
Unos treinta das despus, se abra una cuenta corriente con mi firma como nica libradora, por una suma de ocho cifras.
En algn poema, supe alguna vez del gozo con algo de borrachera que siente el aguilucho en su primer vuelo, el salto al abismo, el terror innombrable y, de repente, la comprobacin del poder y la magia de las alas que sostienen y convierten al viento en esclavo y a las distancias en regocijadas invitaciones de vida y desafo.
As me sent, cuando me lanc a una vorgine de actividad despus de dos o tres das de prudente reflexin sobre la naturaleza del terreno que me convena explotar. Ya est, negocios inmobiliarios. Si existe algo que hace valioso y duradero el dinero, es la propiedad. Y especul con dinero y propiedades, compr y vend, invert en eriales y lote jardines. Pagu sucesiones muertas de cansancios tribunalicios y me qued con la parte del Len, siempre que fueran en tierras, y sobre esas tierras puse a trabajar a ingenieros y arquitectos que me edificaron barrios donde la gente menuda vena a convertir en realidad sus ilusiones de tener un envase propio, hasta con su pedacito de lirismo que se llamaba jardn y no pasaba de ser un trozo reseco de tierra muerta que el sol castigaba sin piedad.
No quiero fatigar a nadie con la relacin de los exitosos negocios que encar, aunque s puedo decir que la cuestin no es tan difcil como parecera. Todo consiste (47) en tener puntos de partida firmes. 
Conocimientos concretos. Como que hay hombres que ganan y hombres que pierden, ganadores por audacia y perdedores de nacimiento. Que el dinero da valenta y la falta de l angustia; que es mentira que la necesidad aguza el ingenio, porque lo que aguza es el miedo, y una contraparte con miedo es presa fcil; que Napolen se qued corto cuando dijo que todo hombre tiene su precio, pero no dijo que cuando el hombre acepta un precio por s mismo ya barri con sus defensas y est listo a aceptar el precio que LE pongan.
Alguna vez, al salir de un Banco escuch que en un grupo de personas alguien susurraba algo as como que ah va ese joven demonio. Me pareci exagerado, pero me halag.
Joven demonio? Por qu? Porque nunca nadie me tom desprevenido ni me puso a la defensiva. Tena mi educacin acadmica, tena mi francs para fanfarronear en la lengua de Molire cuando era necesario, y mi ingls para darme ese toque de hombre seguro de s mismo, de quien le habla a un yanqui en su propio idioma, sacndole del apuro de tener que farfullar un castellano de gua de turismo. 
Nadando en piscinas de aguas templadas, rodeadas de quitasoles multicolores con gente ociosa y rica que dormitaba en reposeras y con mozos de smoking rojo, que trajinaban con bebidas heladas, hice de amigos, hice de socios e hice de cmplices, alabando en el fondo de mi corazn la sabidura de Celina que haba instruido a Scrates que me tirara al agua, all en un tiempo que pareca al otro lado del tiempo.
Supe de la importancia del aprender a beber, cuando advert que l saber beber consiste, especialmente en los negocios, en beber ms que el otro pero emborracharse menos. Y aunque parezca increble, fue el hecho de ganarle en el truco a un estanciero panzn el certificado de inteligencia que me vali el respeto del bruto, y la opcin de compra de una propiedad suburbana que se disputaban los grandes pulpos del gremio.
Cuando compr el Mercedes Sport, invit a casa a los hermanos Gauto, los llev al garaje y les plant frente a las narices aquel airoso monstruo pulido. Se deshicieron en alabanzas. Preguntaron a cunto corra, cunto consuma cada cien kilmetros, se deleitaron sentndose al volante, y haciendo que la capota automtica subiera y bajara. Fue el Escribano el que lleg al colmo de servilismo de extraer su inmaculado pauelo y limpiar una manchita de la brillante carrocera. Hijo de...
Quizs fue en la noche de aquel mismo da que fui a la cocina a buscar hielo, y encontr a Celina.
-Hola, Celina.
-Hola. 
-Te cuento un chiste?
-Si quers.
-Me llamaron joven demonio.
-Si?
-Lo soy?
-No s.
Desde cundo tan hermtica? y por qu? Decid tocar puntos sensibles.
-Debes saberlo. No sos ms mi madre?
-Creciste. Y cuando los hijos crecen, se van.
-Me fui yo?
-S. Te fuiste. Ahora somos como dos extraos. As debe ser.
-Pero vives en mi casa. Entonces no somos dos extraos.
-No es tu casa.
-Cmo?
-Es la casa de Inocencio.
Me qued helado. Otro parto simblico? No se agotara nunca ese loco manantial de obsesiones maternales de la pobre mujer?
-Inocencio es como tu hijo, acaso?
-No s. Pero necesita de una madre.
-Qu locura!
-Cuando vos me necesitaste no fue locura, porque tambin te necesitaba a vos.
-Y ahora le necesits a l, Celina?
-S, porque le cuido y me siento como quiero ser. Me hallo cuando soy como quiero ser.
Me hallo. Misteriosa sntesis de la plenitud que los paraguayos encontramos en una corrupcin feliz del idioma. Me hallo, que equivale a ser feliz. Y a encontrarse consigo mismo.
Ms tarde, muy tarde ya, llam a mi oficina a la enfermera. Apareci arrastrando sus zapatillas y con la cabeza llena de ruleros. Me pregunt qu clase de almohada usara para dormir con todo eso.
-Sintese -le dije, y ella se sent, mirndome en silencio-. Cmo anda nuestro enfermo?
-Como siempre, doctor.
-Difcil cuidarlo?
-Es mi oficio, doctor.
-Celina ayuda?
-Es una santa, doctor.
-Vaya!, cunteme.
-Bueno, doctor. Antes tena mi da libre y no poda o no quera salir. Ahora me voy tranquila porque le cuida Celina.
-Pero ella no sabe cuidar enfermos!
-No es un enfermo, es un beb.
-Estn locas las dos?
No se le movi un rulero.
-Quiero decir, doctor, que cuidarlo es lo mismo que cuidar un beb. Y Celina... es como si gozara cuando lo hace.
Claro que gozaba!
-Quiere decir que... le quiere al be... a Inocencio?
-Es una santa!
-Ya dijo eso! 
-Perdone, doctor. Pero si es una mujer es una santa, es una santa. 
Hasta Inocencio lo siente.
-Siente?, dijo siente?
Resplandeca ahora de alegra. Despus de todo, tambin a ella le corresponda el mrito si alguna luz brillaba en el obscuro pozo de la conciencia de Inocencio.
-Le conoce a Celina. Cuando la ve, est ms contento.
-Qu hace?
-Nada.
-Cmo nada? Re, patalea, hace glugl?
Me mir con reproche, y slo entonces me di cuenta de que haba una gratuita ira en mi voz.
-Est despierto? -le pregunt entonces.
-S. Duerme muy tarde.
-Quiero verlo. Y a Celina.
Me levant.
-Ella ya habr dormido!
-Despirtela.
Fue a despertar a Celina y yo sub las escaleras hacia la habitacin de Inocencio. Al entrar me sali al encuentro el odiado olor a muerte en vida. Un velador de luz tenue estaba encendido en la mesita de luz, sin llegar a alumbrar la astrosa cama de la enfermera, que permaneca en las sombras. Me acerqu al pobre hombre. Tena los ojos abiertos. Gir hacia mi rostro su mirada, pero haba en ella tanta vida como en las arenas del desierto. O que se abra la puerta y la voz de Celina que preguntaba con angustia:
-Qu le pasa a Inocencio? 
De la garganta del invlido surgi un gorgoteo. Mir sus ojos. El desierto haba florecido. Oa y reconoca la voz de Celina, y esa voz conjuraba una chispa de vida que brillaba en los ojos de Inocencio. Celina pas a mi lado como un rayo, se sent en la cama y levant y acun en su regazo al tullido, inmenso, desmadejado beb, que gorgoteaba feliz.
Mir aquella parodia de maternidad monstruosa a la luz espectral del velador. Y me pareci horrible. Pero ms horrible fue para m al final la mirada que me diriga Celina, cargada de miedo, de ese desesperado miedo de las madres humanas o bestiales, pero miedo, miedo elemental de perder la cra en las fauces del depredador. Ah va ese joven demonio. Quin y cundo lo haba dicho?
Baj a mi despacho y llam por telfono al mdico. Me dijeron que estaba durmiendo. Orden irritado que lo despertaran, y poco despus me atenda con un hola todava pegoteado de modorra.
-Doctor, disculpe la hora, pero parece que ha sucedido algo nuevo.
-A qu se refiere?
-A Inocencio. Ya no es un vegetal.
-Qu dice?
-Siente.
-Siente qu?
-Qu s yo! Afectos, placer, contento.
-Y qu?
-Quiero saber si es progresivo. 
-Ah, ya. Cunteme de nuevo.
Le cont lo mejor que pude y con lujo de detalle la clara reaccin emocional de Inocencio ante la presencia de Celina. Termin, y al otro lado de la lnea slo haba silencio. Pens que el maldito se haba dormido.
-Doctor! Me escuch?
-S, y medito.
-No podra meditar en voz alta?
-Vea, amigo -me dijo-, el cerebro es algo tan complejo que los mdicos no sabemos sobre l ni el diez por ciento de lo que debemos saber. 
Y me refiero a un cerebro normal.
-Qu quiere decir?
-Cmo demonios voy a saber nada de un cerebro que se desparram sobre el tapizado de un automvil y fue devuelto a puados dentro de su caja abierta?
-Ud. exagera, doctor.
-Un poquito. Es para que se d una idea de lo imposible que me resulta responder a su angustiada consulta nocturna. Ud. dice que Inocencio tiene emociones. Y qu? Que le produjo la cercana de una hembrota que huele y exuda (48) sentimientos maternales. Mire, amigo, soy mdico, no brujo, ni mago, pero soy humilde, y le digo no s. De suerte que puedo perder mi tiempo teorizando con la misma ignorancia que Ud. Qu tal si nos pasamos la noche discutiendo sobre dnde, en qu rincn ignoto se refugi el alma de Inocencio, suponiendo que tal cosa exista? Qu me dice de eso del valor teraputico de la fe? Y no puede ser tambin de valor teraputico el amor, el torrencial amor de esa mujerona que Ud. me describe como una madre obsesiva? Sabe Ud. algo de los santos eremitas esquelticos y sucios que al morir olan a santidad, es decir a perfume de rosas? Y qu me dice de las santas que murieron y no se pudrieron nunca? Sabe Ud. algo de todo eso?
-Claro que no.
-Y cmo carajo quiere que yo lo sepa?
Click. Cort. Todava boquiabierto por su caudaloso y sooliento discurso, sostuve largo tiempo el tubo contra la oreja.
Cuando lo deposit en la horquilla, vi a Celina en la puerta, y supe que haca bastante tiempo que estaba all. Haba escuchado todo hasta mi descripcin de su obsesin maternal.
-Qu te dijo el doctor? -me pregunt.
-No fue muy claro, Celina.
-Cree que se va a curar?
-No sabe.
-No es doctor acaso?
-Los doctores no lo saben todo -le expliqu con paciencia.
Con cauta paciencia.
-No me ests mintiendo?
-Y por qu habra de mentirte?
-Quers que se muera. Le gritaste en el odo que se muera.
Me levant, reprimiendo las ganas de golpearla.
Control la voz.
-Celina. Quieres seguir viviendo en esta casa?
-Necesito... 
-Muy bien. Entonces te vas a olvidar para siempre de lo que viste.
-Me voy a callar, s. Olvidar no puedo.
-Con un poco de amor se puede, Celina. Amor por m.
-Ya no te tengo amor.
-No?
-Te tengo miedo. Por l.
Se volvi y sali cerrando suavemente la puerta. Ah va ese joven demonio. Por qu lo recordaba a cada instante?  



- XXV -
Iba a escribir que felizmente y lo tach. El caso es que el destello de vida que deton Celina en Inocencio no pas de aquella lucecita en los ojos y en el sutil cambio de tono de sus berridos. Pero como yo necesitaba seguridad, forc al mdico, ayudado por los hermanos Gauto, a convocar a una consulta mdica. Los tres, los Gauto y yo, en la debida pose de quienes se preocupan formalmente por la salud y el bienestar de nuestro protegido. Los cuatro doctores revisaron, palparon, auscultaron, pincharon nervios, msculos, buscaron reflejos, analizaron, discutieron, pidieron nuevas radiografas (49), iluminaban con potentes linternitas las (50) profundidades de los ojos del invlido, discutieron mucho, llegaron a un informe final: no vean perspectivas de recuperacin alguna. Se cobraron la noticia pasando una cuenta fabulosa.
Trat de olvidarme de todo ello y lo logr a medias, porque no poda quitarme de encima la sensacin de que Celina me haba visto desnudo. Y que Celina saba de m ms que nadie en el mundo. Era como llevar una cruz, y sentir su peso.
Volv a mis actividades con mayor bro que nunca, y una maana, cuando terminaba de desayunar con unos inversionistas suizos en el Hotel de It Enramada, y me despeda de ellos, me llam la atencin el esfuerzo que hacan dos caballeros por entenderse, apoyados en el mostrador del Bar inmediato al comedor. Uno de ellos, un anciano, trataba infructuosamente de hacerse entender en ingls al otro, obviamente yanqui o europeo, grandote y atento, que inclinaba cortsmente el odo hacia su interlocutor tratando de captar el significado de lo que ste farfullaba. Pareca el gringo grandote a aquel perro de la Vctor que escucha atentamente en el cornetn de un viejo gramfono. Me acerqu discretamente y ped un jugo de naranja. Capt lo que el anciano quera decir al extranjero, me volv al primero, le dije me permite seor y traduje al otro lo que pretenda decir el anciano.
-El caballero -le dije al perro de la Victrola en ingls- le est diciendo que la cita con el seor Director Ejecutivo es maana a las 11 de la maana.
-Ouuuu! -dijo el extranjero.
-Y que le enviar el automvil a las 10.30 -agreg feliz el anciano.
Lo traduje.
-Ouuuu! -volvi a expresar su contento el gringo.
-Y que por favor, no se olvide de las carpetas con los currculums -me sigui utilizando mi compatriota.
Volv a traducir. Y el otro dijo otra vez ouuuu y me pidi que le dijera al distinguido amigo que mucho le honrara si aceptara cenar con l, en el Hotel, esa noche. Se lo dije al hispano parlante y este me pidi que dijera a su inapreciable amigo que le pona en difcil situacin, porque era l quien quera invitarle a cenar en su residencia, y que cometiendo un imperdonable desliz haba dado por supuesto que aceptara y todo estaba dispuesto.
Se lo traduje al angloparlante, que dijo que se sentira sumamente honrado en acudir a la invitacin, y preguntaba a su anfitrin si no cometa una indiscrecin si sugera que se extendiera la invitacin a este simptico joven que les haba sacado de apuros y que (je je je je) poda serle de suma utilidad para pedir la sal o formular un brindis. Gracioso como un pistn, el grandote.
Traduje al castellano para beneficio de mi compatriota, y sonre con el debido rubor en la parte en que se sugera que se me invitara.
Acuerdo completo. El chofer del anciano vendra a las 21.00 a buscar al extranjero. Este se despidi y subi a sus habitaciones, porque quera echar un vistazo a las carpetas o algo por el estilo, y adems deba hacer varias llamadas a Miami.
Nos quedamos solos con mi viejo compatriota, y slo entonces me fij en l. No era un viejo len. Y esto de encontrar smiles zoolgicos a los seres humanos resulta bastante til. Cuestin de probar. Este era un viejo halcn, todo l afiliado y afinado. Su cara irradiaba inteligencia. Su ropa prestancia y perfume a caro. Su cara arrugada y sus cabellos color acero parecan mal colocados sobre un cuerpo que daba la sensacin de juventud. 
Viejo fantico de la gimnasia, lo catalogu. Y no me equivoqu.
-Ha sido muy gentil de su parte -dijo.
-Fue un placer, seor -le respond, pensando en lo que es capaz de educar a la gente el olor del dinero.
-Hablando de placeres, joven, no tengo el de conocerlo.
-Carlos Salcedo, servidor.
-A qu se dedica?
-Soy economista, seor. Y mi trabajo es independiente. Pequeos negocios inmobiliarios.
-Muy bien, muy bien! -se repiti, con el placer del viejo halcn mirando a un prometedor joven halcn, garanta de la perpetuacin de la especie.
Despus dijo que deba marcharse, y extrajo la billetera, y de la billetera una tarjeta personal en relieve. Me la entreg, me dijo que no faltara, que la direccin estaba en la tarjeta, y fue a sentarse al volante de un auto que tena las lneas deportivas exactamente atenuadas como para ser manejado por un anciano de espritu juvenil. Arranc, aceler y me salud con la mano.
Slo entonces, observ la tarjeta. Roque Serviliano Del Pozo. 
Presidente de Directorio. Imperial Sociedad por Acciones. Importaciones. 
Exportaciones. Martimas. Luego figuraba su direccin particular.
...que lo pari! 



- XXVI -
Estbamos los tres en un saln de grandes dimensiones, de estilo europeo, con una inmensa chimenea donde se apilaban troncos que nunca arderan, tomando un aperitivo antes de cenar, y yo sintindome algo as como una pelota humana de ping-pong, traduciendo lo que deca el anfitrin para el husped y el husped para el anfitrin, cuando conoc a la hija de don Roque Serviliano. Una belleza, y si quienes me leen presumen que inmediatamente empec a tejer fantasas de novela rosa, dan en (51) el blanco. Esa belleza era el medio ms directo y agradable de llegar al piso once del Edificio Imperial.
Alta, garbosa, morena, de esas que tienen grandes pechos y saben que los tienen y usan escotes atrevidos, el rostro oval bajo su negra cabellera suelta, pareca una aparicin. Me la present el padre, pero no hubo en sus ojos nada de ese misterioso deslumbramiento que sacude a la mujer cuando por fin encuentra el hombre soado. Nada. Me pas la mano y yo se la estrechaba y murmuraba que mucho gusto mientras ella miraba al padre y le deca que suba a vestirse porque vendra Ricardo a buscarla. El padre le dijo que bien y ella dej caer mi mano y subi las escaleras con un movimiento de cinturas que era toda una sinfona. Y si hubo alguien que estuvo tan hipnotizado como yo por aquel contoneo, era el gringo que la miraba irse y masticaba un trozo de hielo con ruido bastante desagradable.
Poco despus lleg Ricardo. Ricardo Valiente. Vicepresidente del Directorio de Imperial Sociedad por Acciones. Importaciones. 
Exportaciones. Representaciones. Martimas. Lo odi inmediatamente, porque senta que me estaba arrebatando algo, y no voy a decir que no saba qu, porque saba qu: un lugar en el piso once, y por aadidura, en la cama de la bella Susana del Pozo. Por lo dems, era ms atltico que yo, ms alto que yo, ms apuesto que yo, y tena una de esas manos que slo tienen los aviadores y los jugadores de polo, grandota, cuadrada, spera, dura. Y tambin era Economista, pero con ttulo de Master en Berkeley, California. 
Poca cosa.
Su llegada, y la espera a que se vio obligado mientras la bella se vesta, me trajo algn alivio, porque empez a hablar animadamente en ingls con el gringo de la Victrola, Mr. Roberts realmente, sobre la cada del dlar y la prudencia de convertir en francos suizos o marcos alemanes o de invertir en oro y propiedades.
Por fin baj la bella, y entonces aprend algo nuevo: que las escaleras y la mujer forman una misteriosa alianza. Cuando la mujer sube por ellas, revela todo de su poder de seduccin carnal. Cuando baja, sobre todo como baj ella, airosa, majestuosa, parece un ngel que viene del cielo. Dijo hasta luego a pap con un beso, dedic una generosa sonrisa al visitante y no se dio por enterada de que yo estaba ah. Por lo dems, para terminar de amargarme la noche, Ricardo me tritur las manos al despedirse, y sonrea con malevolencia al hacerlo, como dicindome la prxima vez no mire tanto, hijo.
Ya llegar mi turno, pap -pens. Pero mi turno nunca lleg, aunque entonces yo ni presenta que todo iba a terminar en fracaso, ni que esa noche empezaba la serie de acontecimientos que parecan elaborados deliberadamente para amargarme la existencia.
Fue la cena ms aburrida que recuerdo, hartndome de detener el tenedor o la cuchara a medio camino para decir a Mr. Roberts lo que le deca don Roque Serviliano y lo que le contestaba aqul a ste. Y cuando termin y fui a casa, los dos me agradecieron efusivamente, y don Roque Serviliano me pidi mi nmero de telfono para llamarle uno de estos das. Se lo di. Lo anot y lo perdi o lo tir. Jams me llam.
Pero no soy de los que claudican sin lucha, y como Mahoma no vena a la montaa, la montaa ira a Mahoma, es decir, decid a hacerle una visita en su despacho del piso once a don Roque Serviliano.
Era ms difcil de lo que pensaba, y lo comprob cuando sub al ascensor, puls el botn del piso once y el aparato se detuvo en el piso diez. Pens que haba equivocado el botn e insist con el del piso once... y el ascensor me condujo velozmente, y sin parar en piso alguno, a la planta baja. Milagro de la ingeniera electrnica, aquel ascensor estaba condicionado para poner en su lugar a los impertinentes que tenan la pretensin de subir al piso once.
Pero una dificultad as no me ira a acobardar. Abord al portero y le expliqu que haba querido subir al piso once y que el ascensor se negaba a pasar del dcimo. Me explic que ese ascensor no llegaba al piso once, sino aquel otro, pero para abordarlo tena que pasar por encima de su cadver. Era de uso exclusivo del seor Presidente y de los visitantes que l citaba. Le dije que tena una cita, y me pidi el nombre y se lo di, y llam por un telfono interno por el que habl dos minutos, colg, me mir moviendo la cabeza como dicindome muchachito travieso y fue a ocuparse de otra cosa.
Pens que un nuevo intento vala la pena. Sub de nuevo al ascensor mentiroso y llegu al piso diez. Y efectivamente, como tena previsto, del piso diez parta una penumbrosa escalera que no poda conducirme a otra parte que al piso siguiente. Efectivamente, arrib por fin al bendito piso once, anduve por un largo pasillo y enfrent una puerta que no necesitaba tener un letrero de Presidencia porque era una puerta de Presidencia, de pesada madera tallada, con un picaporte dorado y peso aproximado, entre las dos hojas, de una tonelada. Al costado, haciendo ngulo, otra puerta menos lujosa tampoco deca Secretara, pero deba serlo, porque detrs se oa el rumor de una mquina de escribir. Golpe discretamente, la mquina de escribir call y abri la puerta una dama que poda tener cualquier edad entre 30 y 60 aos, tan poco humana pareca en su pulimentada imagen. No me pregunt cortsmente algo as como qu desea seor, sino agriamente:
-Cmo diablos lleg hasta aqu?
-Subiendo -quise hacerme el gracioso.
-Entonces ya est bajando -replic. Mente gil, la de la mujer sin edad.
-Es que tengo una cita.
-Mentira. El patrn me lo hubiera anticipado.
-Se olvid. Es humano, no?
-Mire, joven -dijo, ella sosteniendo la puerta, yo de pie en el pasillo-, si don Roque hubiera sido de los que olvidan citas no hubiera estado donde est.
Como haba un tinte de adoracin en su voz, pude encasillarla en mi catlogo de personajes arquetpicos. Vieja secretaria enamorada de su viejo patrn, sublimado amor de solterona, a mil aos luz de todo toque sexual. Posiblemente el viejo patrn lo saba y lo dejaba correr con agrado, porque le ayuda a sentirse joven, como el coche casi sport.
-Si por lo menos tuviera la gentileza de pasarle mi tarjeta, seorita.
Creo que lo de seorita despert cierta dosis de buena voluntad. La suficiente para mirar con esforzados ojos miopes la tarjeta que yo sostena frente a sus narices. Me mir despus de leerla:
-Doctor?
-S. 
-Mdico? -haba un poquito de respeto en su voz.
-Economista.
-Ah! -su tono de respeto descendi unos puntos.
-Estoy seguro de que don Roque se alegrar de verme.
-Yo no.
-Probamos?
-Qu tipo de relacin tiene Ud. con l?
Le cont de los apuros que haba sacado a su patrn cuando estaban atrapados con Mr. Roberts, por la barrera del idioma. Y de su invitacin a cenar. Y de lo amable que fue conmigo Susanita. Y finalmente, de que don Roque Serviliano me haba dicho que lo visitara en cualquier momento, sin protocolo. Parece ser que la mencin de Mr. Roberts, a quien conocera, y de Susana, la hija del patrn, la convencieron. Atrap mi tarjeta, me cerr la puerta en la cara y fue a anunciarme. No tard ni dos minutos. 
Sonre ajustndome el nudo de la corbata cuando la o volver. Pero no me dijo pase adelante doctor. Me devolvi la tarjeta, murmur que vuelva otro da y cerr la puerta. Vuelva otro da. Lo que se dice a un mendigo cuando no se tiene monedas.
Baj por la escalera al piso diez y por el ascensor hasta el piso siete. No me ira sin una satisfaccin mnima, como ver a Perla. Entr sin llamar porque ah segua el cartelito, y no era Perla. Aunque tambin era elaboradamente hermosa como Perla.
-Seor?
-Perdn, buscaba a la secretaria.
-Soy yo. 
-No. No es Ud. Perdn, quise decir que no es Ud. la persona que busco.
-Trabaja aqu?
-La ltima vez estaba sentada en esa misma silla.
-Ah, esa! -haba un matiz de desprecio en su voz, y sigui-, se refiere a Anselma, la anterior secretaria.
-La misma -confirm, notando que no haba acertado en el nombre, pero de igual modo, Anselma tambin era bonito.
-Qu es Ud. de ella?
-Es mi novia. Pero ella no lo sabe an.
-Me est tomando del pelo?
-No. No oy hablar de que los hombres tenemos la mujer de nuestros sueos? Ella es la ma.
Me mir con esa burla que hay en los ojos de las chicas que saben todo, enfrentadas a varones que no saben nada.
-De modo que anda buscando la mujer de sus sueos!
-Anselma.
Ms burla en aquellos ojos juveniles femeninamente sabios.
-Le dar la direccin. Pero no diga que yo se la di, eh?
Sospech que me estaba utilizando. Bueno, yo tambin. Me estaba vengando en ella de toda la Firma, de todo el edificio.
-Edificio Palmar, Departamento B. Piso cinco -inform, y yo anot.
-Gracias, es Ud. muy gentil.
-No sabe cunto! -y otra vez la risa, pero ya abierta. Un poquito crispada, de mujer despechada, tal vez.
Me estaba tratando como a un chiquillo soador. En el piso once me haban tratado como a un mendigo. Decid mostrar que era un hombre de mundo.
-Quin es l? -pregunt por el costado de la boca, como un detective.
-l? -se sorprendi.
-Se est burlando de m, y de mis sueos. Piensa en m como un cornudo lrico, no?
-Bueno...
-No termin. Y Ud. le tiene rabia a Anselma.
-S. Es una perra!
-Cunteme, quin es l?
-Para qu?
-Para hacer sufrir a los dos.
-De veras? Vamos. Qu tiene que ver Ud. con la firma?
-Soy el intrprete personal de don Roque.
-Y amigo de Susana?
-Jugamos tenis todos los jueves.
-Y amigo de Ricardo Valiente?
Adivin la razn del rencor.
-No mucho. No me cae bien.
-A m tampoco -dijo.
-Mentira -repliqu-, Ud. fue secretaria de Ricardo Valiente. Ricardo Valiente vio a Anselma, le gust y hubo un trueque. Ud. dej de ser secretaria del Vicepresidente y baj aqu (52) al piso siete, y Anselma subi al piso once.
-Pero no sabe todo!
-S s todo. Anselma dej de ser secretaria porque Ricardo le puso un departamento. Otra materializando su sueo, hijita!
-Es Ud. un brujo?
-Me falta un poco para recibirme.
-No va a contar que yo...?
-Soy una tumba para los secretos femeninos. Adis.
Esa misma noche, sin necesidad de acechar mucho, comprob que efectivamente Anselma reciba en su coqueto departamento al afortunado Ricardo Valiente. Lleg manejando su Volvo, le puso llave en el estacionamiento y subi con todo el aire de quien piensa quedarse toda la noche. Fui a cenar a un restaurant del centro, y a la vuelta, pas de nuevo por ah. El Volvo todava estaba a la espera y arriba, en la ventana que corresponda a Anselma, un tenue resplandor hablaba de un velador rosado a cuya luz se ve tambin todo rosado. Hombre de suerte. Por lo menos, hasta que yo sacudiera un poco la monoltica estructura de Imperial etc. -me dije, y fui a dormir.
Es decir, fui a acostarme, porque no logr dormir. Haba tropezado con una nueva experiencia. Tena, desde luego, aprendido que el dinero abre todas las puertas, pero no las de los que tienen ms dinero. Buena leccin para un presuntuoso -reconoc-, pero al mismo tiempo, suficiente motivo para detonar la indignacin de un hombre que, como yo, tena la justa medida de sus grandes mritos. Recordaba que cuando nio, tena un amigo, Sotero, hijo del Juez de Paz. Tena pasin por los pjaros. Trataba de cazarlos vivos, pero cuando no lo lograba, los mataba con un rifle de aire comprimido. Algo de ese cazador de pjaros tena yo: o te pliegas a mi voluntad o mueres. Claro que no iba a matar a nadie, pero no los dejara tan orondos en su podredumbre. Joven demonio. En buena hora.
Al otro da, no me cost nada averiguar que Susana tena una boutique en el centro. Me extra un poco. Porque la heredera de aquel leviatn de once pisos no necesitaba ganarse la vida, aunque bien pudiera ser que fuera un carcter independiente y haya obligado a pap a montarle su propio negocio.
Cuando llegu all, comprob que pap haba sido generoso. Boutique montada a todo lujo, con estanteras repletas de artculos finos de Pars, de Berln, de Barcelona. Nada de Taiwan ni de Hong Kong. Un pequeo mostrador y amplios divanes donde sentarse a conversar sobre las ltimas tendencias de la moda. Cuando entr, sonaron unas delicadas varillas de cristal movidas por la puerta. El lugar estuvo desierto, pero no esper mucho, porque se abri una cortina que daba a misteriosas dependencias interiores y apareci Susana, abrochndose la blusa y un poquitn despeinada, casi fuera de tono en aquella capilla de la elegancia femenina. Me mir dudando y de repente record:
-Ya! -me apunt con el dedo como una pistola-. Ud. es el intrprete de pap!
-Oh, aquella vez fue ocasional. Soy Economista.
-Muy bien. Y a qu se dedica?
-Negocios inmobiliarios. 
-Viene a venderme un lote?
-No vengo a vender nada.
-A comprar algo para su novia!
-No tengo novia.
-No vendo artculos masculinos.
-Tampoco los necesito.
-Entonces viene a verme a m!
-Exacto.
-Para qu carajo?
Fina. Fina. No era. Ms bien brava. Ya apagara yo esa bravura.
-Pasando por alto su boca sucia, vine a hacerle un favor.
-No me diga! Y en qu consiste?
-Primero. En que venero y respeto a su seor padre.
-Yo no. Es un viejo puetero.
-Yo s. Me siento obligado hacia su familia.
-Yo soy su nica familia!
-Por eso digo. Lo que me preocupa y conturba, se refiere a Ud.
-Vaya!, consigui ponerme curiosa! Qu es?
-La engaan.
-No!
-La insultan!
-Jess!
Aquel retintn de burla no me gustaba nada.
-Me refiero a su novio. A Ricardo Valiente.
-Cunteme! Cunteme!
Le cont con lujo de detalles sus amoros con Anselma. El departamento, la luz rosada. Todo. Suspir profundamente, y cre que empezaba a derrumbarse. Me equivoqu.
-Oh vida cruel! -dijo-. Tan cierto es aquello de que el que las hace, las paga!
Tono dramtico totalmente falso. Sarah Bernhardt (53) interpretada por una aprendiza.
-Me toma del pelo? -pregunt innecesariamente, porque estaba seguro que s.
-Nooo -murmur-, me siento impelida a decirle la verdad. A Ud. 
generoso corazn. Se lo digo?
Mir para todos lados como buscando odos indiscretos. Estaba gozando creyendo que yo me lo tragaba. Estaba jugando conmigo.
-Dgame -dije, procurando encontrar la manera de jugar yo con ella.
-Yo-tambin-le-engao-a-Ricardo! -dej caer.
-No! -rug.
-S! -solloz. Ni eso saba fingir, la perra.
-Con quin? -pregunt angustiado.
-Est all! -me seal las misteriosas dependencias interiores, y luego, llam-: Amor!, ven aqu!
A pesar mo, me sent realmente interesado. Por lo menos conocera al sujeto que le pona cuernos al rotundo Ricardo Valiente. Pero no sali ningn sujeto, sino una muchachita espigada, rubia y femenina hasta la exageracin. Susana la atrajo contra su pecho, le susurr algunas cositas al odo, ella se retorca gimiendo de cosquillas deliciosas y de repente, Susana sac una lengua larga como una espada y la muchachita otra lengua larga como otra espada y empezaron a practicar una especie de esgrima, lingual, all, delante de m, que no sala de mi asombro, que ellas vieron, sintieron lo ridculo que ramos mi asombro y yo, y soltaron a do un par de carcajadas que removieron los humus ms escondidos de mi humillacin. Riendo a tambor batiente, parecan dos Satanases hembras, mofndose de mi inocencia.
Sal poco menos que a la disparada, y me detuve en la esquina. Y ahora qu, seor joven demonio? Ir a buscar a Ricardo y decirle que su novia es una puerca lesbiana? No, gracias. Poda suceder que el hombre sacara un marinero de su ropero. Me convenc que no poda contra Imperial etctera.
De repente, sent la urgente necesidad de ir a reposar mi cabeza en el ancho regazo de Celina, comparado con todo lo visto, un oasis de pureza y de inocencia. Pero hasta eso ya me estaba vedado.  



- XXVII -
Han pasado casi dos aos de mis ltimos apuntes, y tratando de continuarlos, trato de aclarar recuerdos, por los cuales concluyo que si algn sedimento dej en m la frustrada aproximacin al Edificio Imperial, fue en forma de feroz determinacin de tener ms dinero. Dinero sin lmites, fluyendo en caudaloso torrente, no con la espesa seguridad con que fluan los intereses que depositaban los hermanos Gauto, ni el msero goteo de mi negocio inmobiliario. Dinero, ms dinero. Sueo, angustia, ambicin, obsesin. Dinero para demostrarme y demostrar que si no tena cabida en el Edificio Imperial, poda darme el lujo de construirme mi propio edificio. De doce pisos, por aadidura.
Fue el principio de mi perdicin. Slo contaba con el nada despreciable Capital de los negocios inmobiliarios. Trat de convencer a los hermanos Gauto para que me otorgaran mayor libertad y ms bienes que administrar sin trabas. No quisieron, no pudieron o tuvieron miedo de mi arrebatada, galopante ambicin. Despus de todo, estaban defendiendo la octava parte que les correspondera si yo heredara a don Baltazar, una perspectiva ms segura que seguir poniendo ms dinero a mi disposicin. 
Argument, grit, rogu, halagu, promet. Se mantuvieron inamovibles.
-Denme una razn! -les grit.
El Escribano no se inmut, y me contest con voz reflexiva.
-Doctor. En los negocios los impulsos audaces son sanos. La fiebre y temeridad no.
-Pero de dnde sacaron que yo tengo fiebre y temeridad?
-Tiene los sntomas -aclar el hermano Abogado, y continu-: Ha manejado su negocio inmobiliario con inteligencia admirable. Y ha ganado ms que lo justo.
-Y bien?
-Quiere ir ms adelante -habl el hermano Abogado-, ya no quiere ganar. Quiere acumular.
-Y eso ya no es inteligencia, sino pasin -contest el hermano Escribano.
-Y no hay nada ms daino a una buena administracin, que el temperamento exaltado.
-Entonces... no?
-No -dijeron a do.
Decid jugar la ltima carta.
-Pues bien, me llevan a tomar una decisin desagradable. Si por desgracia muriera Inocencio, y se cumpliera la transferencia de los bienes de don Baltazar, no me sentir obligado a seguir mantenindolos dentro del negocio.
-Tenemos la octava parte de la herencia -me record el Escribano.
-Y la octava parte del negocio inmobiliario, cuyo control contable llevamos gracias a sus informes peridicos -agreg el hermano Abogado.
-Pude haberles mentido.
-Sabemos que no lo hizo.
-Cmo lo saben?
-Tenemos otros controles. Lo malo de especular en tierras, es que todo pasa por Registros oficiales.
Tenan razn. No se puede mover un metro cuadrado sin pasar por una mirada de inscripciones y registros.
Y los dos hermanos eran hbiles como ratas de transitar por los tenebrosos pasillos burocrticos.
Tena pues que dar el gran salto, desde el poco propicio trampoln de los bienes bajo mi administracin personal.
Cuando se fueron, examin la situacin, llevndola a su extremo ms simple. Existe una forma lcita de ganar dinero. Poco riesgo... y poco dinero. Existe una forma, mil formas ilcitas de ganar dinero. Mucho riesgo, y mucho dinero. Entonces todo se reduca a tener coraje, cre tenerlo, siempre que no lo estuviera confundiendo con obsesin o desesperacin. Y a tener suerte. Era yo un hombre de suerte? Una legin de hadas madrinas me haban acompaado en mi largo itinerario desde el rancho de desechos de la laguna hasta esta mansin que estaba a punto de ser ma.
La decisin no fue difcil. Hecho, hermano. Juguemos a ser Al Capone. 
Viaj a Santa Cruz y conoc cierto Hotel de segunda categora que tena una extraa clientela de extranjeros altos, curtidos, silenciosos. 
Pilotos, desechos de vaya a saber qu guerras que se atrevan a tripular feos aviones, tambin desechos de guerra como sus pilotos, en suicidas viajes sobre el continente obscurecido, sin radio, sin radar, sin nada, con el viejo cascarn trepidando y llevando la muerte blanca que va matando la civilizacin occidental y cristiana. Drogas. Trat de entablar conversacin (54) con ellos, hasta alcanzar el grado suficiente de confianza para decirles que tena dinero que invertir en el negocio. Me resultaron tan hermticos como la Puerta de Tinhuanaku. Eran hombres con dos oficios: pilotar y callar. Y en frecuentes ocasiones, pilotar, callar y morir.
Ya me estaba cansando de aquel juego, cuando la casualidad hizo que una noche me encontrara cara a cara en el Hotel aquel, con el mismsimo Mr. Roberts, el gringo de la Victrola. Palideci como si hubiera visto un fantasma, y me hizo una pregunta bastante extraa:
-Me ha seguido?
Por qu no explorar por los meandros de su incomprensible miedo?
-Quizs -contest con la palabra ms ambigua que se me ocurri.
-Supongo que es una cuestin de que conversemos -dijo.
-Nada se pierde -murmur.
Conversamos. Y saqu inicialmente una conclusin. Me quera comprar. 
Le di un poco de cuerda para que siguiera hablando y me dijera por qu me quera comprar. Averiguacin: crea que yo estaba al servicio de don Roque Serviliano. Y que lo segua. Y cuando me vio se asust. Conclusin: 
le estaba haciendo una perrada a don Roque Serviliano. Decid jugar esa carta.
-Debo lealtad a mi patrn -le dije. Y di en el blanco, porque su miedo se acrecent.
Por fin, lo supe todo. Don Roque Serviliano le haba confiado dinero para adquirir en Amsterdam (55) un buque de ultramar. Ah estaba lo de Martimas de la pomposa Firma. Mr. Roberts no haba ido a Rotterdam, sino a Bolivia. Y estaba tratando de acrecentar para su beneficio el dinero de don Roque Serviliano. El barco poda esperar. Lo malo es que don Roque Serviliano haba pedido una garanta a Mr. Roberts para entregarle el dinero, y el hombre haba presentado una certificacin de honorabilidad de un Banco de Nueva York. Quedar como un pirata con don Roque Serviliano no era gran cosa. Pero traicionar la confianza de un Banco de Nueva York, con innumerables sucursales por todo el mundo, era el desastre. Bastaba una carta de Don Roque Serviliano al Banco de marras informando que Mr. Roberts no se encontraba en Holanda donde deba estar, sino en Bolivia, donde no deba estar, para que el mundo se hundiera bajo los grandes pies de Mr. Roberts.
Me pidi precio por mi silencio. Le dije que no quera su dinero, sino multiplicar el mo. Discutimos, hicimos nmeros en las servilletas de papel del Hotel, y por fin, decidi. Haba tres embarques, yo financiara la mitad y l la mitad. Ganancias por partes iguales. 
Regres a Asuncin y en 12 das liquid todo lo que tena, convirtindolo en dlares. Volv a Santa Cruz y puse todo aquello en manos de Mr. Roberts. Nada de documentos ni contratos. Entre honorables hampones basta un apretn de manos. Adems, yo era dueo del destino de Mr. 
Roberts. Al menos eso crea.
Y me equivoqu. Jams volv a ver mi dinero ni a Mr. Roberts. Me haba hecho su elaborado cuento, incluido el susto que pareca tan genuino, y me dej en la misma situacin del viejo aquel que no me dio su comida y se llev mi valija, en una fra noche al pie del muralln del Congreso.
De vuelta a casa, hice cuentas de la situacin. Perdido: 30 millones. 
En caja: cero. Pero yo ya tena un impulso inicial. No poda detenerme. 
Deba ir adelante. No voy, me empujan, haba escrito una vez. Y segua siendo igual. Slo que ahora me empujaban mis propios demonios.
Inocencio deba morir. 



- XXVIII -
Cuando lleg la fecha de pasar el informe peridico a los hermanos Gauto, los llam y les dije que haba convertido en efectivo todos (56) los caudales de la inmobiliaria, y que estaba esperando una ocasin propicia para dar el gran golpe. Se mostraron inquietos, pero callaron, conscientes de que de una u otra manera estaban involucrados en las violaciones que le estbamos haciendo a las clusulas de la herencia, y que por el momento era prudente cerrar la boca.
Lleg el mes de junio, desapacible y fro, y yo haba inducido algunas novedades en la rutina de nuestros das. Celina, y ocasionalmente Scrates (57), coman en la cocina. La enfermera almorzaba y cenaba conmigo. No se trataba de generosidad, sino del principio universalmente aceptado de que para conocer a una mujer, hay que compartir con ella dos cosas, la mesa y la cama. Lo ltimo fue descartado y me dediqu a lo primero, es decir, ascenderla a la dignidad de comensal en el saln comedor. Al principio se mostr un poco tmida, tiesa, insegura de s misma, pero fing no notarlo, mientras le daba conversacin, en tono coloquial, intimista, soltando suaves confidencias que invitaban a respuestas igualmente confidenciales. Y lo logr al cabo de una semana, cuando una noche, durante la cena, me cont que era casada, pero separada. Que no tena idea del paradero de su marido que se haba ido con otra, y ella sufra mucho por aquel abandono imperdonable, no porque amara al ingrato, sino porque se haba marchado con otra enfermera ms vieja que ella. La pobre viva con el insulto pegado como moho a su corazn dolorido. Me enter adems de que haban tenido un hijo, que se haba quedado con ella cuando el marido parti, y estudiaba, era un buen hijo y trabajaba como cobrador en una empresa de loteamientos. Le compraron sus patrones una moto para que recaudara ms pronto y ms dinero, y la moto lo mat.
Desde la noche siguiente, orden que cambiaran la bebida en la mesa, y a la acostumbrada gaseosa y agua mineral, hice substituir por una robusta botella de Chablis. Aquella carga de amarguras femeninas y maternales llamaba a gritos la evasin del alcohol. Empez a beber con cierta vergenza, pero lo maravilloso del alcohol es que su primer efecto es borrar los pudores, soltar la lengua, recordar con mayor tristeza, odiar con mayor intensidad, y desear tomar ms. Al cabo de una semana, consumamos una botella en el almuerzo y otra en la cena, y lleg la noche en que cuando termin una botella, hice destapar otra, de la que apenas nos servimos, pero cuando lleg el momento de levantar la mesa, le dije como al pasar que sera una lstima que el buen vino se agriara en la heladera y por qu no se la llevaba arriba, con ella, porque el vino es bueno para dormir. Se llev la botella esa noche y le dur tres das. Ms tarde, slo duraba dos, y pronto, el consumo nocturno de la enfermera era de una botella por noche. En una oportunidad slo por probar, olvid abrir la segunda botella en la mesa, y cuando lleg el momento de que ella se marchaba arriba, me pregunt con cierta timidez si poda llevar su botella de vino. Le dije que s, y desde entonces, se hizo rutina de que antes de subir pasara por la despensa a aprovisionarse de bebida.
Siempre en tren de comprobaciones, en una ocasin, esper que el reloj diera la una de la madrugada. Y sub al dormitorio que la enfermera comparta con Inocencio. La buena seora dorma, roncando con la boca abierta. Inocencio ola insoportablemente a caca... y la botella estaba vaca. Su celo enfermeril estaba obviamente vencido, y tuve la impresin de que poda disparar un tiro en la habitacin, y la enfermera no se despertara.
El primer obstculo estaba vencido. Pero quedaba Celina. No era lo suficientemente inteligente para adivinar la sutileza de mi proceder. Pero tena una intuicin agudizada por sus obsesiones maternales que le hicieron oler el peligro desde el primer momento. Y cuando crey llegado el momento, me encar y fue directamente al grano.
-Por qu le enseaste a tomar? -pregunt.
-Quin toma? 
-La enfermera.
-Slo en la mesa, Celina.
-Ella lleva una botella arriba.
Adopt una expresin de furia.
-Cada vez me resulta ms molesto tener una loca en casa!
No se inmut.
-Comprends lo que quiero decir? -pregunt-.
-S -contest-, que pods echarme.
-Eso mismo.
-Y no tengo derecho a quedarme si me echs.
-Correcto.
-Pero tengo derecho a contarle al Doctor lo que s.
Me tena atrapado. Y lo saba. Pero no me miraba con aire de triunfo, sino con una inmensa pena. Un clido sentimiento de nostalgia flot en mis obscuras aguas interiores. Nostalgia por el tiempo en que podamos encontrar juntos una verdad, y compartirla con amor, o con el sentimiento ms aproximado al amor. Pero ahora, ya somos enemigos, pens. Y que tampoco poda detenerme.
Tuvo que ser en Agosto. Nuevamente en Agosto. El mes ms meftico del ao casi me haba matado. Ahora me ayudara a matar. Era como si mi destino estuviera ligado al viento sur y al fro.
Estaba arropado yo bajo las tibias frazadas. El reloj sobre la mesita marcaba un poco ms de la medianoche. Afuera, el espeso follaje del mangal siseaba dolorido, castigado por el viento sur, cuyos dedos helados parecan tantear la seguridad de las ventanas, sacudindolas con furia. Noche de perros. Noche de muerte.
Qu haba dicho el Doctor?
Un hombre postrado en cama... incapaz de moverse... est expuesto a muchas complicaciones, generalmente pulmonares, que casi siempre resultan fatales. Pulmona... Neumona... Adis!
Esper. Celina se haba acostumbrado a velar todas las noches el sueo de Inocencio, y slo bajaba a dormir, cuando se convenca de que todo estaba bien.
A la una, escuch que descenda la escalera. Esper quince minutos y sub. La pieza estaba maloliente y clida. La enfermera roncaba con ese abandono de los borrachos que ni siquiera se desnudan para dormir. Los dedos helados del fro, dedos de la Muerte, araaban los cristales, ansiosos de entrar.
Abr de par en par las ventanas y Agosto entr con un rugido triunfal, con su glido aliento que me pona los pelos de punta y anticipaba frialdades inmemoriales de sepulcros. Peluda bestia blanca de dientes de hielo, se adue de todo, desparram las mustias flores de la mesita sobre el piso, infl las cortinas que parecan debatirse espantadas, satur todo con la letal amenaza del fro. Afuera, el follaje obscuro del mango se sacuda y gema como verdes cabelleras de sacerdotisas en xtasis que convocaban a los silenciosos fantasmas de la Eternidad. Quit las gruesas frazadas que cobijaban a Inocencio y Agosto se abati sobre su grotesco pijama de seda. Tend las cobijas de Inocencio sobre la enfermera roncante. Vi que el enfermo se encoga gimiendo. Y sal. 
Regres a las cuatro de la maana. Y fue como penetrar en una cmara frigorfica. Cerr las ventanas y puse orden en todo. Recog las flores y las puse donde deban estar. Volv a cubrir a Inocencio con las cobijas y al hacerlo, toqu su frente, que no estaba helado, sino arda. Una complicacin pulmonar.
El escndalo estall recin al medioda, cuando Celina fue a reemplazar a la enfermera para que sta bajara a almorzar, y la encontr todava dormida. Presumo que la despert; que le reproch el estado calamitoso en que se encontraba Inocencio, y al ir a asearlo, la enfermera se dio cuenta de que algo andaba mal. Se desliz a la carrera por la escalera, hacia el telfono, murmurando algo as que Dios mo, el Inocencio tiene fiebre.
El mdico no tard en llegar. Tom temperaturas, escuch sonidos bronquiales y pulmonares y el ritmo cardaco. Interrog a la enfermera si el yacente haba tomado fro de este tiempo de perros en algn momento, y sta afirm rotundamente que no, que incluso su bao era con agua templada.
Termin su examen el mdico, y me llam aparte.
-Hay que internarlo inmediatamente -me dijo.
Yo no le escuchaba.
-Voy a disponer que venga inmediatamente una ambulancia y lo llevaremos al Sanatorio Zalazar.
Yo no le escuchaba.
-En enfermos como ste el proceso de infeccin es terriblemente veloz...
Yo no le escuchaba. Porque miraba a Celina, que sostena entre los dedos una hoja seca de mango. Y miraba la hoja, miraba la ventana, y me miraba a m. Y en sus ojos arda el dolor ms viejo del mundo, el dolor que pari todos los dolores que ha venido soportando esta Humanidad suicida, y que en toda Celina-madre se converta en la silenciosa pregunta que me lanzaba a la cara.
Can... qu le has hecho a tu hermano?
Celina saba.  



- XXIX -
Al tercer da muri Inocencio. Los hermanos Gauto, muy modosos para el caso, convocaron a los tres mdicos que deban certificar que haba sido muerte natural. No hubo autopsia, como yo pens que habra. 
Simplemente una conversacin de los tres con el mdico de Inocencio, en torno al cadver. Una conversacin de mdicos, si me entienden, en ese lenguaje superior en la que la ciencia y la experiencia hacen innecesarias palabras y explicaciones. Hablaron sobre la indefensin del enfermo y asentan sobre la misma conclusin fatalista: que en Inocencio la muerte no slo era inevitable, sino, si bien se mira, una liberacin. Al menos, eso coleg yo, escuchando aquel susurro conformista, y observando los rostros de los mdicos.
Durante el sepelio de Inocencio, se abati sobre todos ese espeso clima de locura que me hizo temer por mi propia salud mental, y que tuvo su impdica rfaga inicial cuando vi que Celina asista a la ceremonia totalmente vestida de negro, sollozando, histrica, y como si fuera poco, sostenida por un Scrates que tambin lloraba, y se haba puesto una gruesa banda negra sobre la manga derecha de su mugroso saco.
Parecan dos afligidos padres reales despidiendo los restos mortales de un hijo tambin real. Pero aquella grotesca parodia era solamente el elemento definidor de un tiempo de incertidumbre y miedo que empezaba a corroer mis defensas y mis justificaciones.
Celina saba. Y yo saba que saba. Y ella saba que yo saba. Pero entre nosotros (58), hasta entonces, slo exista el silencio tenebroso, amenazador, un silencio denso que de pronto generara zarpas que me araaran hasta las vsceras y abrira bocas que me escupiran fuego.
Cuando echaba el candado sobre la cripta donde haban vuelto a reunirse la pattica familia de don Baltazar, ya para siempre, decid que lo que caba en ms, era un acto de valor, terminante y brutal, para romper ese silencio de locura.
Sin embargo, fue Celina quien lo rompi. Porque cuando yo llegu de regreso a casa con los Gauto, ella me estaba esperando. Tom un caf con el Escribano y el Abogado, que se haban vuelto nuevamente serviles y cortesanos, y combinamos un encuentro en la oficina de los dos, a fin de encarar todos los detalles inherentes a la formalizacin de la herencia.
Cuando ellos se fueron, Celina entr en la sala, e inici la conversacin de la manera ms corriente. Era difcil de concebir su serenidad, tan poco tiempo despus de los desgarradores gritos con que haba despedido a Inocencio.
-Me voy de esta casa -dijo.
-Adnde, Celina?
-Al rancho de la laguna.
-Pods quedarte aqu, Celina.
-No quiero vivir con un asesino. Y no quiero ver cuando venga la justicia y te lleve con grillo y con cadena...
-Me vas a denunciar?
-Le mataste a Inocencio.
-Me vas a denunciar?
-S.
-No te van a creer, Celina.
Le hablaba con serenidad, con dulzura, como a una nia grande a quien se le recomienda portarse bien. No hacer locuras ni travesuras.
-Yo creo que me van a creer -replic con firmeza.
-Por qu ests tan segura?
-Porque QUIEREN creer.
Una lucecita de alerta se encendi en mi mente.
-Quieren creer... Quines, Celina?
-Los Gauto. Y el mdico. Me preguntaron.
-Te preguntaron... qu?
-Los Gauto me preguntaron por qu tens miedo...
-Miedo?
-Se te ve en la cara.
Sera posible que me estuviera traicionando a m mismo? Aquella ya no era Celina. Con su ropaje negro, con toda la tensin contenida de su maternidad herida, sentada all en el silln, pareca un inmenso pjaro agorero que me estaba anticipando fracasos y derrumbamientos.
-Y el mdico tambin te pregunt por qu tengo miedo?
-No. Me pregunt por qu estoy despedazada!
-Y qu vas a hacer, Celina?
-Les voy a contestar. A los Gautos les voy a jurar que te o cuando le gritabas a Inocencio que se muera. Y les voy a contar que abriste la ventana para que entre la Muerte. Y que le enseaste a tomar a la enfermera. Scrates tambin sabe eso, y la cocinera.
-Todo eso a los Gauto! Y al Doctor?
-Le voy a decir que estoy despedazada porque mi hijo mat a mi hijo.
Era la locura. La locura que me llev de la mano hacia la salvacin, la vida y el xito. Y la locura que ahora me empujaba al abismo. Dnde est la defensa contra la locura? No es la razn acaso? Y trat de ser razonable.
-Celina -le dije con voz paciente-. Vos quers que se haga justicia conmigo. Pero la justicia no funciona as. No basta decir que una persona mat a otra persona. Es mucho ms complicado. Te vas a enfrentar con gente inteligente, con abogados que te van a pasar por encima, que te van a destrozar!
-No me importa!
Su decisin era firme, y yo tena conciencia de que, con su testimonio, los hermanos Gauto se aferraran de una posibilidad y le sacaran el mximo de provecho. Y por lo que yo saba, el mdico no me tena cario alguno. Haba calado hondo en mi mente, y averiguado que yo deseaba que Inocencio muriera. Me pareci verlo ante el estrado de un Juez, que le preguntaba:
-Puede caber la posibilidad de que la enfermedad que mat a Inocencio fuera provocada deliberadamente?
-Es posible -contestara el mdico.
-Es necesario tener conocimientos mdicos para provocar esa enfermedad?
-No es necesario. Slo un mnimo de informacin mdica.
-Y le pidi alguna vez el acusado un mnimo de informacin mdica?
-En cierto modo, s, seor juez -dira el mdico.
-Quiere ser ms claro, Doctor?
-El caso es que una vez el acusado me consult sobre las posibilidades de vida del enfermo, y yo le detall los riesgos a que estn expuestas las personas en esa condicin. Es un hombre inteligente. Pudo haber sacado sus propias conclusiones, si su intencin fuera provocar la muerte al enfermo.
Y con eso poda hundirme.
Mir a Celina. Una Esfinge negra. Pero no tan Esfinge, porque trascenda. Trascenda sufrimiento. Su sufrimiento. Mi ltima carta.
-Est bien, Celina -dije en tono de derrota-. No puedo detenerte. Yo soy tu hechura. Vos me hiciste. Vos me pods deshacer. As estaba escrito desde el principio.
-As lo quisiste vos.
-Por qu no me dejaste morir aquella vez?
-Dejarte morir?
-Dejarme morir, Celina. Yo tena derecho a morir. 
Basta de clculos, basta de deliberaciones -me dije-, brete y defindete. Defiende lo poco que queda de ti mismo. Lo poco que te queda de esperanza y de perspectiva.
-Tenas que vivir!
-Para qu?
-Para ser algo!
-Ahora soy algo. Soy todo lo que me ense tu egosmo. Y tu maldad!
-Yo no soy mala!
-Dios me quera en el Cielo, la fosa me quera en su cuna, o el Diablo en el Infierno, pero all estabas vos para escupirle al Cielo y burlarse del Infierno. Me pari tu egosmo, Celina. No me salvaste, me inventaste, me fabricaste y me apretaste contra tu pecho. Yo no era el hijo de tu amor. Era el hijo de tu fracaso. Me usaste, Celina, para vengarte de la partera que te arranc el tero. Me usaste a m como usaste a todos tus hombres...
-No digas eso! -llorique, sorprendida, agredida.
-Yo vine de mi pueblo para conocer la vida, Celina. Para vivir mi vida. Yo quera vivir una vida de inocencia y de conocimiento al mismo tiempo. No pude. Me encerraste en tu locura, en tu poderosa locura de madre frustrada. Y no viv mi vida. Vos viviste mi vida. Tus hombres me alimentaron. Tus hombres me ayudaron. Tus hombres me ensearon todo.
-No te entiendo nada! -sus lgrimas corran a torrentes.
-No me importa! -repliqu con furia-. Vos me trajiste a esta casa donde todos no somos sino juguetes de la Muerte. Me trajiste a esta casa donde la Muerte es la duea. La que fija el tiempo de la felicidad para unos y el tiempo de la desgracia para otros. Yo no mat a Inocencio, Celina. Lo mat la Muerte... con mi mano, porque yo ya no era yo. Yo slo era el instrumento de la Muerte, el sirviente de la Muerte, y a la Muerte le entregu mi alma y mi conciencia a cambio de poder y de riqueza. Yo no quise venir aqu, Celina. Me gustaba la inocencia de nuestro rancho y la inocencia de nuestras vidas sucias, pero nuestras. Pero vos me trajiste aqu. Vos me diste por ahijado a la Muerte. La Muerte es tu comadre, mam.
Lloraba y se arrancaba los cabellos. Una desesperacin elemental como elemental todo el mundo que yo derrumbaba en torno a ella.
-Yo te quera! -dijo en un alarido.
-Me usaste para cambiar el rancho por el palacio! Y ahora me vas a usar de nuevo para convencerte que no sos, nunca fuiste (59) huera ni seca. Que tens un hijo que llorar y otro hijo que castigar! Mentira, loca de mierda! Nunca fuiste madre! Nunca sentiste como madre! Sos una retrasada mental que jugaste a ser madre! No existe tu amor ni tu dolor! 
Slo tu juego! Un mueco de trapo que debe aprender a respetar a su hermanito!
-Basta, basta! -suplic.
-S, seora, basta! -segu machacando sin compasin-. Basta de este juego de locura! Devolveme a mi desesperacin y a mi miseria, Celina! 
Vamos! Fuera, and corriendo a contarle tus secretos de loca a los Gauto, al Doctor, a todo el mundo! Que vengan y me pongan cadenas que me liberen de vos! Araa, pulpo, basta, basta, seora madre de dos carroas! Fuera! Fuera!
Sin darme cuenta, mis gritos resonaban en toda la casa. Me mir con espanto, y sali corriendo.
Trat de calmarme. Slo Dios sabe cunto de verdad y cunto de manipulacin cruel de sentimientos ajenos hubo en todo lo que dije. Yo nunca lo sabr. 



- XXX -
Qu fue lo que me llev aquella noche a la casa de Celina? 
Curiosidad? Incertidumbre? Miedo? Dos das transcurrieron desde aquella lamentable escena que le hice, y que se march desmelenada y llorando a gritos, y nada haba ocurrido. Ni el mdico se present con ojos acusadores ni los hermanos Gauto dejaron de cumplir con diligencia los primeros trmites judiciales.
Una trampa?
Contempl la noche de Setiembre, con su anticipacin de Primavera y una mansa luna en el cielo limpio. No era una noche para la tragedia ni para el dolor, sino, ms bien, una noche para la reconciliacin y la explicacin.
Pero aun esa misma mansedumbre nocturna poda ser parte de la trampa. 
A veces, la Naturaleza se asocia con los malvados. Amantes infieles han sido descuartizadas a la luz de una luna hecha para enamorados.
Deba ser cuidadoso. En todo. Porque las trampas pueden ser tan sutiles que sus mecanismos estn insertos (60) en nuestras propias debilidades. De ah que me repeta a m mismo que mantenerme alerta no era por cierto una forma enfermiza de paranoia. Un hombre tiene que defenderse y defender lo suyo, hasta contra sus propios y mentirosos ngeles interiores.
El silencio del mdico y la diligencia de los hermanos Gauto podan ser ms letales que los dedos acusadores y las palabras duras que piden cuentas. Acaso el tigre que acecha en el caaveral revela su intencin sangrienta con un solo rumor de hojas? No. Se agazapa lo mismo en la fronda que en el silencio. Y cuando salta y desgarra, ya es demasiado tarde para la vctima.
A m no me engaaran con ese silencio. Porque tena algo a mi favor. 
Una inteligencia superior que oponer a la astucia de mis enemigos. Y si estaba armada la trampa, deba desactivarla, dejarla floja e intil. Por eso fui aquella noche de luna a la casita de la laguna. Necesitaba un punto de partida para trazar la estrategia de mi defensa contra la conspiracin de los perversos. Y el punto de partida estaba en qu haba hecho Celina con su secreto. Con nuestro secreto.
Desde lejos, cuando bajaba cuidadosamente los escalones tallados en la tierra dura, vi que en el rancho haba luz. Y cuando caminaba por el talud sobre la laguna, tambin o que haba vida, algo que vena del rancho, que pareca el ulular del viento entre paredes de viejos callejones. Pero no haba viento, sino una luna de enamorados, y bajo la luna, el rancho con su ventana iluminada, y aquel ulular que pareca vivo y viscoso, y me lama la piel a contrapelo, y me erizaba los vellos de la espalda y de la nuca. Me aproxim, el ulular sala de all. Abr la puerta. Scrates, de rodillas, se meca atrs y adelante, como un creyente de macumba en xtasis, y aullaba con el manso dolor de un gran perro abandonado. Un gran bulto negro colgaba del techo: era Celina, con los ojos en blanco, el cuello quebrado y burlndose del mundo sacndole una gran lengua morada, monstruosamente larga, monstruosamente hinchada.
Haba comprado mi salvacin con su muerte.
Gracias, mam.  



Eplogo
Debo estar padeciendo algn tipo de fatiga mental. Lo normal es que los acontecimientos ocurren encadenados al tiempo. He reledo mi largo manuscrito, y a veces me parece escrito por otro, o por m sobre cosas y personas que saltan de la realidad a la fantasa, y del recuerdo vivo a la imaginacin desbocada. Lo real es la muerte de Celina. Al menos eso creo. 
Pero no recuerdo si fue ayer, el mes pasado o hace un ao. Las cosas son tan confusas...
Pero en lo que no dudo es que soy objeto de una persecucin implacable. Todos conspiran contra m, y tengo la clara impresin de que detrs de todo esto est la mano de don Roque Serviliano y de su hija, la Lesbiana, Sacerdotisa del Demonio. Han comprado a los hermanos Gauto, y los hermanos Gauto han ido a los Tribunales para anular el Testamento. 
Dijeron que estoy loco, incapacitado mental e incapacitado legal, y han logrado que tres mdicos hayan hurgado en m con el afn impdico de desnudar todo, mi alma, mi memoria y mis secretos, pero yo me he cerrado a ellos como una ostra, y me he redo en la cara de los tres con la hilaridad que me produce la torpe pretensin de vencer mis orgullosas fortalezas interiores. Me he redo porque s ms que ellos. He ledo literatura hermtica, he tenido sueos profundos que me transfirieron a los tiempos puros del Conocimiento y he bebido la fuente de la Gracia mientras la hermandad de la Pirmide cantaba Aleluyas en coro. Me han dado las frmulas del Secreto y del Poder. La Cbala es mi sirvienta. Loco yo? 
Todo lo mo es mo. Y Propiedad es Voluntad. Y fue mi Voluntad talar todos los malditos mangos, porque cada hoja que susurra no es una hoja que susurra sino una lengua de Demonio que sisea maldiciones terribles que me impiden dormir, porque un ser normal, cuyo cerebro est llamado a partir y ser parte de la Armona de las Esferas no puede sustraerse de su msera envoltura de huesos cuando lo perturba ese coro de maldiciones infernales. 
As se lo dije al Juez: tal los mangos en legtima defensa, y en legtima defensa instal diez, veinte, cien reflectores que iluminan toda la casa. 
Porque los Demonios temen a la luz como temen a las Alturas que nos aproximan a las Mansiones Celestes. Y es bajo ese Principio que orden los planos del Edificio del Dedo del Bueno, de 22 pisos. Fjense bien: de 22 pisos, para instalarme en el doble de la altura en que est el Cubculo del Malo, all en esa excrecencia (61) del Infierno que es el Edificio Imperial. Veintids pisos para alejarme de Scrates, hoy posedo por el Demonio, que me acecha con su gran cuchillo de carnicero para entregar mi esqueleto a los estudiantes de medicina y mi alma al Malo. Pero no le hago concesiones. Soy cauto, vivo alerta. El pobre infeliz cree que no le veo cuando me sigue por las calles. Y no sabe que cuando no le veo, le oigo. Oigo su jadear de bestia de presa, especialmente cuando vela al pie de mi ventana. Estoy protegido, protegido contra todo, gozando de mi gran broma: Celina no est muerta. Vive. Est conmigo. Volvi para traerme su Amor, y su Amor es mi Talismn contra todo mal en este mundo. Estamos de nuevo juntos, devueltos a un principio ms sincero y completo: ella Madre, yo Hijo, dispuestos a empezar todo de nuevo.



FIN




